Muerte de un Niño en Casar de Cáceres: Causas y Homenaje
Este artículo aborda el trágico fallecimiento de un niño en Casar de Cáceres, explorando tanto las causas directas como el contexto cultural y las reacciones de la comunidad ante esta pérdida.
Trágico Suceso en Cáceres: Un Joven Fallece Tras Discusión
Recientemente, un joven de 18 años, Antonio, falleció en Cáceres tras una discusión a puñaladas por el amor de una joven llamada Cynthia. Antonio y Javier, de 17 años, quedaron en la calle tras una fiesta de cumpleaños para pelearse a puñaladas. Los dos jóvenes, de familias estructuradas y sin problemas aparentes, según testigos de lo sucedido, quedaron para discutir por el amor de una joven.
Se trataba de una pelea a puñetazos, pero Antonio se enteró de que su contrario iba a ir con un cuchillo y decidió coger él otro. El agresor es un joven de tan solo 17 años y se encuentra herido de gravedad en el hospital. Javier continua en el hospital, ha tenido que ser operado de urgencia porque recibió una puñalada en el cuello, pero el juez ya ha tomado medidas cautelares e ingresará en un centro de menores.
Varios dispositivos médicos intentaron salvar la vida de Antonio que se encontraba muy mal herido, pero no lo consiguieron. ‘En boca de todos’ ha podido hablar con amigos de ambas partes y nos dicen que Antonio tenía una relación con Cynthia y que descubrió que estaba tonteando en redes sociales con Javier. Los jóvenes coincidieron en un cumpleaños y decidieron citarse para una pelea.
Santiago, testigo ocular de lo sucedido, ha explicado ante las cámaras que el cuchillo era de un tamaño considerable “no era una navaja, era un cuchillo de cocina”. El testigo tiene una oficina cercana ha narrado cómo Antonio cruzaba la calle, muy afectado y a los pocos metros caía al suelo con una puñalada en el pecho. Rápidamente, otros trabajadores de la zona le intentaron socorrer mientras el agresor salía corriendo en otra dirección.
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Otro Fallecimiento en Cáceres: Reyerta en la Avenida Virgen de Guadalupe
Además, Jonathan Eduardo Espinoza Castellano, un joven de 25 años, de nacionalidad latinoamericana, que permanecía ingresado en estado crítico tras la reyerta ocurrida este domingo por la mañana en Cáceres, ha fallecido en el hospital Universitario de la capital cacereña. La reyerta pelea se produjo entre las 8:00 y las 8:30 horas frente a un estanco y el Hotel Alcántara, en la avenida Virgen de Guadalupe.
Como consecuencia del suceso, la Policía Nacional ha detenido a cinco jóvenes, con edades comprendidas entre los 21 y 29 años, que permanecen en dependencias policiales. Cuatro de los cinco jóvenes han pasado este lunes a disposición judicial, según ha avanzado el delegado del Gobierno en Extremadura, José Luis Quintana. El quinto detenido permanecerá de momento en las dependencias de la Policía Nacional para seguir con la investigación, para lo que se cuentan con el relato de los testigos, además del visionado de las cámaras de la zona.
Además, se está a la espera del resultado de la autopsia, que se practicará a lo largo de este lunes, según, ha apuntado el delegado del Gobierno. En la reyerta dos grupos de jóvenes se enfrentaron que acabó con el resultado de la muerte de este joven al que los sanitarios intentaron reanimar sin éxito. Su familia ha pedido ayuda para sufragar los gastos funerarios y el Ayuntamiento de Cáceres se hará cargo de ellos. Jonathan vivía en Cáceres desde hace tres años.
Según informan fuentes de la Policía la causa de la muerte fue por un "mal golpe". Además añaden que la nacionalidad de todos los detenidos era española.
Homenaje a los Fallecidos en Casar de Cáceres Durante el Estado de Alarma
Los 31 casareños fallecidos durante el estado de alarma han recibido hoy el homenaje de su pueblo. En presencia de sus familiares, el Ayuntamiento ha querido manifestar su respeto y cariño, con un sencillo acto, a todos los paisanos que se han marchado desde el pasado 14 de marzo, y que a causa de la enfermedad covid-19 no han tenido la despedida que hubieran merecido. En lo que va de año han fallecido 39 personas, 11 más que en el mismo periodo del año anterior, según datos de las defunciones en la localidad.
