Los Niños de la Viruela: Historia de una Expedición Filantrópica

19.11.2025

La viruela, una enfermedad que atravesó los siglos XVII y XVIII, se convirtió en un azote para la humanidad, tomando el relevo a la peste. Sus consecuencias eran devastadoras: muerte, ceguera o desfiguración irreversible. Sin embargo, el siglo XVIII trajo consigo un remedio plausible para combatirla, más allá de rezos, purgas, ayunos o sangrías.

El Descubrimiento de Jenner y su Impacto

En Berkeley, un cirujano inglés llamado Edward Jenner (1749-1823), con una singular capacidad de observación, puso en práctica un experimento que cambió el enfoque hacia esta enfermedad. El 14 de mayo de 1796, el niño James Phipps fue el primero en ser inoculado, y Jenner comunicó sus hallazgos en una obra publicada en 1798. La resonancia de su alternativa y el revuelo científico fueron inmediatos.

La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (REFV)

Carlos IV, influido por una creencia mercantilista que relacionaba la productividad económica con el tamaño de la población, decidió afrontar de manera organizada el problema de las epidemias de viruela en sus territorios. Así nació el proyecto de la REFV, una expedición que dio la vuelta al mundo con el objetivo de propagar la vacuna en los territorios de ultramar.

España fomentó durante el periodo de la ilustración borbónica la formación de expediciones científicas, entre las que se encuentra la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (REFV), un ejemplo de biopolítica aplicado por el Estado para proteger la salud. La expedición dio la vuelta al mundo utilizando niños como reservorio para transportar el fluido vacuno. Francisco Xavier Balmis estableció una cadena humana brazo a brazo que materializó el éxito de la misión.

La Propuesta de Balmis y los Niños Vacuníferos

La propuesta de Balmis, basada en la utilización exclusiva de niños para el transporte del fluido, fue adoptada. Era un procedimiento recomendado por el propio Jenner. Desde ese momento, los niños cobraron un valor sustancial, y recibieron el nombre de niños vacuníferos, aquellos escarificados por el cowpox de los que se podía obtener fluido vacuno.

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Balmis recomendaba la recolecta de niños de entre 5 y 8 años que no hubieran padecido la viruela, lo que suponía una cierta garantía frente a los adultos que sí podían haberla padecido. Por eso puso especial énfasis en condicionar la elección a que se «averigüe con escrupulosidad, que nos asegure, de que aún no han padecido las viruelas naturales, ni las inoculadas, y tampoco que no han sido vacunados: porque todos estos son inútiles». Para garantizar el procedimiento y evitar fracasos, inoculaba a dos niños sucesivamente con punciones múltiples, lo que permitía obtener varios granos vacunales en cada uno de ellos.

Los Protagonistas de la Expedición

Al cuidado de la rectora de la Casa de Expósitos, partieron desde La Coruña los 22 primeros niños vacuníferos. Habían sido seleccionados en el Hospital de la Caridad de La Coruña y en la Inclusa del Real Hospital de Santiago, labor realizada por el propio Balmis. La Real Orden del 1 de septiembre de 1803 dirigida a los gobiernos de las provincias por donde debía pasar la «comitiva vacunal» resaltaba la importancia de este reservorio.

El Viaje y sus Desafíos

La primera escala atlántica fue Santa Cruz de Tenerife. La isla se convirtió en el centro de operaciones de una exitosa misión. Desde todas las islas llegaron embarcaciones con niños y facultativos para recoger la vacuna. La etapa canaria fue el ensayo general de la REFV, que contó con un extraordinario soporte de las autoridades y del pueblo.

El escenario contrapuesto se produjo al arribo de la siguiente etapa, Puerto Rico, el 9 de febrero de 1804. Hubo allí un desencuentro con el médico foráneo F. Oller. En Caracas los expedicionarios fueron recibidos con gran entusiasmo, el niño Luis Blanco de dos años de edad fue el primero de una larga serie de vacunaciones.

División de la Expedición

En Caracas, Balmis dividió la expedición en dos grupos: uno hacia América meridional, liderado por Josep Salvany, y otro hacia América septentrional, encabezado por Balmis. Aunque en este estudio se siguen los pasos del grupo encabezado por Balmis, hay que mencionar la extraordinaria labor de Salvany, que documentó bien el número de sus vacunaciones, recibió elogios de Hipólito Unánue (1755-1833) y fue mencionado por Díaz de Yraola como: «Pocos itinerarios podrán elegirse, que como el que siguió Salvany, reúnan tantas circunstancias de dificultad y aventura.

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Balmis puso rumbo a La Habana, donde comprobó que la vacuna ya había sido establecida por T. Romay. Viajaban con un total de 27 niños, 21 de ellos gallegos y los 6 restantes unidos a la expedición en La Guayra, estos últimos a cargo de Balmis hasta que se tuviera conocimiento de un barco de regreso.

Balmis, de nuevo en dificultades, tuvo que recurrir a 10 soldados para mantener el virus activo. Finalmente llegaron a México el 8 de agosto, destino que supuso una experiencia poco grata debido a las resistencias del virrey Iturriagaray para que desempeñaran su labor. Balmis se lamentaba de que «en vez de proteger el virrey y agradecer los servicios de la expedición, se empeña tan cruelmente en incomodarla hasta lo último»15.

