La Tragedia de Ortuella: Un Recuerdo Imborrable

18.12.2025

El recuerdo y el olvido se entrelazan de manera peculiar en Ortuella. Son las sensaciones que han convivido en el pueblo -al principio con furia, después de una forma más serena- desde que, hace 40 años, una explosión de gas en el colegio público Marcelino Ugalde se llevó por delante la vida de 50 alumnos de 5 y 6 años, la de dos profesores y la de la cocinera.

Habrían sido muchos muertos en cualquier lugar. Pero, para un pueblo pequeño como Ortuella, que por aquel entonces rondaría los 9.000 habitantes, fue una auténtica conmoción.

Un error catastrófico. La investigación revelaría después que bajo el suelo de ese pabellón de la escuela se habría acumulado una importante cantidad de gas propano, que entraría en combustión cuando el fontanero al que habían llamado para arreglar una avería encendió una candileja.

Estaban a punto de dar las doce del mediodía del 23 de octubre de 1980 cuando el fontanero municipal de Ortuella prendió un soplete para arreglar una avería en el colegio público Marcelino Ugalde.

No podía saber que estaba a punto de hacer explotar una bolsa de gas propano que había ido formándose debajo de las aulas de 1º de EGB. La explosión se escuchó en un radio de seis kilómetros.

Lea también: Nombres de hijos inspirados en el Árbol de la Vida

En la escuela de primaria Marcelino Ugalde era otra mañana más de aprendizaje. La explosión de gas se oyó a más de seis kilómetros de distancia. Perdieron la vida tres adultos y cincuenta niños que no llegaban a los seis años.

Faltaba un minuto para las doce cuando todo Ortuella tembló con el ruido seco de una explosión descomunal. En los pueblos cercanos también la oyeron, y los rumores se desataron enseguida: quizá se les había ido la mano en la cantera con alguna voladura o tal vez ETA, en el peor momento de los 'años de plomo', había colocado alguna bomba... Pero no era ni una cosa ni la otra. Se trataba de una tragedia para la que nadie estaba preparado.

Una bolsa de gas propano se había ido formando bajo el colegio público, situado en la parte alta del pueblo, y estallado cuando el fontanero municipal encendió el soplete para arreglar una avería. La parte más afectada fue la planta baja de una de las esquinas, donde estaban situadas las aulas de 1º de EGB, los benjamines de la escuela. Ellos se llevaron la peor parte, especialmente tres aulas, la del profesor Emilio Morlas y las de sus compañeros Goyo y Conchi, que fallecieron ambos junto a la mayoría de sus alumnos, recién llegados a la clase tras el recreo.

«A veces pienso en los críos y me digo 'Nekane salió, pero Miguel no'. Y yo estoy aquí...», cuenta Emilio, ahora jubilado, que en aquella época era un profe novato, con solo tres años de experiencia y mucha ilusión. A él lo sacaron de entre los escombros y lo metieron en un coche particular, con niños heridos, camino del hospital de Cruces. Antes de ser evacuado, le dio tiempo pedir a quienes lo rescataron de entre los cascotes que siguieran cavando, que había una niña más abajo. Era Nekane. Seguía viva y llamaba a su madre.

«Yo estaba junto a la mesa del profe y con la explosión me cayó encima y me protegió, hizo como una burbuja. Lo siguiente que recuerdo es estar sepultada, mirando por una rendija cómo la gente se esforzaba por sacarnos», recuerda ahora Nekane Garay, que justo aquel día cumplía 6 años.

Lea también: Nombres gallegos y su origen

En otros puntos del colegio, menos afectados, los maestros guiaban a los chavales hacia la calle como podían -algunos saltaron por las ventanas- por temor a nuevas explosiones. Un reloj roto que alguien extravió marcaba las doce menos un minuto.

Un radioaficionado que iba camino de Muskiz en el momento del accidente fue el primero en dar la voz de alarma. Los servicios de emergencias se pusieron en marcha, pero los primeros en llegar al colegio fueron los vecinos de Ortuella, los padres de los críos. Muchos vivían al lado y pudieron ver el desastre desde sus ventanas antes de bajar corriendo. Otros oyeron el estruendo y subieron a la carrera desde todos los puntos del pueblo.