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Alrededor de 400 personas se han dado cita a las ocho de la tarde en el parque de José Cortés. Todos los asistentes han permanecido sentados y con mascarillas. Se les ha pedido que guardasen la distancia de seguridad en todo momento. Los organizadores han dispuesto casi 300 asientos para los familiares de los fallecidos que habían confirmado previamente su asistencia al acto.
La concejala socialista Tamara Lázaro ha sido la maestra de ceremonia. En un primer momento ha resaltado que el motivo de este homenaje era «la despedida de los seres queridos con independencia de la causa de su muerte». Se ha recordado cómo las exigencias a consecuencia del estado de alarma han impedido durante semanas que los familiares organizaran un funeral o acompañaran a los seres queridos en su último adiós. Para todos ellos se ha inaugurado un monolito en un lugar céntrico de este parque.
Junto a una gran corona de flores, la pequeña placa que ya luce en una gran piedra recuerda a la treintena de casareños que perdieron la vida durante el estado de alarma provocado por la pandemia. Todos han sido nombrados en presencia de sus familiares, mientras distintos concejales de la Corporación Municipal se han encargado de repartir una rosa a cada familia afectada. Visiblemente emocionados, muchos de los asistentes han escuchado los temas que han interpretado siete músicos de la banda municipal en recuerdo de sus seres queridos.
En este acto también han tenido voz las familias. A todos les une la pérdida de un ser querido. Mercedes Godino ha sido la encargada de pronunciar las palabras de despedida para todos las víctimas, entre las que se encuentra su propia madre. Como auxiliar de la residencia de mayores 'Virgen de la Montaña' ha destacado la labor diaria para «sacar todos los días una sonrisa a los mayores». Ella misma ha precisado que «fueron los mayores los que nos cuidaron a nosotros y ahora nosotros cuidamos de ellos». Godino ha señalado que «nadie debe ser despedido de esta manera sin poder abrazarse en el dolor».
Alrededor de 400 personas han asistido a este acto de homenaje. Los clarinetes y saxofones de los músicos interpretando a Haendel y Bach se han entremezclado con la emoción de los familiares. El coordinador del centro de salud, Ignacio Carmona, también ha estado presente en este acto y en su turno de intervención ha hecho un repaso a los difíciles momentos que han tenido que afrontar las familias al no poder despedir a sus seres queridos como se merecían. Ha hecho alusión a que la mayoría de las personas fallecidas eran mayores, y ha hecho una mención especial al niño de dos años que perdió la vida hace unos días.
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Igualmente ha expresado «el enorme sobreesfuerzo que ha realizado el equipo sanitario del centro de salud, tanto psíquico como físico, demostrando su generosidad y calidad humana en todo momento». El acto ha concluido con las palabras del alcalde, Rafael Pacheco, quien ha expresado públicamente sus condolencias a los familiares de los fallecidos en nombre de Casar de Cáceres. El regidor casareño, que también ha estado acompañado por los alcaldes predecesores del municipio Juan Andrés Tovar y Florencio Rincón, ha destacado el importante papel que han jugado en la lucha contra la epidemia tanto el personal sanitario, como los trabajadores de pisos tutelados, residencia de mayores, ayuda a domicilio y dependencia.
Tampoco se ha olvidado de los voluntarios de Protección Civil, Policía Local y Guardia Civil. El encuentro ha durado poco más de media hora. El himno de Extremadura ha puesto fin a las palabras emotivas, de agradecimiento y apoyo, de recuerdo y afecto a los casareños que, por distintas causas, se han marchado para siempre.
