Madre e Hijo: Rompiendo Tabúes y Desafiando Expectativas
El silencio absoluto lo rompe Cloe, de 27 años, con un deseo escondido como un gato debajo de un coche. Ella es la actriz con diversidad funcional Andrea Álvarez y el texto y la dirección lo firma Clàudia Cedò, también psicóloga de formación, que lleva años conjugado las artes escénicas como método de expresión y mejora de calidad de vida de personas con distintas discapacidades.
Grita: “Un deseo, que en teoría yo no tengo, porque lo que tengo es, según mi diagnóstico, retraso mental leve del 65%”. El escenario hierve y prosigue: “No tenemos ningún deseo. No tenemos ganas de follar ni ganas de formar una familia. No tenemos instintos. Las chicas con discapacidad intelectual del 65% somos ángeles que volamos junto a la gente normal haciéndoles sentir cosas agradables.
Y sí, tanto Cloe como otras Cloes tienen deseos e instintos sexuales hacia con otras personas, también, en algunos casos, ganas de maternar y formar familia. Madre de azúcar es la obra que aborda el complejo tema y que finaliza su programación esta semana en el Centro Dramático Nacional en Madrid.
“Azúcar” es lo que son los niños o las niñas que juegan pero no cuentan, que ni suman ni restan, que no pueden ser eliminados ni eliminar. Todo empezó con la capacidad de escucha y alta dosis de empatía de la directora: “Abrimos un aula de teatro para personas con diversidad funcional en Banyoles y muchas mujeres sacaban el tema de ser o poder ser madres”.
Relata que había una improvisación y hacían un parto o interpretaban tener un bebé y darle teta o una ponía en marcha una escena en la que tenían su propia familia. Clàudia Cedò lleva más de 15 años trabajando con algunos de los actores y actrices con diversidad funcional que suben al escenario de Madre de azúcar, su compañía se llama Escenaris Especials. Y la bola echó a rodar cuesta abajo.
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“Empezamos a plantearnos que, si ellas verdaderamente querían serlo, ¿qué pasa? Duro. En algunos casos, con diagnóstico de discapacidad y viviendo en un centro no es fácil, puede que incluso intervenga Asuntos Sociales y les quiten la tutela”, dice.
Madre de azúcar brinda voz a distintas posturas: el deseo de menstruar, tener sexo y concebir de una persona discapacitada; las objeciones y el rechazo de la posible abuela; la visión protectora y paternalista del director del centro en el que vive Cloe (en un piso tutelado); la educadora social que considera que puede ser posible pero con apoyo y acompañamiento; así como las posturas de distintos amigos y amigas de Cloe a quienes les parece una decisión acertada o no, dependiendo del nivel de miedo que se les haya insuflado en el cuerpo.
Inma Cateura es una de las voces expertas. “Tengo una discapacidad intelectual del 38% y tres hijos, una de 39, una de 38 y otro de 36. Ha sido una maternidad muy dura porque nadie me ha ayudado, más allá de mi padre y mi exmarido, pero he salido adelante”.
“Me quedé embarazada con 16 años y aquello parecía una locura. Vivía en un pueblo y nadie lo entendía. Yo decidí no operarme ni tomarme pastillas anticonceptivas. Quería ser madre y lo fui”, cuenta Cateura, que sigue trabajando como limpiadora en la Fundació Ramón Noguera, donde también trabaja su hija mediana.
“Yo pensaba: soy discapacitada, ¿puedo cuidarlos bien? ¿Sabré ponerles la ropa o el pañal o hacer gestiones? Los pequeños detalles se me hacían muy grandes, pero lo conseguí”, señala con una sonrisa gigante en la boca. La hija mayor es funcionaria de la Generalitat y el hijo menor, informático. “Como siempre digo: soy discapacitada y mis hijos ni se drogan ni toman alcohol ni son malas personas.
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La educadora social Ida Ventura lleva más de 12 años trabajando con personas con discapacidad intelectual en el ámbito social: “Soy madre y como madre el tema me toca la fibra, me hace pensar en otras mujeres que por la condición con la que han nacido se les ha privado de la maternidad. Por decisiones sociales, políticas o familiares externas a lo que ellas quieren para su vida”.
