Malena Pichot y el debate sobre la maternidad en el feminismo
Durante varios días, diferentes voces del feminismo se hicieron presentes en Intrusos, incluyendo a Florencia Freijo de Ecofeminista, la comediante Malena Pichot, las periodistas Julia Mengolini y Luciana Peker, y la actriz y humorista Bimbo Godoy.
Esta llegada a la televisión es un acuse de recibo tardío pero muy positivo del protagonismo de un actor político indiscutible de los últimos años. El movimiento de mujeres, desde la explosión #NiUnaMenos en 2015, pasando por el masivo #19O de 2016 y el Paro Internacional de Mujeres el 8M de 2017, se transformó en un factor ineludible para cualquier gobierno, todos los partidos de los empresarios y los grandes medios de comunicación.
Muchas de las discusiones que vemos en TV no son nuevas, resurgen con cada aparición del movimiento de mujeres y atraviesan al feminismo, como lo evidenció el debate “Hollywood vs. Cannes”, también con mucho rating.
Frente a los debates terminológicos y discusiones sobre si ser madre es una acción feminista o lo feminista es no serlo, surgen nuevas voces que se erigen como imagen y representación de un nuevo feminismo igual de combativo, peleón y exigente, que persigue los mismos fines pero usa nuevas formas, donde el sentido del humor es fundamental.
Una de las caras de ese nuevo feminismo es Lena Dunham, creadora de la serie Girls, directora y guionista de Tiny Furniture y autora de un libro que mezcla la reflexión con la anécdota autobiográfica, con menos acierto que en la serie: No soy ese tipo de chica (Espasa, 2014). Lena Dunham ha conseguido que el selfdeprecating femenino sea popular y se ha lanzado sin miedo a la autoparodia, a usarse como herramienta para señalar, deformar y exagerar los comportamientos de la mujer en sus relaciones íntimas, de amistad y de trabajo.
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En julio Lena Dunham y Jenni Konner, productora de la serie, anunciaron el lanzamiento de “Lenny”, “una newsletter en la que no existe eso que llaman demasiada información”. La periodista Ella Whelan escribió en la revista Spiked que “‘Lenny’ es la cristalización de una condescendencia creciente del feminismo contemporáneo: un ‘ejército de mujeres curiosas intelectualmente’ lo que realmente necesita es una newsletter que les diga cómo ser buenas feministas”.
En la serie -también en su película y en su libro- Dunham se desnuda constantemente: enseña su cuerpo, sus tatuajes, sus cejas excesivamente depiladas, sus miedos, sus disparates y sus torpezas.
Dunham es la cara más visible de ese nuevo enfoque que permite hasta bromear con el propio feminismo. A todo eso se refiere con “no existe eso que se llama demasiada información”: a hablar del cuerpo femenino y a mostrarlo sin tapujos, a ponerlo, de nuevo, en el centro del debate, pero con cierta ligereza.
Whelan argumentaba: “El objetivo original de la liberación era luchar por los derechos de la mujer para dejar los trapos, los biberones y el menaje en la esfera privada y ser parte del mundo público igual que el hombre. […] Sin embargo, siguiendo los pasos del movimiento de liberación femenina de principios de los 70, surge un feminismo de la intimidad que declara que la vida privada de la mujer debería politizarse.
Escribe Caitlin Moran: “No sé si podemos seguir hablando de ‘olas’ dentro del movimiento feminista. Moran es, según sus propias palabras, “una desenfadada columnista de periódico y crítica de televisión a tiempo parcial”, y escribió Cómo ser mujer (Anagrama, 2013), un ensayo donde aborda temas como la primera regla, el trabajo, comprar sujetadores, la maternidad y el embarazo.
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Y también es una glosa divertida y refrescante de La mujer eunuco (Kairós, 2004), el libro que Germaine Greer escribió casi como reacción a La mística de la feminidad (Cátedra, 2009) de Betty Friedman y uno de los hitos del feminismo de la segunda mitad de siglo.
Si Moran se descubrió feminista al abrigo de Greer, Despentes lo hace al calor de Camille Paglia; en palabras de Despentes, “sin duda, la más controvertida de todas las feministas americanas.
Despentes argumenta que “el ideal de la mujer blanca, seductora pero no puta, bien casada pero no a la sombra, que trabaja pero sin demasiado éxito para no aplastar a su hombre, delgada pero no obsesionada con la alimentación, que parece indefinidamente joven pero sin dejarse desfigurar por la cirugía estética, madre realizada pero no desbordada por los pañales y por las tareas del colegio, buena ama de casa pero no sirvienta, cultivada pero menos que un hombre, esta mujer blanca feliz que nos ponen delante de los ojos, esa a la que deberíamos hacer el esfuerzo de parecernos, aparte del hecho de que parece romperse la crisma por poca cosa, nunca me la he encontrado en ninguna parte.
La paradoja que se da con respecto a la situación de la mujer es, según Despentes, que “nunca antes una sociedad había exigido tantas pruebas de sumisión a las normas estéticas, tantas modificaciones corporales para feminizar un cuerpo. Al mismo tiempo, ninguna otra sociedad ha permitido de modo tan libre la circulación corporal e intelectual de las mujeres.
Sin embargo, parece que esa versión reductora del feminismo, la que lo identifica con lo contrario del machismo y que implica una aversión hacia el sexo masculino, es la que se ha impuesto como idea única a la que remite inmediatamente el término.