Creencias Populares y Protección Infantil: El Maligno y el Aoju
En la cultura de la región, la protección de los niños es una preocupación constante, desde antes de nacer. La cuna destinada a acoger al recién nacido es rociada con agua bendita en los últimos días del embarazo para evitar que los malos espíritus la infecten. Así lo hacían en Granadilla, y en algunos pueblos de su antigua mancomunidad la práctica se mantenía vigente por los años cincuenta. Con agua de romero lavan en Almaraz la cuna que va a utilizarse nuevamente para eliminar la pulienta y los posibles trastornos que su anterior usuario dejara adheridos.
Por lógica, la cunita en la que muere un niño es destruida por el fuego, ya que acarrearía la muerte del siguiente acunado en ella. En la mayor parte de los pueblos de la provincia, como ocurre en las provincias limítrofes, hacía las veces de cuna la artesuela o artesa de corcho. Era de rigor en los núcleos de la cuenca media del río Alagón que antes de producirse el nacimiento se amasara en dicho recipiente un pan de su mismo tamaño, que, una vez cocido en el horno de la casa, se repartía entre los pobres de la localidad.
En Mohedas explican la costumbre como algo necesario pa qu' el niñu se criara con bien, pa que cuandu saliera pa d' ajuera de la cuna juera ya bien jechu. En Serrejón la artesa, también llamada cuna a causa de su doble función, se guardaba en la panera después de llenarla de trigo, no vaciándose hasta después del alumbramiento, porque al sel el trigu cosa buena defiendi a to de lo malu y asín lo malu no se pega a la cuna.
La madre es la principal interesada en que todo esté dispuesto para la llegada de su hijo, y después será también ella la indicada para alejar del niño los peligros reales e imaginarios que le acechan continuamente. Durante todo el período de la cuarentena, en el cual no habrá de pisar la calle so pena de atraer la desgracia contra ella, el pequeño y la propia comunidad, estará siempre al lado del niño, tanto para alimentarlo y limpiarlo como para velar su sueño. El mínimo descuido es suficiente para que los espíritus envidiosos le cambien al pequeño por otro que, aunque parecido o idéntico en los rasgos físicos, por dentro ehta dehquiciaítu del to.
Para que esto no ocurra, en Alía la madre esparce alrededor de la cama del infante un puñado de trigo con la intención de que cuando llegue el malihnu, en lugar de hacerle daño al niño, se entretenga en coger los granos y en contarlos. El parentesco de este ser malévolo con el duende de la literatura clásica española es evidente. En Acehúche y Ceclavín colocan debajo del colchón de rorró un cuchillo, un trozo de pan duro y algunos granos de sal.
El uso del sonajero es general en toda la provincia, y, curiosamente, es un obligado regalo del futuro padrino de la criatura. En Horcajo, sobre todo cuando el niño es incapaz de conciliar el sueño, la madre le sonaba repetidamente en cada uno de los rincones de la estancia y lanzaba el siguiente conjuro: Usa, brujah al monti, qu'el niñu quie dormil. La fórmula resulta familiar a los conocedores de los ritos de expulsión. Las brujas o envidiosah, muy temidas en la comarca de Las Hurdes, atacan sin descanso a los pequeños indefensos.
Si un niño presenta un negral sobre la piel es una prueba segura de que la envidiosa, conocida por los vecinos por su nombre y por sus apellidos, le ha chupado la sangre por alguna venganza contra sus progenitores. Para evitar tales accidentes o, mejor aún, incidentes y ahuyentar al espíritu, pues de esta forma practican sus fechorías las vampiresas locales, las madres no olvidan colocar en la cuna la pezuña de la Gran Behtia.
Sorprende en cierta medida que en algunos puntos de la geografía cacereña se le dé a las muñecas el rango de amuletos, ya que se le reconoce el carácter protector del niño; sobre todo, cuando se les hace dormir en su propio lecho. De esa manera lo estiman en Botija, Riolobos, Alcollarín, Plasenzuela, Guadalupe e Hinojal. En cierto grado, la muñeca es una representación plástica del niño y desvía hacia sí las fuerzas perniciosas que pudieran dañar al pequeño. A estos amuletos se unen los ya citados en otros trabajos de esta misma revista.
