Miguel Ángel Tobías: Una Vida al Límite, un Legado de Resiliencia
A lo largo de su vida, el cineasta y autor Miguel Ángel Tobías ha estado muy cerca de la muerte en tres ocasiones; dos en África, a punto de perecer ahogado y envenenado, y una más en Arequipa (Perú), cuando sobrevivió milagrosamente a un descenso imposible que hizo sin guía, movido por una taquicardia, del seismil Nevado Chachani.
Un Viaje al Borde de la Muerte en los Andes
«Fue una historia que sucedió con dos amigos -Carlos y Willy- durante un viaje de aventura al Perú», explicó previamente Tobías a este medio, tras un descenso por un rio de nivel cinco -el más alto nivel de peligrosidad-». Llegados a Arequipa, la intención inicial de hacer un turismo cultural relajado y sin pretensiones pronto se disipa ante el nuevo reto de coronar la cumbre del gran Nevado Chachani en un tiempo récord: «Por encima de los tres mil metros, el cuerpo necesita una aclimatación térmica de un día cada trescientos metros», explicó el autor.
Pese a sentir, hoy lo admite, un «extraño presentimiento en aquel momento», que trató de disuadirle de emprender tan peligrosa hazaña, Tobías confiesa que entonces se dejó arrastrar: «Sin tiempo, sin la ropa adecuada, finalmente llegamos hasta los 5200 metros una hora antes de que anocheciera». La intención del guía era acampar a esa altura, subir a las cuatro de la mañana y volver a bajar a toda velocidad.
«A las siete era ya noche cerrada y empecé a sentir una fuerte taquicardia», relata el escritor, «pensé que se solucionaría pronto pero no disminuyó, y solo sabía que si me quedaba allí, en aquel momento, mi corazón se detendría y moriría». «El instinto de supervivencia me hizo pensar, decidí detenerme y comprender que mi lucha no era contra el frío sino contra mí mismo», detalla.
Aquella fatídica noche se durmió por dos veces, y en ambas ocasiones notó «una mano» que le despertaba e impedía que el sueño fuera la rendición de su mente. «Al despertar la mañana siguiente, me vi rodeado de picos de los Andes, sin comida ni bebida ni manera de llegar hasta abajo». Fue entonces cuando decidió hablar con ‘Dios’, «el dios que cada uno quiera interpretar», al que le pidió cinco cosas, que se fueron cumpliendo sucesivamente, tal y como detalla el libro, hasta que Tobías llega sano y salvo de vuelta al pueblo.
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«Lo más terrible de aquello fue tener que despedirme mentalmente de mi familia y visualizar el horror de cuando encontraran mi cadáver«, narra Tobías. Su momento de transformación se extiende al propio guía, que llega con sus amigos tiempo después. «Estaba seguro de haber perdido a un hombre en la montaña. No tenían intención, me dijo, de buscarme, solo de recuperar mi cadáver».
El libro se encuentra prologado, además, por Nando Parrado, uno de los supervivientes de la tristemente mítica Tragedia de los Andes de 1972: «Cuando le conocí, lloramos juntos», cuenta Tobías. «Me dijo que ellos tuvieron la suerte de que eran dieciséis, pero yo me encontraba solo».
Compromiso Social y Salud Mental
Durante esa etapa recorrió mil países y se dio cuenta de que, más allá de los compatriotas que mostraban su vida en el extranjero, había multitud de historias sin ser contadas. «Vi que el mundo estaba lleno de injusticias tremendas y me prometí que cada año iba a desarrollar un proyecto 100% social, benéfico y que generara conciencia social», explica a LA RAZÓN. Justo evocaba esa idea cuando la tierra tembló fuerte bajo Haití.
Fue precisamente regresando de la gira por Latinoamérica de la producción «Me llamo Gennet» -la historia de la primera mujer sordociega en conseguir un título universitario- cuando ya llevábamos un tiempo escuchando la todavía extraña palabra «coronavirus». Poco después nos confinaron y la vida nos cambió.
Pero, lejos de quedarse en casa, empujado por el agradecimiento que sentía hacia la vida por saber que su nonagenaria mamá estaba bien, sintió el impulso de hacer algo por todas esas madres y padres mayores que no lo estaban tanto. «Me puse en contacto con las autoridades sanitarias de la Comunidad de Madrid y en dos días ya estaba de voluntario en una residencia de ancianos. Era lo peor de la pandemia, aquella primera etapa, cuando no había EPIS ni mascarillas y los muertos se contaban por centenares».
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Allí comprendió que, más allá de los efectos que podía dejar a los supervivientes de la covid, las secuelas que quedarían a nivel global iban a ir más en la línea de la salud mental. No se equivocó. «Las cifras están al alcance de todos. El número de suicidios -sobre todo en adolescentes-, el uso de antidepresivos o ansiolíticos, los profesionales de salud mental desbordados... La realidad es que hay un enorme porcentaje de gente que “a pesar de” tener trabajo, comida etc, no se siente bien y todavía arrastramos el estigma de no contarlo abiertamente por no mostrarse débil, por miedo a perder relaciones, trabajos... Es evidente: tenemos que hacer algo que sirva para ayudar».