La educadora social de la obra la conecta con su trabajo, ya que Ida también ha tenido que acompañar a mujeres discapacitadas que eran madres o a mujeres a las que les hubiera gustado serlo, aunque los peros se les hicieron montaña. “He conocido a mujeres que no se les ha dejado ni siquiera menstruar porque desde muy jóvenes ya se les ponía el implante o las pastillas. Se les ha robado incluso sus ciclos menstruales y conectarse con sus cuerpos”, señala.
El deseo sexual también es tabú. “Como muchos aspectos en la vida y en todo ser humano, lo de ser capaz o no de criar y cuidar, se tendría que sopesar de forma individual sobre las capacidades, red de apoyo, pros y contras de cada persona. En la decisión final debería estar acompañada pero en sus propias manos”, dice.
Lo que sí es innegable es que todas las mujeres necesitamos ayuda y recursos para maternar. “Quizá yo necesito un hombro en el que llorar cuando llevo mil noches sin dormir cuidando a mi bebé y una mujer como Cloe necesita una externa que le ayude con sus sueños para ver cuáles quiere o puede materializar y cuáles deben seguir siendo sueños”, dice.
“Los títulos generalistas, como que todas las personas con discapacidad intelectual o mental no pueden tener hijos, yo te digo que no estoy de acuerdo”, apunta. Ella defiende que, igual que tienen el apoyo a la autonomía de las casas, con educadores que van a los pisos de personas que deciden vivir solas, “un apoyo a la maternidad podría ser una opción y posible”.
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Aunque añade: “Primero hay que ir al inicio: que una chica joven pueda descubrir su sexualidad tranquila y segura. Estrella Gil decidió tener un hijo y su discapacidad física no se lo impidió. Habla con dificultad, pero razona casi mejor que algunas personas capacitistas. “Voy en silla de ruedas y cuando a mi hijo le daban las rabietas, esperaba tranquilamente a que se calmara. Luego le cogía y le hablaba”, cuenta.
Gil dice que cuando contó a los ginecólogos, 13 años atrás, que quería ser madre, alguno le miró con una ceja levantada: “No llevaba a mi hijo en carrito, lo porteaba y tan a gusto. Lo único que no he podido hacer nunca es bañarlo, pero su padre lo asea y así nos arreglamos”. Estrella Gil reconoce que maternar desde una silla de ruedas no es tarea fácil, pero que con amor y empeño, se consigue. Tiene una web llamada Maternidad adaptada, y un libro con el mismo nombre.
El Tabú del Incesto
El tabú del incesto es una norma cultural que prohíbe las relaciones sexuales entre parientes. Todas las culturas han definido los emparejamientos matrimoniales adecuados y no adecuados y por lo general ciertos parientes cercanos están excluidos como posibles parejas.
Para algunos autores, la prohibición del incesto es una construcción cultural que surge como un efecto secundario de una preferencia humana general por la exogamia del grupo, ya que los matrimonios mixtos contribuyen a construir alianzas valiosas que mejoran la capacidad de ambos grupos para prosperar. Para otros autores, se basa en una preferencia biológica de parejas con las que es poco probable compartir genes, ya que la consanguinidad puede tener resultados perjudiciales.
Otra explicación quizá más verosímil es que las primeras poblaciones cazadoras-recolectoras eran necesariamente pequeñas (alrededor de 30 individuos) y muy sensibles a los desequilibrios en la sex ratio. Por ello, existiría una tendencia natural a emparejarse con individuos de otras poblaciones. Los desequilibrios en la sex ratio también podrían estar en el origen de la poligamia, tan frecuente en las sociedades humanas.
Ningún varón se llegue a parienta próxima alguna, para descubrir su desnudez.
Madres Arrepentidas: Rompiendo el Silencio
MadridLa escritora Doris Lessing ganó un Nobel y escribió una de las frases más duras sobre la maternidad: "No hay nada más aburrido para una mujer inteligente que pasar un tiempo interminable con niños pequeños y la maternidad es el Himalaya del tedio". Y decidió abandonar a sus hijos. ¿Qué clase de madre haría algo así?, se preguntarán muchos. En el libro "Las abandonadoras" la periodista Begoña Gómez Urzaiz recopila historias de mujeres reales y de ficción que decidieron dejar atrás a su prole. Las protagonistas de nuestro reportaje no han abandonado a sus hijos, pero algunas lo han pensado. Odian ser madres y, si pudieran dar marcha atrás en el tiempo, no volverían a serlo. ¿Cuáles son las razones que llevan a una mujer a sentirse así?