Es una cuesta muy empinada, pero corrían como solo puede hacerlo quien teme por la vida de sus hijos. Tan rápido iban -la mayoría mujeres, casi todos los hombres estaban trabajando- que el camino hacia el colegio quedó sembrado de zapatillas de casa perdidas. Durante ese doloroso recorrido se preguntaban unos a otros qué había pasado, qué se sabía... con el corazón en un puño. Al llegar, sus peores temores se quedaron cortos. Y todos a una empezaron a retirar los escombros para recuperar a los niños atrapados.

Enseguida llegaron los Bomberos del parque de Trapagaran, los primeros efectivos de emergencias en aparecer. «Lo que vimos era indescriptible. Los vecinos buscaban a sus hijos, algunos se desmayaban... Hasta que llegaron los sanitarios y las enfermeras, aquello nos desbordó, no sabíamos ni qué hacer, salvo evitar que los padres y las madres, en su búsqueda desesperada, fueran víctimas de los derrumbes», recuerda Santiago González, bombero jubilado, que tiene presente aquel día «como si fuera hoy».

La DYA, la Cruz Roja -con jóvenes voluntarios que estaban haciendo la mili-, todos intentaban poner orden en medio de un caos que les superaba. Madres y padres buscaban a sus hijos entre los vivos y entre los muertos. A veces era difícil distinguirlos. Algunos, en medio del shock, se llevaban en brazos a pequeños que no eran los suyos. Cuando se pudo acordonar la zona, comenzó la espera: uno vivo, dos muertos, otro vivo.

Lea también: Descubre Nombres Italianos para Niñas

«Mi padre hizo varios viajes... Entonces no existía la A-8 y la N-634 se colapsó. Las caravanas duraron seis horas. Todos los recursos se volcaron en Ortuella. Las grandes fábricas de la margen izquierda, como Petronor o Babcok & Wilcox, mandaron sus ambulancias y las últimas empresas mineras de la zona, como Agruminsa, que tenía servicio sanitario propio, lo pusieron a disposición del pueblo. Aun así, se trasladó a más heridos en coches particulares que en ambulancias.

Los supervivientes recuerdan cómo algunos padres de niños fallecidos llevaban a los heridos al hospital de Cruces: en unas ocasiones, apartando a un lado su propio dolor; en otras, ignorantes aún de su pérdida y confiados en que alguna otra persona estuviese ayudando a sus pequeños. «Mi padre tenía un Land Rover y estuvo venga a hacer viajes al hospital. Eran niños heridos, pero alguno ya no llegó...», explica Alfonso Moya, un alumno de primero que salió ileso de la explosión y se 'escapó' a casa, donde no encontró a nadie porque ya habían salido a buscarle.

Muchos críos hicieron lo mismo, presas del pánico, en vez de quedarse agrupados como pedían los maestros, y eso aumentó la incertidumbre y el calvario de sus familiares, que no sabían dónde estaban. Los momentos de caos y dolor se sucedieron durante horas.

Sobre las cuatro y media de la tarde, las principales tareas de desescombro y rescate habían finalizado. Para esa hora, todos conocían ya el destino de sus niños. Y el de los demás. Casi todos los fallecidos habían muerto en el acto -muchos, por la fuerza de la onda expansiva-, pero entre la treintena de heridos había una docena muy graves y algunos no pudieron salir adelante. En total, fueron 53 víctimas mortales.

Esa misma tarde llegaron a la zona el lehendakari Carlos Garaikoetxea y Marcelino Oreja, entonces gobernador general del País Vasco. La estructura del colegio, construido a prueba de terremotos en 1973, aguantó, pero las fachadas habían desaparecido. El alcalde de entonces, el socialista Manuel Fernández Ramos, todavía se estremece al recordar aquel día, cómo acudió tras oír la explosión y se remangó la camisa para sacar a los críos hasta que alguien le dijo que no tenía que estar allí, sino organizándolo todo desde el despacho. El teléfono echaba humo y él pedía ayuda, ayuda y más ayuda, pero lo peor vino por la tarde, cuando recibió en el Ayuntamiento a los padres de todos los fallecidos. Medio centenar de vidas rotas pasaron ante sus ojos.