El Aoju: El Mal de Ojo Infantil
El mal o la enfermedad que más comúnmente ataca a los niños de pecho es, sin duda alguna, el que se conoce en la provincia de Cáceres con los nombres de aoju, ojamientu, mal de la vista, mal d'oju, ojuh maluh, mirá ehtraviá, ojuh envidiosoh, ojuh viciáuh y mal de la sangri. Tal enfermedad es consecuencia de la acción mefítica de la mirada de ciertas personas, generalmente envidiosas o enfrentadas a la familia del niño.
A Torrejoncillo pertenece la siguiente cita: Solito qu' era que la probi mujel no tenía nengunu (hijo) y s'encariñaba con toh loh muchachinuh de la su calli. Mehmamenti que la madri s' iba de recáu, ella se queaba de ciliciu pa cuidialu... ¡Madri mía! Qué pasó c'algunuh se ponían maluh...¡Y ya ehtá!..., que dierun a dicil qu'ella loh embrujaba con loh suh ojuh, porqui tenía loh ojuh chiquininuh y mu saltonih. ¡Cómu si namá habiera muchachinuh maluh en aquella calli, que lo había pa to el pueblu! Antonci la semana que no enterraban a unu, embochaban a treh. Asina dicían qu'ella no tenía familia y por esu era invidiosa pa miral con ojuh maluh. Lo que pasaba era que la genti era mu atrasá pa creel brujería y cuhtionih del demoniu.
En Casillas de Coria escuché un supuesto caso de aojamiento, también por envidia, causado por una abuela materna. En él se manifiesta claramente el típico y complejo enfrentamiento u oposición suegra-nuera: Le pasó a una tía mía y el niñu vivi, que vivían en la casa de la madri del su maríu, qu'ehtaba en el serviciu de Melilla...Cuandu doh mujerih andan juntah el diablu se relambi el rabu y el culu...¡Venga a riñil..., venga a ehtiralsi del moñu a toah horal y por to! Que la suegra siempri con gana de joel a la noera, a mi tía, peru le faltaban riñonih, porqui mi tía tinía máh cojonih que la otra...A la bruja no le vinu peol idea que tomala con el nietinu y, al sel tan malita, se conocí que rezó el Padrinuehtru del revé pa miral al niñu y l'ombrujó del mal d'oju, que le salierun graninuh en la lengua y le se caía el pelu a mechonih, y ni dormil ni na...Tuvu c' apañal loh javíuh y dilsi pa la casa d'una prima, to pa no matal a la otra puta mala. ..C' al poquinu el ni ñu se sanó.
Son éstos dos ejemplos sintetizadores del centenar largo de los recogidos en los pueblos cacereños. Una vecina o una mujer de la familia pueden ocasionar el mal de ojo si así lo desean. Las razones para ejecutar la fascinación son de muy diversas índoles, pero entre ellas merecen tener en cuenta la envidia del sujeto agente, la malquerencia y la venganza, que algunas veces se confunden con el «castigo divino». Lo último queda patente en la siguiente narración:
En ehti pueblu (Talaván) el cura daba papelih pa comel carni. La bula, que costaba una peseta. Una mujel vieja venía por lah casah: «Pa la bula de la cruzá, unas pesetas por ca unu de la casa.» La tía bulera pa mí c' al gu se ganaba del trabaju...Cuandu vinu a la mi casa tenía yo al niñu a la puerta cojíu, así en jarra... ¡Qué montri! ¡Pesetah tenía yo pa dali al cura! Me se pusu de frenti, clavá del to, plantá, peru que bien plantá y mirándumi al fiju, pa dicilmi que ya iría yo andi el cura a por la bula. Comu ni lo oyíu. Peru cuandu a la nochi voy a dal el pechu al niñu, ni una gota de lechi; me voy a la cabra, y lah tetah vaciah. Al poquinu ratu dihpué le d'al niñu com'un golpi y se quea sin airi, pa morilsi...¡Bien que moh pusu el ojamientu la bulera! ¿Que qué jici? Pagal la bula comu to crihtianu, y toh moh pusimuh bien.