La actriz brasileña Karla Tenório, de 39 años, supo desde el principio que lo de ser madre no era para ella: "Me arrepentí en el momento en que la cabeza de mi hija salió en el parto", asegura. "Fue un arrepentimiento instintivo con mi cuerpo, con mis entrañas, fue un arrepentimiento causado por la ruptura inmediata de la idealización que tenía de lo que era ser madre".
Nada era como se lo habían contado, nadie le había preparado para eso: "Me sentí traicionada por mi madre, que no me avisó; me sentí traicionada por la sociedad, por Dios y por las mujeres", declara con contundencia. Llegó a verse a sí misma como a un "monstruo": "Porque si nadie lo sentía, si nadie notaba lo que yo estaba viendo, eso significaba que solo me estaba pasando a mí", explica.
Para Julia Villar, asistente administrativa de 36 años con dos hijos adolescentes, la maternidad tampoco fue como esperaba: "Si pudiera dar marcha atrás y volver a empezar, no volvería a ser madre". "Ni muy joven ni a esta edad", que, a su parecer, "es la edad cuando alguien tiene plena consciencia de lo que quiere hacer y de lo que no quiere hacer". Simplemente, "no lo volvería a elegir."
Julia no veía una salida, se sentía desesperada y llegó incluso a plantearse medidas extremas, como las mujeres del libro de Begoña: "Recuerdo haber pensado '¡Me voy, los dejo con su papá!'". No podía más, pero ganó su sentido de la responsabilidad: "Ellos finalmente no tienen la culpa, no pidieron venir a este mundo, fue una decisión mía y, como tal, hoy por hoy me hago cargo".
La culpa es la emoción principal de las madres arrepentidas que llegan a la consulta de la psicóloga Laura García Agustín, culpa causada precisamente por esa represión y ese ocultamiento al que se ven abocadas: "Lo primero que hago con ellas es escucharlas porque cuando vienen al psicólogo llegan muy angustiadas, con un sentimiento de culpa enorme y sin capacidad para poder reconocérselo, ni a su entorno ni a sí mismas. Cuando les quitamos esa parte de culpa y les permitimos sentir las emociones que sienten, se quitan un enorme peso de encima".
En 2021 Karla Tenório decidió crear el proyecto "Madre Arrepentida" -Mae Arrependida, en portugués-, una cuenta de Instagram donde comenzó a compartir su malestar sobre la maternidad y el de muchas otras mujeres que también se sentían como ella. A día de hoy, la página cuenta con 46000 seguidores, "un 95% mujeres", según su creadora.
Pero, ¿por qué tanto odio, por qué tanto tabú en torno a este tema? Karla cree que se debe a "la construcción social": "Se hizo un marketing, una asociación de la iglesia con el capitalismo para decirle a la mujer que tenía que ser pura, a imagen y semejanza de la Virgen María, guerrera, fuerte, sexy y trabajadora, ¡todo al mismo tiempo!".
Estudios sobre Madres Arrepentidas
- La socióloga israelí Orna Donath publicó en 2015 un libro muy polémico, Madres arrepentidas. Una mirada radical a la maternidad y sus falacias sociales, donde entrevistaba a 23 mujeres que lamentaban haber tenido hijos.
- En 2018, la investigadora y activista por la igualdad Laura Sagnier elaboró un estudio donde preguntaba a 2400 mujeres. Los resultados mostraron que 1 de cada 10 se arrepentía de haber sido madre, el 5% afirmaba sentirse poco feliz con su maternidad y el 7%, totalmente infeliz.
- El informe más reciente en España es el elaborado en 2020 por el Club de Malasmadres, que encuestó a 94.000 mujeres y descubrió que el 12% de ellas se arrepentía de su maternidad.
¿Qué puede o debe hacer una mujer que se siente así, que siente que la maternidad ha aplastado por completo su identidad? Laura García lo tiene claro: hay que pedir ayuda profesional. Si no se hace, las consecuencias pueden ser peores: "Sufren muchísimo estrés y ansiedad y acaban teniendo cambios bruscos de carácter". Además, la relación con los niños puede verse deteriorada y, en ocasiones, no se llegan a establecer vínculos saludables con ellos.
