La Maternidad Divina de la Virgen María y la Catequesis

01.11.2025

En esta primera audiencia del nuevo año tenemos todavía vivo en nuestro espíritu el eco de las palabras con las que el Evangelista Juan anuncia el acontecimiento que señala el cumplimiento y el centro de la historia de la salvación y da al tiempo que sigue, es decir, al nuestro, un valor nuevo: éste es ya el tiempo de la permanencia de Dios con los hombres, porque Dios ha plantado su tienda entre nosotros.

Hemos acogido con los pastores la invitación a acercarnos al portal de Belén, movidos por el deseo de conocer más profundamente quién es Jesucristo y encontrar en El al Salvador "nacido para nosotros en la ciudad de David" (cf. Lc 2,11). Junto al Pesebre hemos revivido el acontecimiento histórico del nacimiento de Jesús: en la celebración eucarística, mesa de la Palabra y del Pan del Señor, hemos conocido el misterio de su perenne presencia entre nosotros.

Demos gracias a Dios, queridísimos hermanos y hermanas, por este don que cada año nos es dado gustar nuevamente mediante la celebración de la liturgia de la Iglesia. Gracias a ella, cada hombre, por lejano que se halle en el tiempo del acontecimiento histórico, puede revivir los misterios eternos de Cristo y hacerse presente a la gracia del Verbo de Dios que se hizo hombre como nosotros.

El Significado de la Navidad y el Año Nuevo

La Navidad del Señor, por una providencial coincidencia, está vinculada a la celebración del comienzo del año civil. Es obvio, pues, que de este misterio tenga origen las felicitaciones de buen año que gustosos nos hacemos, recíprocamente. Nuestro tiempo está marcado para siempre por la presencia de Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza.

El primer día del año, que hemos celebrado festivamente ayer recordando el misterio de la maternidad divina de la Virgen, lleva en sí un doble significado: el del recuerdo de un año ya irrevocablemente pasado, y el de la proyección, llena de esperanza, hacia un futuro todavía totalmente por descubrir.

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Al confiar a la misericordia de Dios los días del año transcurrido con su peso de faltas, desilusiones y sufrimientos, miramos al año nuevo llevando en el corazón expectativas y miedos, temores y esperanzas. Pues bien, para todos aquellos que les gusta mirar adelante en su vida, Jesús ofrece un motivo particular de confianza.

El, Hijo de Dios, hecho en la Encarnación hermano nuestro, con su presencia anuncia la superación del miedo : "No temáis, os traigo una buena nueva", dice el Ángel a los pastores la noche de Navidad (Lc 2,10). Jesucristo es, pues, la razón de nuestras felicitaciones con ocasión del año nuevo.

En Él se funda nuestra espera de toda bendición de Dios; sentimos que Él sostiene nuestras fatigas y nuestro trabajo; sabemos que con Él podemos llevar nuestras cruces y empeñarnos en ser artífices de paz, perdonando y buscando siempre reconciliación y amistad.

Deberes y Oración en el Año Nuevo

El año nuevo nos espera también con sus deberes, y yo os pido ante todo una oración por los compromisos de mi ministerio pastoral, dirigido a toda la Iglesia, por las visitas y los viajes que deberé realizar. Nuestra vida adquiere un sentido si cada uno sabe usar de la propia libertad para afrontar serenamente los deberes y las responsabilidades de su estado.

El Espíritu Santo, que Jesucristo nos ha dado, sugerirá a todos los corazones bien dispuestos el camino a seguir en el nuevo año, en correspondencia a la vocación personal y a las exigencias de los hermanos necesitados. Deseo a todos vosotros que cada jornada del nuevo año, al concluirse, os lleve la alegría de haber realizado el bien que de vosotros se esperaba.

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No existe mayor consuelo en las fatigas cotidianas que el poder decir cada día al anochecer que nos hemos "vestido de la caridad" de Cristo y hemos tratado de servir a los hermanos en el "vínculo de perfección" que se realiza en el amor (cf. Col 3,14).

El mensaje de la Navidad, proyectado en el año nuevo, no nos permite dejarnos arrollar por el desaliento a pesar de las nubes negras que dominan el horizonte. Conservamos la esperanza porque estamos seguros de que el Hijo de Dios, encarnación del poder infinito de su amor, está presente en la historia y en el tiempo.