En otro párrafo la informante explica lo que, a su entender, constituye un mecanismo persuasorio. El sacerdote, incapaz de vender las bulas ni amenazando a sus feligreses con el pecado, puede conminar a los parroquianos valiéndose de sus propias supersticiones. Es así como echa mano de una vieja beata con fama de fascinadora para obligar al pueblo, como se vio en la cita precedente, a cumplir con sus deberes de buenos cristianos. Se da la curiosa circunstancia de que las mujeres relacionadas con la Iglesia tienen una especial virtud para transferir el mal de ojo: beatas, santeras o ermitañas, «sacristanas» y amas de curas. No siempre el mal es producido voluntariamente. Incluso algunas de estas mujeres ignoran su funesta cualidad.
La madre del que hacia los años cincuenta fue cura de Ahigal, ya ambos fallecidos, tenía una mirá ehtraviá que jacía malih sin el deséu de jacelu, porqui la probi era una santita y de güen seguru qu' ehtá en el cielu. Lo qu' era que tenía un oju mirandu p'al rabillu, y encima una verruga mantecosa en toita la puntina de la nariz. Cuandu mehmu cualquiera iba con un niñinu chicu a'n ca el cura pa lleval aceiti o güevuh, porqu' era mu míseri de güenuh qu' era, que no cobraba na. Poh si ehtaba la su madri y le daba pol miral al niñu: «¡Oh, qué niñu máh guapu y máh preciosu!», poh éhti, ¡gua, gua, gua!, a lloral com'un dehcosíu y a tirital. Pa mí qu' el cura sabía lo del oju malu de la su madri y eh que siempri que s'empezaba la verraquera jacía una cru con la cru d'un rosariu en la frenti del niñu y el niñu se callaba el picu comu si na. Si no ehtaba el cura, el niñu gomirandu... y, aguardati, c'a lo mejol s'iba p'al entaba, o l' entraba cagueta, o siguía tiritón y llojalbegáu.
A principios de siglo recorría el norte de la provincia un matrimonio anciano, que se decía que eran ermitaños de la Peña de Francia, en demanda de limosna. Se acompañaban de una pequeña imagen de la Virgen serrana. En Palomero aseguraban que la viejina tenía el mal de la vihta. Yo digu l' oyíu de p' atrá. ¡La probi, lo que jadría pa no dañal! ¿Ve uhté loh pañueluh negruh de pa la cabeza? Asina traía ella unu, mu grandi, hasta bien p' abaju de lah naricih...y encima siempri mirandu pal suelo y rezandu. El que pidía era el su hombri: «Limohna pa la Virgin de la Peña, limohna pa la Virgin de la Peña.» Siempri con la cabeza morrá. Si miraba quiciá un tiehtu, que se rompía; que si miraba la merienda, que dihpué llenecita de gusanuh; y no te digu na si miraba pa un muchachinu...Cuandu se maginaban que vinían por Muheda o por el Casal, ya ehtaban los niñuh chiquinuh sin salil de casa y sin ansomalsi. Me d'a mí qu'esu del mal de la vihta será del mo d'una letrecidá que sali de loh ojuh y a lo que toqui l'omputeci.
En Guijo de Galisteo me contó su relato una mujer, próxima a los ochenta años, que en la más tierna infancia fue víctima del mal de ojo. La mi madri ayuaba a lah cosah de la iglesia, comu barrel y laval mantelih. Un día jaci a lleval loh mantelih y me llevó a mí cojía pa no dejalmi sola, qu' eh que yo tenía ni pa un añu. ¡Hala, pa la iglesia! En la iglesia ehtaba una que se llamaba tía..., que ponía lah velah y limpiaba el cobri y esu de la iglesia, comu el sacrihtán. y la mi madri: «Me coja un ratitu la niña pa ponel ehtu al altal.» Moh vamuh pa casa y yo que no comu, que m'empiezu a queal blanca, que me pongu a lloral...Ni médicu ni na..., ni cura ni potingui. Aluegu ya cayó la mi madri que la sacrihtana tenía un oju blancu con una cortina de caracata y esi oju m'abía infehtáu..., porqui, ¿a vel si no? Se jue a la casa de la sacrihtana a dicílsilu y ella le dio la medalla de la Milagrosa pa ponélsila pa que me curara..., y me curé. y aquí ehtá una pa contalu. La que tie el oju viciáu no se lo pue quital comu no sea que se l' arranqui.
