Directores de Cine Contemporáneos: Un Estudio Detallado
Elegir a los mejores directores que se mantienen en activo hoy en día es una tarea compleja, ya que no parece haber un talento que destaque muy por encima del resto. Esta lista busca dictar sentencia sobre quiénes merecen mayor reconocimiento.
Martin Scorsese
Si Scorsese entrara en una lista de los mejores directores de la historia del cine, ocuparía un buen lugar. Después de cuarenta años en activo, merece estar entre los mejores cineastas contemporáneos, algo casi prodigioso. Viendo El lobo de Wall Street da la impresión de que tiene cuerda para rato, adentrándose en un género casi nuevo para él como el de la comedia, que las pocas veces que lo ha intentado le ha salido muy bien; basta recordar After hours. Tal vez termine prescindiendo de una vez por todas de los finales moralistas y redentores que incluye a regañadientes en sus películas.
Zack Snyder
Zack Snyder entró por la puerta grande con un magnífico remake como El amanecer de los muertos, de la que nos atrevemos a decir que es la mejor película de zombis que hemos visto nunca. Su siguiente film, 300, puso el listón aún más alto, fiel al mito en todos los aspectos salvo en el que más nos hubiera gustado: la convención del arte clásico conocida como «desnudo heroico». La siguiente que dirigió fue Watchmen, una magnífica adaptación a la altura del cómic, que contó además con una memorable introducción. A continuación volvió a dar en el clavo con Ga’Hoole: la leyenda de los guardianes, la mejor película de búhos que hemos visto nunca. Su siguiente obra fue quizá su mayor patinazo, Sucker Punch, que entusiasmó a algunos y a otros bastante menos, pero al menos demostró audacia y originalidad. Y por último El hombre de acero, solemne y espectacular, aunque su mensaje tan ambiguo nos dejó confundidos. Ahora está enfrascado en una nueva versión de Superman, esta vez contra Batman.
Christopher Nolan
Memento es la película que catapultó a Christopher Nolan al Olimpo de los directores que cualquier aficionado debía tener en cuenta, aquellos con más personalidad y ambición. Desde entonces no ha defraudado en su intento de aunar la profundidad filosófica y el cine más comercial. Quiere dirigirse a las masas pero sin caer en la frivolidad y lo está consiguiendo, quizá en Origen más que ninguna otra, una locura sobre sueños dentro de sueños que logró dejar estupefactos a tantos espectadores. Sus tres versiones sobre Batman son sin duda las tres mejores que se han hecho sobre este personaje de cómic, consiguiendo la cuadratura del círculo de dotarle de un fondo psicológico sombrío y una espectacularidad y estruendo dignas del Antiguo Testamento.
Woody Allen
Escribir sobre Woody Allen es un reto. Apenas has referido algo de su última película cuando ha estrenado otra. Tratas de exponer algo sobre esa otra y te ha puesto dos sobre la mesa. Balbuceas y un puñado más te ha caído encima. Como guinda, algún corto «secreto». Si se hiciera un estudio cifras/rentabilidad/calidad como el que se hace para determinar el rendimiento de algunos deportistas, Allen estaría arriba del todo. Si fuera luchador de un videojuego sería aquel que tiene todas las barritas (strengh, agility, stamina…) bien llenas por igual. Pocas actividades creativas han contado con semejante fusión entre creatividad y estajanovismo, entre fraguel y curry. El 95% de los directores existentes firmarían gustosos sus películas menores. Pero además tiene las medianas y las mayores.
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Kathryn Bigelow
Habituados a ver paletos que cuando están en la guerra se pasan el día sintiendo nostalgia por su hogar y por la dichosa tarta de manzana de su madre, que los sacan a ver mundo por primera vez en su vida y su única reacción es dar la brasa a su alrededor con la foto de su novia, en The Hurt Locker Bigelow nos contó justo la historia opuesta: la del soldado que cuando está en casa se aburre como una ostra y lo que le gusta es estar allá donde se repartan las hostias. Con esa película se convirtió en la primera mujer en ganar un Óscar al mejor director y logró depurar su característica habilidad para las escenas de acción, que ya demostró en auténticos clásicos del género como Le llaman Bodhi.
David Lynch
El único ser vivo que podría derrotar en un debate a Nicolas Cage utilizando el ave que anida en su pelo como argumento es David Lynch. Su primera película, Cabeza borradora, oscilaba entre deliciosa comedia familiar y pesadilla de horror solo descriptible con adjetivos lovecraftianos, no lo tenemos muy claro. Con la serie Twin Peaks consiguió el reconocimiento internacional entre el gran público, pero para entonces ya había rodado maravillas como El hombre elefante, Terciopelo azul o Corazón salvaje. Muchos lo admiran y tantos otros lo consideran poco más que un vendedor ambulante de aceite de serpiente, pero que sus películas componen un universo personal original e inimitable no se puede poner en duda. Se le puede acusar de intenso, pero lo cierto es que su obra no ofrece ningún reto intelectual forzoso: no hay que entenderlo, solo dejarse llevar. Todo responde a una lógica sencilla, la misma que tienen los (malos) sueños. Incluso su filme más unánimemente aclamado por la crítica, Una historia verdadera, sigue en el fondo esa línea. Dígannos qué tiene de realista que un anciano cruce dos estados del Medio Oeste norteamericano conduciendo una cortadora de césped topándose solo con gente maravillosa, en lugar de con una familia de psicópatas mutantes caníbales, que sería lo normal.