Maternidad a Temprana Edad: Desafíos y Prejuicios
Tradicionalmente, las mujeres han sido asociadas al rol de crianza. Para ejercer el papel que la sociedad les imponía, eran madres y cuidaban de su hogar, dejando a un lado su potencial carrera profesional, y obligándose a querer lo que su entorno patriarcal consideraba oportuno para ellas. Esta situación ha cambiado, las mujeres cada vez son madres a una edad más madura (32.8 años en España) o deciden no serlo y buscan antes una estabilidad profesional, diversificando sus intereses entre lo laboral y lo familiar.
Una vez superado el tabú de que una mujer tiene que ser madre, nos encontramos con otro diametralmente opuesto, el que las mujeres vuelven a ser cuestionadas, en lugar de por no ejercer la maternidad, por querer hacerlo. Esta problemática se acentúa en el caso de las mujeres que a una edad socialmente considerada temprana tiene su primer hijo, y se ven cuestionadas en su papel de progenitoras por culpa de su fecha de nacimiento.
Vanesa Fernandez, madre de dos hijos, cumplió su deseo de ser madre a los 20 años. Desde el momento en el que supo de su embarazo (deseado y buscado) tuvo que escuchar especulaciones al respecto en su entorno laboral y ha sufrido episodios en los que terceras personas la cuestionan deliberadamente como madre.
La condescendencia con la que un adulto habla a un infante se aplica a una madre trabajadora de dos hijos, simplemente porque la sociedad actual ha establecido unos rangos de edad óptimos para reproducirse, y ella no los ha cumplido. Pero, ha tenido el soporte de su familia. Sus padres la han apoyado incondicionalmente en la medida de sus posibilidades. Su entorno entiende que ha tomado una decisión para la que estaba preparada, las personas que más la conocen la respetan y apoyan. Pero al salir a la calle se ve obligada a escuchar prejuicios de desconocidos. Ante esto trata de reaccionar con indiferencia, porque con su edad, cuenta con la suficiente madurez y seguridad en sí misma para no cuestionarse sus decisiones y cómo decide vivir. Reflexiona también sobre que en torno a su familia va a crear su vida, sus hijos serán partícipes de los grandes acontecimientos de la vida de sus padres, del esfuerzo que hay detrás de la comodidad y la estabilidad.
El caso de Vanesa también hace meditar sobre el papel del padre. Con las experiencias que comparten ambos en su vida familiar, afirma que ella ha estado más objetada que él. En una sociedad patriarcal, siempre llueve sobre mojado, y las decisiones de una mujer se discuten como jamás se hace con las de un hombre. Esto no es una casualidad, ese juicio ejercido sobre ellas proviene de las imposiciones que tradicionalmente han tenido que soportar.
Así, vemos como el respeto por la diferencia de opiniones y de decisión sigue siendo una asignatura pendiente en nuestra sociedad. Las personas que deciden salirse de la norma tienen que afrontar más dificultades que aquellas que se rigen por la normatividad. Perseguir lo que quieres independientemente de lo que te impongan es muy duro y valiente, para una mujer puede que mucho más: para una madre joven todavía más.
Por último, Vanesa ha hecho una reflexión sobre la maternidad y la imposibilidad de estar realmente preparada para ella (independientemente de los años que hayas pasado en este mundo), destacando la naturalidad y carácter innato que conlleva el vínculo materno-filial.
Madres Tóxicas: Un Tabú Silencioso
La relación con la madre es de las más importantes que se establecen en la vida. De ahí que si esta es mala las consecuencias para el hijo y, muy especialmente para la hija, pueden generar muchos conflictos en la personalidad del adulto. La figura de la madre es sagrada en prácticamente todas las culturas y a lo largo de la historia. Sin embargo no siempre la madre es una buena madre. Y no ser una buena madre tiene poco que ver con lo que la mayoría imagina.
Ser una buena madre implica generar una serie de sentimientos en los hijos que conduzcan a caminar seguros por la vida. Esto, que parece tan de serie, no siempre sucede y cuando una mujer no ejerce como madre tal y como la psicología de su hijo requiere, lo más probable es que este no solo no pueda reconocerlo de adulto sino que, es bastante lógico que no quiera hacerlo. Reconocer que una madre no ha sido una buena madre es duro y no siempre se puede llegar a dicha conclusión.
¿Pero qué es exactamente una mala madre? ¿O eufemísticamente una madre no buena? Básicamente es lo que se conoce como una madre tóxica. Olga Carmona, psicóloga que atiende en Psicología Ceibe y con una dilatada experiencia profesional define a una madre tóxica como “aquella que establece con sus hijos una relación insana, basada en un vínculo patológico que obstaculiza el normal desarrollo psicoafectivo de sus hijos”.