El nos guía y nos enseña a dar a los hombres aquel "suplemento de amor" del que sentimos tanta necesidad frente al aumento de odio y violencia.

La Protección de la Virgen María

Confiamos el nuevo año apenas comenzado a la protección de la Virgen, Madre de Dios. Es María quien nos puede decir con certeza que no estamos solos en nuestra historia. Justamente de Ella aprenderemos a decir, ante el anunciarse de la voluntad de Dios sobre nosotros, "hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38); y esto cada día, en todo momento.

Frente a las previsiones optimistas y felices, o bien pesimistas y preocupadas, María Santísima nos enseña a acoger la Palabra de Dios para comprender que todo el tiempo está proyectado hacia un futuro que se encuentra en las manos de Dios, porque se halla definitivamente marcado por el misterio de la Encarnación y la plena revelación de Jesucristo. Esta fe nos abre el corazón a una esperanza llena de consuelo y de gozo.

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La Catequesis y la Transmisión de la Fe

Hemos recordado ya que la catequesis es obra de la Iglesia, que difunde la Buena Noticia en el mundo y trata de reforzar su vida sacramental por medio de un mejor conocimiento del misterio de Cristo. Con la catequesis y con todo el conjunto de la obra de evangelización, la Iglesia sabe que está respondiendo a los problemas más esenciales del hombre, a los que cada uno se plantea o se irá planteando antes o después, a lo largo de su existencia.

¿De dónde viene el hombre? ¿Por qué existe? ¿Qué relaciones tiene con Dios y con el mundo visible? ¿Cómo deberá comportarse para alcanzar el objetivo de su vida? ¿Por qué está sometido al sufrimiento y a la muerte, y cuál es su esperanza? A estos problemas la catequesis da la respuesta de Dios. Y se propone hacer comprender una doctrina que no es meramente el fruto de investigaciones personales, sino la verdad comunicada a la humanidad mediante la Revelación divina.

Por ello, al transmitir la verdad de la salvación, la catequesis se ocupa de hacer manifiestos los interrogantes fundamentales nacidos en el corazón humano y demostrar que Dios ha respondido a través de su Revelación con un don de verdad y vida que supera las expectativas más profundas del hombre (cf 1Co 2,6-9). Su tarea consiste en dar certezas basadas en la autoridad de la Revelación.

La Integridad del Mensaje Catequético

Vale la pena recordar aquí lo que puse de relieve en la Exhortación Apostólica Catechesi tradendae sobre la integridad del contenido de la catequesis: "A fin de que la oblación de su fe sea perfecta, el que se hace discípulo de Cristo tiene derecho a recibir la "palabra de la fe" no mutilada, falsificada o disminuida, sino completa e integral, en todo su rigor y vigor. Traicionar en algo la integridad del mensaje es vaciar peligrosamente la catequesis misma y comprometer los frutos que de ella tienen derecho a esperar Cristo y la comunidad eclesial" (CTR 30).

La Pedagogía en la Catequesis

La catequesis plantea problemas de pedagogía. Sabemos por los textos evangélicos que el mismo Jesús quiso afrontarlos. En su predicación a las muchedumbres se sirvió de las parábolas para impartir su doctrina de un modo adecuado a la inteligencia de sus oyentes.

En la enseñanza a los discípulos procede gradualmente, teniendo en cuenta sus dificultades en comprender; y así sólo en el segundo período de su vida pública anuncia expresamente su camino doloroso y sólo al final declara abiertamente su identidad de Mesías y también de "Hijo de Dios".

Constatamos asimismo que en los diálogos más reservados comunica su revelación respondiendo a las preguntas de los interlocutores y usando un lenguaje accesible a su mentalidad. Algunas veces Él mismo hace preguntas y suscita problemas. Cristo nos ha hecho ver la necesidad de adaptar la catequesis de muchas maneras, según los grupos y personas a los que va dirigida.

Nos ha indicado igualmente la índole y límites de dicha adaptación; presentó a sus oyentes toda la doctrina para cuya enseñanza había sido enviado y, ante las resistencias de quienes le escuchaban, expuso su mensaje con todas las exigencias de fe que comportaba.

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