Ang Lee
Originario de Taiwán, Ang Lee no se ha limitado a lo que es etiquetado popularmente como «películas de chinos» (da igual el género, son de chinos y ya) pues de hecho una de sus mayores virtudes es su extraordinaria versatilidad a través de estilos, épocas y tradiciones culturales. Rodó una adaptación de Jane Austen, Sentido y sensibilidad, que es puro cine de tacitas. Más adelante se atrevió con una leyenda china como Tigre y dragón, continuó con una adaptación de Hulk y luego con un drama sobre dos vaqueros homosexuales como Brokeback Mountain, entre otras.
Michael Mann
Al igual que Scorsese, este director parece haberle echado un buen trago al cáliz que aparecía en la mejor de su tetralogía de Indiana Jones. Pasan las décadas y su brillo no se apaga, sigue incansable agigantando su filmografía. Va alternando el cine de entretenimiento -con ese extraordinario talento para rodar secuencias que lo hace único- con otras más serias en las que retrata algún periodo histórico, como en la reciente Lincoln. Su próximo proyecto, según algunas noticias, giraría en torno a la conquista de México por Hernán Cortés. Si «clásico eh lo que no se pueh hasé meóh», según la célebre sentencia del torero el Gallo, tenemos en Michael Mann a un director clásico en el mejor sentido. Sus innovaciones y hallazgos en la forma son más una manera de actualizar a los grandes de Hollywood que de romper con lo que quizá no necesite ni roto ni descosido. Los bien enarbolados guiones con los que trabaja giran en torno a la labor propia como Destino y al Amor. Ambos con mayúscula. Pocos se atreven ya con estos grandes temas a pecho descubierto. Director de escasa filmografía, tras dejar monumentos como Heat o El dilema, demostró hace unos años que sigue en plena forma con Enemigos Públicos. Tras la desigual acogida de la serie Luck, esperamos como oro en paño Cyber, que se estrenará a principios de 2015. Un Grande.
Park Chan-wook
O el coreano que le debe muchísimo a la venganza. Arrasó en su país con Joint security area, un whodunit que elegía como escenario la frontera entre las dos Coreas, y aquello le permitió desatarse por completo: Sympathy for Mr. vengeance, Old boy y Sympathy for lady vengeance conformaban una trilogía con protagonistas incomunicados, antisociales y atípicos cuyo único nexo común era recorrer el camino alimentados por la venganza salvaje. Rodaría desde comedias románticas en psiquiátricos (Soy un cyborg) hasta historias de vampiros (Thirst). Cintas en esencia tan inclasificables como su director, pero que compartían algo: una capacidad visual asombrosa, una violencia seca y directa alejada de las costumbres de la gran pantalla y algunos giros de guión que dejaban a M.
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Paul Thomas Anderson
La rata de videoclub adiestrada en la pornografía setentera y ochentera, desde los diez años y gracias a una colección paterna de VHS, que se hizo mayor para ponerse tras una cámara y ganarse el título de niño prodigio. Sydney, Boogienights y Magnolia casi parecían una broma, destilaban tanta precisión quirúrgica que sus logros eran demasiado notables para ser las tres primeras obras de un director que venía de admirar tanto las barbas de Kubrick como el lubricante del cine X. Con el control sobre el plano secuencia, el reparto coral y las actuaciones para enmarcar Anderson se erigía como una reencarnación estilizada de Robert Altman. Remató con Punch-drunk love, Pozosdeambición y Themaster.
David Cronenberg
Lo que distingue a unos creadores de otros es la capacidad para construir un universo propio y compartirlo con el mundo. Cronenberg lo logró utilizando como ladrillo el horror corporal y se convirtió en el mesías de la nueva carne. En una actualidad donde la gente vive pegada a sus móviles los desvaríos de Videodrome parecen un futuro plugin para el iPhone, los huesos que se convierten en pistola de eXistenZ son una fase de cualquier videojuego y el morbo de Crash son vídeos perversos de accidentes en las entrañas más oscuras de internet. Así que para culminar sus profecías ya solo nos falta esperar a que nos explote la cabeza como en Scanners.
Wes Anderson
Si tuviéramos que imaginar cómo es el aspecto del director de las películas Life Aquatic, Viaje a Darjeeling o El gran hotel Budapest nos saldría algo como lo que vemos en la foto. Definitivamente sus películas son suyas y no de otro. Ha logrado crear un estilo caracterizado por una estética fruto del LSD, unos personajes melancólicos a los que describe con humor y unas historias con elementos fantásticos.
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