Y es que el Camino lo han recorrido millones de personas a lo largo de miles de años y sirve para mirar hacia dentro incluso para quienes no lo hacían con esa intención. «Hay mucha gente que lo hace con fines turísticos o deportivos pero, inevitablemente, surge un viaje de introspección a la existencia vital de cada uno», explica Tobías.
«Cuando se me ocurrió, el Camino llevaba un año cerrado y pensé que era el decorado ideal (por paisaje y energía) para hacer lo que quería: recorrer varias etapas con personas que, como yo, cumplieran cuatro requisitos». Debía ser gente del mundo del conocimiento, que fueran conferenciantes internacionales, que tuvieran libros publicados («significa que ya han hecho el ejercicio de parar») y que hubieran vivido una circunstancia límite que les provocara una quiebra vital.
«De los 17 que somos, contándome a mí, 14 hemos estado al borde la muerte», aclara el productor. Él, concretamente, lo ha estado en tres ocasiones: en África casi se ahoga y se envenena con apenas 13 días de diferencia, y en los Andes casi muere de hipotermia. Fue esta última ocasión cuando Miguel Ángel sintió que le «ayudaron desde algún lado».
«Es la historia de un milagro», confiesa, y de hecho está recogida en el libro «Renacer en los Andes»; una obra que le costó muchos años convencerse de que debía escribirla. Tobías se refiere a Dios sin concretar: «Si eres religioso, en el Dios que creas, en la energía universal... en lo que sea, ahí no entro, solo hablo de trascendencia apelando a algo superior por encima de nosotros», aclara.
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Miguel Ángel salió vivo de aquello y, aunque su faceta altruista le ha acompañado desde siempre, entonces se volcó con las causas sociales y, en particular, con el cuidado de la salud mental, el gran talón de aquiles de la sociedad actual. «Al salir de allí con vida, tras cumplirse esas cinco cosas que pedí y que se obrara ese milagro entendí que yo había salido vivo precisamente para cumplir una misión: tengo que ayudar en todo lo que pueda al mayor número posible de personas».
Es gente como Edurne Pasabán, David Meca o Mario Alonso, entre otros. «Al final te das cuenta de que con todos hablo de lo mismo: del amor, el miedo, la familia, la amistad, el duelo, la salud mental... porque a todos los seres humanos nos une lo mismo».
Cuando se encontró en esa tesitura en los Andes, Tobías quiso gritar a su familia que cuidaría de ellos y por eso, dice, sabe lo que gritan aquellos que están al otro lado. Y de estos temas precisamente va «El Camino interior»; de qué se siente ante la muerte, cómo afrontar los duelos y cómo, en definitiva, afrontar la existencia de una forma honesta y coherente con la vida que uno quiere llevar.
«Ha ayudado a gente a salir de depresiones, de duelos, a no suicidarse... Con que solo lo haya conseguido una persona ya ha merecido la pena todo». Porque, aunque es evidente que el proyecto se creó con esa intención, confiesa que no podía imaginar el aluvión de agradecimientos que recibe a diario. Es más, «el 100% de las personas que ven la serie, no solo la vuelven a ver, sino que la recomiendan porque ven su valor terapéutico».
Proyectos Futuros y Reflexiones Finales
Lejos de quedarse quieto, el productor está deseando que vea la luz su último proyecto. Se llama «Atlántico: navegantes del alma», y ha supuesto una experiencia extrema. Ha viajado con 11 personas que no se conocían de nada entre ellas durante un mes atravesando el océano Atlántico. «Es un estudio antropológico sobre la conducta humana. Al final te das cuenta de que si nos abriéramos todos de corazón podríamos ayudarnos mucho más», explica.
«Estas experiencias han hecho realmente que viva como vivo, haga lo que hago y piense lo que pienso», afirma el productor y director de la docuserie El Camino interior, emitida en Movistar+ y que ahora llega en abierto a La 2 de TVE (domingos, 12 horas). En cada capítulo, transita por el Camino de Santiago con un compañero -el cirujano Mario Alonso Puig, el fallecido neuropsiquiatra José María Poveda, la psicóloga Alejandra Vallejo-Nágera y la montañera Edurne Pasaban, entre otros- con el que reflexiona sobre las cosas importantes y profundas, el amor, la amistad, el miedo, la soledad, la salud mental, la familia, el trabajo, los sueños, la muerte...
Descubrí hace muchos años que no hay nada más patológico ni que cause más enfermedad y sufrimiento en el ser humano que vivir una vida que no se quiere vivir.
Tengo tres proyectos pendientes de estrenarse en cine, plataformas y televisión: ‘Atlántico. Navegantes del alma’, ‘Life’s ice’ y el de la dana. Además, estoy dándole vueltas a filmar un documental sobre los trastornos de la conducta alimentaria (TCA), que es una pandemia silenciosa brutal, y otro sobre el mundo de los cuidados paliativos.
Por petición de varios miles de espectadores de mi última serie documental estrenada, ‘El camino interior’, decidí poner en marcha el evento ‘Renacer’, para ayudarnos a todos a descubrir nuestro propósito vital, ser capaces de caminar en su dirección y comprender de forma profunda el sentido de la vida.
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