En estos tres últimos casos vemos la involuntariedad de la fascinadora para producir el mal de ojo. En uno de ellos, el de la ermitaña, la propia mujer conoce su maléfico poder y mira para el suelo con el fin de no herir. Por lo que respecta a la madre del cura, ella es ajena, aunque su hijo se ve obligado a obrar en consecuencia para contrarrestar los efectos perniciosos. Es en la tercera de las citas donde encontramos que la causante de la enfermedad se convierte en curadora de la misma. Otro tipo de aojamiento es el que viene unido a la menstruación de la mujer y que, según los datos de que dispongo, hizo su furor en Calzadilla y en los pueblos limítrofes.
El mal de la sangri era cuandu tenían el meh. La sangri de lah mujerih aentru del cuerpu se poni mala y jaci juerza pa salil por ondi sea. Lo mehmu se va p' abaju que p' arriba...máh p' abaju que p'arriba..., y tamién algu va loh ojuh, que se quean sangríuh. Va una d' ehta qu' ehté asín y coji al niñu, o sólu lo mira, y con esu lo deja hechu un beleguín...Se conoci que la sencia de la sangri mala va d'oju a oju. En Guijo de Coria la menstruante únicamente produce el mal de ojo si confluyen en ella las peculiaridades de no ser virgen y hallarse en estado de soltería. El niño enfermo presentará manchas rojizas por todo el cuerpo, que en cierto modo recuerdan la sangre periódica.
Siempre que la mujer esté mala ha de evitar por todos los medios acercarse a un pequeño, prohibición que también atañe a la madre. En este caso puede ser la abuela materna quien la supla en las atenciones al niño. Por su calidad de impura, la menstruante, según se ha creído fielmente en la Alta Extremadura, influía negativamente sobre personas, animales, cosechas, etc. No es de extrañar, por consiguiente, que en esos días críticos se mantuviera a los niños alejados de su presencia. En algunas poblaciones de La Vera la mujer que sufría la regla se ataba una cinta roja a la muñeca y de esa manera, sin necesidad de palabras, anunciaba a la protectora de la criatura su posibilidad fascinadora momentánea.
El ajeno a una comunidad rural ha sido siempre objeto de recelo por parte de los paisanos. La llegada de un forastero, y eso lo he podido observar en multitud de ocasiones, es mirada con una mezcla de curiosidad y de temor. Ante su aparición muchas puertas se cierran, muchos ojos lo atisban desde los postigos o a través de las cortinas y los niños son llamados por sus madres para que acudan a guarecerse. Si un pequeño recibe un caramelo o golosina de manos de un desconocido no faltará quien se lo arroje al suelo por si quiciá eht' embrujáu. La capacidad del forastero para producir el mal de ojo está reconocida sobradamente, y los ejemplos recogidos son numerosos, aunque en el presente trabajo sólo señalaré varios que tengan relación con la fascinación infantil.
Un caso localizado en Ahigal:...y eh que con loh forahteruh teniamuh que tenel muchu tientu. Qu' eh c' aquí al mercáu venía ca domingu un chalán que compraba pa (mandar a) la provincia de Lugu. Venía, vía una vaca y dicía: «Treh mil rialih tie uhté por ella.» «¡uf, treh mil rialih...!, si por lo menuh vali sieti». y s'iba. Pal desotru domingu venía otra ve: «Le doy a uhté doh mil rialih por la vaca del domingu pasáu». ¿y qué pasaba? Que la tenía que vendel por esi dineru, porqui la vaca dendi el otru domingu s' abía queáu laminá. Esu me pasó a mí y a máh. Esi fulanu jizu muchah d' esah, era un chalán finu. Que va y qu'ehtaba pa la laguna del Ligíu una con un niñu de teta, y el chalá...
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