Niños Mexicanos en la Expedición a Filipinas

El proyecto inicial de la Expedición recomendaba una proporción de 12 a 16 niños para cada 25 o 30 días. Dado que el tiempo previsto del trayecto a través del Pacífico en la nao De Acapulco se estimaba en torno a los dos meses, el número de niños necesarios para transportar la vacuna se calculó en un mínimo de 24, que Balmis amplió en dos más para tener un margen de seguridad.

El recorrido por territorio novohispano vacunando y colectando niños se inició tras la salida de Puebla en dirección a Querétaro, lugar donde establecieron dos itinerarios: uno encabezado por Balmis, que recogió 14 niños vacuníferos tras su paso por Sombrerete, Fresnillo, Zacatecas, León y Querétaro; y el otro, a cargo de Gutiérrez Robredo, sumó seis infantes más. La lista total de niños se amplió tras el paso de Gutiérrez por Guadalajara, completándose el total de 26 niños que se encontrarían por primera vez el 17 de enero de 1805 en la capital mexicana (Tabla 2). En la mayor parte de los casos, los padres fueron gratificados con 16 pesos por prestar a sus niños.

Los comisionados llegaron al puerto de Acapulco el 27 de enero de 1805 junto a 27 párvulos. La lista oficial contiene referencias a 26 niños, lo que hace suponer que Benito Vélez, el niño gallego adoptado por la rectora, también viajó a Filipinas.

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La edad de los 26 niños mexicanos elegidos para transportar la vacuna a Filipinas se sitúa en el rango de 4-6 años, excepto en un caso, Joseph Castillo Moreno, que tenía 14 años al partir (Tabla 2). Balmis, además de elegir a los niños, participó en la elaboración de una lista de ropas, utensilios de higiene y descanso destinados a la travesía, firmándola él mismo en la ciudad de México el 30 de diciembre de 1804.

El uniforme llevaba bordado un escudo con la inscripción «sirvo a la serenísima de Asturias única en su Albergue»18, dedicada a la reina, como refleja D. “Lista de los 26 niños mexicanos que llevarían la vacuna a Filipinas junto a Balmis.

Los expedicionarios arribaron a Manila el 15 de abril de 1805. Ya en Manila, y tras solventar directamente con el gobernador general Rafael Aguilar las formalidades necesarias para desembarcar, iniciaron su labor inmunizadora el 18 de abril de 1805. Balmis, como en anteriores etapas, intentó conseguir la complicidad tanto del gobernador como de la máxima autoridad...

Benito y los Niños de La Coruña

El pequeño Benito contempló, agarrado a la mano de su madre, cómo se alejaban poco a poco del puerto de La Coruña. A sus nueve años no es que fuera la primera vez que viajaba en barco: era su primer viaje. Y qué viaje. Según le habían explicado, iban a dar la vuelta al mundo.

Salvo Benito, los 22 niños eran expósitos, venidos de la casa cuna de Santiago de Compostela, de la inclusa de Madrid y de la misma Coruña. La Historia sólo ha preservado de ellos sus nombres, la mayoría sin apellido. Fueron los grandes olvidados, porque además de niños, socialmente estaban en lo más bajo: ilegítimos, abandonados nada más nacer en tornos de conventos, puertas de iglesias o establos... o huérfanos de padre y madre, fallecidos quizá por una enfermedad contra la que iban a combatir sin saber cómo.

Isabel Zendal: La Madre y Rectora

La madre de Benito, Isabel, era instruida: sabía leer, escribir y también manejaba los números. Al poco tiempo se convirtió en la rectora, demostrando su buena mano como enfermera, cuidadora y administradora. Y de ahí, a recibir el encargo -en su caso, sí remunerado- que había llevado a su Benito a la cubierta de esa corbeta: velar por la salud y el bienestar de los 21 pequeños huerfanitos que portarían la vacuna, viva, en su organismo.

Francisco Javier Balmis, el médico cirujano al mando de la expedición, conocía perfectamente el método: se trataba de inocular el pus de una vesícula de viruela vacuna en el brazo, a través de una incisión. Vivía feliz la nueva aventura sabiendo que tenía una madre que le quería y le arropaba cada noche, una madre cuya mirada entendía perfectamente cuando le miraba con enfado, aprobación o cariño mientras la ayudaba a cuidar y a distraer a los más pequeños de la expedición... y sobre todo, a evitar que se rascaran la pústula del brazo.

Los niños deberían ser bien tratados, alimentados y educados, «hasta que tengan ocupación o destino con que vivir, conforme a su clase, y devueltos a los pueblos de su naturaleza, los que se hubieren sacado con esa condición», rezaban textualmente las normas de la Real Expedición, que luego, en ocasiones, se incumplieron.