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Tal vez por eso, lo que confesaba Abigail Rine, que da clases de Literatura y Estudios de Género en la Universidad George Fox, en un artículo publicado en The Atlantic en mayo de 2013 suene relativamente cercano: “Cada vez más me descubro a mí misma hablando sobre ideas feministas sin usar de hecho la palabra ‘feminismo’. ¿Por qué? Es agotador prologar cada conversación sobre combatir la misoginia con adorables y encantadoras anécdotas sobre cómo me gustan los hombres en realidad -¡hasta el punto de haberme casado con uno!- y cómo en realidad nunca quemé ningún sujetador (y probablemente no lo haga nunca porque son muy caros).
En su artículo, Rine pretende reflexionar sobre la palabra “feminismo” a partir de un dato extraído de una encuesta: solo el 20% de las mujeres se identifica como feminista, a pesar de que el 82% cree que hombres y mujeres deberían ser social, política y económicamente iguales.
La ONU lanzó la campaña HeForShe, que presentó en un emocionante discurso de la actriz británica Emma Watson. El movimiento pretende precisamente implicar a los hombres en la lucha feminista: “La igualdad de género no es solo una cuestión que ataña a las mujeres, es un asunto que nos afecta a todos los seres humanos […]. Cuando las mujeres están empoderadas, toda la humanidad se beneficia.
Para Moran no hay discusión posible: “Porque aunque la gente haya intentado maltratarla y repudiarla, ‘feminismo’ es la palabra que aún necesitamos. Ninguna otra servirá. Y, reconozcámoslo, no ha existido otro término, si exceptuamos el ‘poder de las chicas’, que suena como si estuvieras en alguna rama de la Cienciología dirigida por Geri Halliwell.
Poehler y Tina Fey, tan brillantes y eficaces juntas como por separado, o la nueva reina de la comedia Amy Schumer; la historietista colombiana Powerpaola, autora del cómic autobográficoVirus tropical (2013), o María Herreros, que publicó en 2013 Negro viuda rojo puta, son algunos nombres que se pueden citar como herederas de Dorothy Parker, además de la propia Caitlin Moran y Lena Dunham o la ensayista Leslie Jamison, autora de El anzuelo del diablo (Anagrama, 2015).
En uno de los episodios Jorge Rial se comprometió a realizar un debate sobre el derecho al aborto legal, interpelando al Congreso Nacional donde la discusión está silenciada hace años, desde las últimas órdenes de CFK de bloquear las iniciativas, con la bendición del ahora Papa Jorge Bergoglio.
Las sociedades capitalistas quieren convencernos de que hay igualdad de género porque una minoría de mujeres en una minoría de países goza de algunos derechos, aunque se mantenga la condición de que su género sea oprimido legal, cultural y económicamente.
A la vez, los derechos de las mujeres están bajo amenaza permanente en el capitalismo. Lo vemos en los retrocesos que intentan imponer en muchos países, con mayor o menor éxito. Pasó en el Estado español con la restricción al derecho al aborto, pasó en Polonia donde el gobierno quiso prohibirlo e hizo estallar la bronca de las mujeres el “lunes negro” de 2016. En Estados Unidos, hace años que la derecha cristiana viene erosionando el derecho el aborto implementando trabas legales en varios estados gobernados indistintamente por demócratas y republicanos.
Durante muchos años, se instaló de forma incuestionada la idea difundida por el feminismo (neo)liberal de que ya existe la igualdad (por la ampliación de derechos legales en varios países y la creciente inserción de las mujeres en ámbitos públicos).
Y las clases dominantes supieron “digerir” ese discurso de igualdad como igualdad de oportunidades, hasta transformarlo en algo que puede convivir sin muchas contradicciones con la explotación y la opresión de millones (que habilita incluso la paradoja del feminismo de derecha).
Varias activistas y organizaciones, con quienes compartimos luchas y debates, señalan que es necesario construir un feminismo del 99 %, que hay que sumar las demandas de las trabajadoras, las inmigrantes, junto con los reclamos de las personas LGBT.
En nuestro país y en el mundo, el eje de los debates son los problemas que afectan a millones de mujeres en sus trabajos, en las tareas domésticas y de cuidados y las múltiples formas en la que se expresa la violencia patriarcal.
¿Cómo luchamos contra la opresión? ¿Alcanzan las campañas de concientización y educación para una transformación radical y permanente de la sociedad? ¿Es posible alcanzar la igualdad en esta sociedad?
En esta sociedad, la discriminación y el sometimiento de la mayoría de las mujeres son funcionales y necesarios. Por ejemplo, el capitalismo no puede deshacerse del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, indispensables para su funcionamiento.
En el capitalismo esa desigualdad condena a las mujeres (incluso a las que ocupan los puestos más altos) a cobrar un salario menor por realizar la misma tarea que un varón por su género.
Los derechos que tenemos, incluso los más elementales como las conquistas más recientes por visibilizar la violencia naturalizada hasta hace poco tiempo, confirman que la movilización es la vía para conquistar nuestras demandas y que ninguna victoria es permanente en esta sociedad desigual por definición.
No está de más recordar que vivimos en un mundo donde 8 hombres tienen la misma riqueza que 3600 millones de personas (de las cuales más del 70 % somos mujeres).
Nuestras demandas, las elementales como el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo o medidas básicas para apoyar a las mujeres que sufren la violencia machista, o las más “sistémicas” como acabar con el trabajo de cuidados no remunerado o la desigualdad salarial no tiene lugar en la agenda de las clases dominantes ni cabe en las iniciativas de igualdad de género en el capitalismo.
Por eso peleamos en primera fila por todos los derechos negados pero lo hacemos con la convicción de que nuestro lugar es con quienes luchan contra el capitalismo por transformar la sociedad por completo y construir una nueva sin explotación ni opresión.
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