Decir que hay madres que no saben o no pueden amar a sus hijos es atentar contra uno de los tabúes más sagrados de prácticamente todas las sociedades, donde se venera a la figura de la madre y nadie lo cuestiona. Y esta creencia marcada a fuego en el consciente colectivo, les confiere a estas mujeres tóxicas un poder casi absoluto pero, ¿cómo son esas mujeres?
La experta lo detalla: “Suelen ser mujeres que han llegado a la maternidad por caminos que se alejan bastante de un mínimo nivel de conciencia y de libre elección, mujeres empujadas por la edad, por la presión social, por no ser cuestionadas, por hacer una huida hacia adelante, por tener una idea romántica e infantil de lo que verdaderamente es tener un hijo; porque no nos engañemos, para las mujeres antes y ahora, renegar de la maternidad o simplemente ejercer el derecho a no serlo, no es algo aprobado por la sociedad”, afirma.
Aquellas mujeres que han decidido libre y abiertamente no ser madres han sido miradas con recelo y suspicacia por la mayoría de su entorno, sin embargo, agrega, “aceptaron gestar, parir y criar como algo inevitable”.
Existen varias versiones de madres tóxicas. Están las que se victimizan y usan la culpa como principal estrategia de manipulación, las negligentes que convierten en madres a sus hijas en un perverso intercambio de roles, las ambivalentes que tratan a sus hijos en función de su estado de ánimo o interés, las abnegadas que hacen todo por ellos para después pasar unas facturas emocionales y vitales imposibles de pagar...
Se trata, explica Carmona “en la mayoría de los casos de mujeres muy narcisistas o infantilizadas”. Otras, agrega, “son mujeres amargadas, cuya vida no se parece en nada a lo que esperaban, profundamente infelices, que usan de chivo expiatorio a sus hijos proyectando en ellos el foco de su insatisfacción. Y aunque estoy poniendo el acento en las madres en tanto su sombra es enormemente alargada y su influencia total, necesitan un cómplice que retroalimente su toxicidad. Lo habitual es que la pareja tenga ya una forma de relacionarse patológica y obviamente, esto trasciende a los hijos. Por lo tanto donde hay una madre tóxica podemos hablar de un sistema tóxico o enfermo, altamente contagioso. Los hijos son rehenes atrapados que crecerán dentro de él, normalizando lo anormal, lo que hace tan difícil de detectar más tarde la causa de las heridas”.
Al final, el legado que estos hijos heredan tiene varios denominadores comunes: inseguridad, baja autoestima, relaciones personales de dependencia cuando no directamente de maltrato, necesidad extrema de aprobación, autoexigencia brutal, reproducción de patrones vinculares tóxicos, dificultades para establecer relaciones con profundidad emocional, sentimiento de insatisfacción y vacío vital.
La mayoría no saben por qué, no encuentran la razón de sus fracasos emocionales o vitales. “Para un ser humano es muy difícil encajar esa falta de amor primario, ese desamparo absoluto, ese aprendizaje deformado de cómo es verdaderamente sentirse querido y en muchos los casos, explica la psicóloga, resultan ser personas exitosas y competentes en lo profesional porque han encontrado ahí una fuente de autoestima del que tienen el control.
Pero en lo personal -agrega- “van a literalmente a la deriva, como islotes aislados que flotan sin control, acumulando fracasos y vacíos para los que no hay respuesta. La ausencia de un amor parental sano crea estructuras psíquicas desorganizadas que afectan a muchas áreas de la personalidad, por ejemplo un estado crónico de avidez afectiva, un miedo patológico al abandono, ansiedad generalizada, percepción de no merecer ser querido, rabia e ira, depresión, consumo de alcohol y otras drogas...”
A esta indefensión crónica hay que sumarle la incomprensión de los otros: “una sociedad dispuesta a mirar para otro lado ante una realidad tan antinatural, tanto que muchos llegan a dudar hasta de su propia salud mental porque a años de maltrato emocional, hay que sumarle el silencio y la falta de apoyos. Y esta una realidad tan desconocida y tan tapada, tan oculta en el corazón de cada familia, que la mayoría de los psicólogos que pasen por sus vidas no sabrán gestionar y les dirán que para sanar “deben perdonar”, dejándoles otra vez solos y confusos.