Legado de la Expedición

La corbeta María Pita, con 37 personas a bordo, llegó en primer lugar a Santa Cruz de Tenerife con la salvación, del mismo modo en el que llegaba la viruela: en barco. Se realizaron vacunaciones en las siete islas y se instruyó al personal sanitario sobre cómo continuar con la inoculación. En el Nuevo Mundo comienza a perderse el rastro de los ya 20 niños, pues en Puerto Rico tuvieron que reclutar a otros nuevos para continuar con la cadena de inoculaciones: los pequeños que zarparon de La Coruña fueron quedando atrás, en orfanatos, recogidos o adoptados, en cada una de las ciudades que iban visitando.

Posteriormente y, por operatividad para vacunar al mayor número de personas posible, Balmis toma la decisión de dividir la misión de forma definitiva. José Salvany, el segundo médico, se dirigió a Colombia, Chile y Perú. Le costó nueve años, y fallecería en Bolivia en 1810. Por su parte, Balmis, Isabel y Benito se dirigieron a Nueva España, y de ahí, a Cantón, Macao y Filipinas. El regreso a Acapulco fue en 1809. Isabel, con la salud quebrantada, se quedó definitivamente en Puebla, con Benito. Y, ahí, la Historia, como a los 21 niños más los que fueron reclutando, los sepultó.

La Escuela de Enfermería de Puebla lleva el nombre de Isabel Zendal, al igual que el premio de Nacional de Enfermería de México. En 1950, la OMS la distinguió como la primera enfermera de la historia en misión internacional.

El Origen de la Expedición en un Cuadro de Goya

El origen de la Real Expedición de la Viruela se encuentra, quizá, en un cuadro de Goya, y no en los retratados sino en los en ausentes. Fue el primer paso para llevar la salvación, en los brazos de 22 niños olvidados, a todo el mundo.

La Lucha Contra la Viruela en el Siglo XVIII

En el siglo XVIII, la viruela se había convertido en la pandemia más mortífera que azotaba a la humanidad. "Una guadaña venenosa que siega sin distinción de clima, rango, ni edad", en palabras del médico Timoteo O’Scanlan. La enfermedad no distinguía entre sexos, edades o clase social y eso la hacía temida tanto entre los más pobres como en los estamentos aristocráticos de todos los países. Solo en Europa acabó con la vida de 60 millones de personas durante esa centuria y sus estragos eran muy evidentes en América, desde su introducción en el continente por parte de los conquistadores.

Los supervivientes quedaban marcados por el resto de su vida con cicatrices muy visibles sobre todo en brazos y cara. Los que sobrevivían a la viruela quedaban marcados por profundas cicatrices el resto de su vida.

La misión que llevó la vacuna por los virreinatos sudamericanos estuvo llena de penalidaddes y casi todos sus miembros murietron

Balmis encontró reticencias entre la población y las autoridades locales que se negaban a inocular a niños sanos con una enfermedad mortal

La travesía por el océano debió de ser aterradora para esa veintena de jóvenes. El propio Balmis se encargó de destacar el papel fundamental de los niños y de su tutora. En una carta al ministro Caballero, el médico explicó como Sendales "con excesivo trabajo y rigor de los diferentes climas que hemos recorrido, perdió enteramente su salud, infatigable noche y día ha derramado todas las ternuras de la más sensible madre" asistiendo a los niños "enteramente en sus continuadas enfermedades”.

Balmis marchó a Macao, entonces posesión portuguesa, y a Cantón y gracias a los tres niños que iban con él difundió la vacuna por territorio chino. Tras eso, Balmis decidió regresar a la metrópolis, por lo que tuvo que pedir un préstamo con el que sufragar un pasaje hasta Lisboa, pues se había quedado sin dinero. Llegó a la capital portuguesa en febrero de 1806, no sin antes haber dejado alguna vacuna en una escala en la isla de Santa Helena (territorio británico de ultramar).

Su vuelta a Madrid se produjo en 7 de septiembre. Carlos IV lo recibió en su palacio de San Ildefonso, donde lo colmó de honores y felicitaciones.

El Legado de los Niños de la Viruela

Esta historia va sobre una vacuna y un virus, el de la viruela, que se colaba en millones y millones de hogares de todo el mundo en el siglo XVIII. Una enfermedad mortal en muchos casos que no entendía de clases. Gracias a eso, él mismo impulsó la Real Expedición Filantrópica de la vacuna, un hecho histórico que cuenta Javier de Isusi en su libro 'El mar recordará nuestros nombres'. "Llevaremos al Nuevo Mundo el descubrimiento inglés ese de la vacuna".

Por eso en la Expedición zarparon 22 niños sanos, menores de 10 años de un orfanato de A Coruña. Junto a ellos viajaba su rectora, una enfermera de nombre ya familiar: Isabel Zendal. Ella se unió a la expedición junto a su hijo Benito Vélez.

El procedimiento era el siguiente: tenían que infectar a un niño con la viruela de la vaca, extraían pus de sus pústulas y lo introducían en un niño sano. Así conseguían que esa viruela más débil entrara en el cuerpo del niño y obtenían la inmunidad. Al frente de la expedición, Francisco Xavier Balmis y Berenger, médico militar. En total 37 personas emprendieron en 1803 desde A Coruña, a bordo del María Pita, la campaña sanitaria más importante hasta ahora.

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