Manuel sólo tenía 30 años y llevaba poco al frente del pueblo. «Ha sido el hecho que más ha marcado mi vida. Era muy novato y me dejó el alma tocada. Me venían los padres y madres... y todos, todos, eran conocidos. Y yo decía '¿tú también?'. Abrazos, lloros... una pesadilla», relata Manuel, a quien se le siguen arrasando los ojos al rememorar aquel 23 de octubre.

La jornada fue larga, empezaba a anochecer y todo Ortuella seguía en la calle ¿Por qué? Nadie sabía qué hacer, todos querían ser útiles y no sabían cómo. Así que se formó una muchedumbre en la plaza del pueblo, frente al Ayuntamiento. El alcalde tuvo que salir al balcón y dirigirles unas palabras. «Les di las gracias y les dije lo que sentía, que eran el mejor pueblo del mundo -se le quiebra la voz-. Pero que se tenían que ir a casa porque venían días muy duros».

Al día siguiente, Ortuella enterró a sus niños. Desde los hospitales de Basurto y Cruces salió una procesión de coches fúnebres, cada uno con dos pequeños ataúdes blancos en su interior, salvo los de los adultos, grandes y negros. El funeral tuvo que celebrarse en una enorme nave industrial de Talleres Noguera, en la parte baja del pueblo, cerca de las minas, porque no había iglesia capaz de acoger tantos ferétros y tantos asistentes. Miles y miles de personas venidas de toda Bizkaia quisieron despedirse de los niños. También llegaron desde todos los puntos de España los familiares de los fallecidos: entonces, el 90% de los habitantes de Ortuella eran emigrantes, la mayoría de Andalucía, Extremadura, Galicia y Castilla.

«Obrerazos en el mejor sentido de la palabra», como describió entonces el alcalde. Aquella gente luchadora había dejado su tierra para darles una vida mejor a sus hijos... y los acababa de perder. Fernández Ramos subraya algo: «Todos fueron extraordinariamente fuertes».

Los restos fueron trasladados al cementerio -el recorrido fue lentísimo, por la muchedumbre que los acompañaba- y, cuando ya había oscurecido y llovía a mares, tuvo lugar en un ambiente más íntimo el entierro. Al final, se dictaminó que el accidente fue el resultado de un cúmulo de factores y el fontanero municipal, que sufrió graves quemaduras y tenía una hija en el colegio, fue exculpado por los expertos que investigaron los hechos y por la justicia, aunque sufrió un auténtico calvario personal. No hubo juicio: se realizó lo que se llama un 'allanamiento' del Estado, es decir, que la administración central asumió su responsabilidad y los padres fueron indemnizados.

«El pueblo perdió totalmente la alegría. Se hablaba a media voz, no se cantaba en los bares», describe Fernández Ramos. Hubo mujeres que llevaron el luto más de un año y, todavía hoy, la gente que pasea por la zona acude al cementerio «a ver a los niños», como si fuese irrespetuoso pasar por allí sin detenerse. A los pequeños fallecidos se les echaba de menos en casa, en la escuela, en la calle y en los descampados donde se jugaba entonces. Y cada cual sobrellevó el dolor lo mejor que supo.

Todo el mundo en Ortuella recuerda qué estaba haciendo aquel 23 de octubre de 1980.

Tras el impacto del primer día, el viernes 24 de octubre llegó quizá el momento más duro. Llovía y no había iglesia ni lugar capaz de congregar semejante funeral. Unas 10.000 personas se apretujaron en un amplio pabellón industrial de la empresa Talleres Noguera, a donde llegaron los féretros tras una larga marcha fúnebre desde los hospitales más cercanos. En paralelo, crecían las voces críticas que denunciaban «las deficiencias de la escuela pública y la ineficacia de los centros hospitalarios ante emergencias». Los servicios sanitarios atendieron hasta seis desmayos durante el funeral.

44 años después, el dolor de aquella tragedia se ha podido atenuar, pero sigue marcando la memoria colectiva de Ortuella. En un pueblo de cerca de 9.000 habitantes, prácticamente todos perdieron algún familiar, amigo, vecino o conocido. Por unanimidad, todos los grupos municipales (PNV, PSE, EH Bildu y Podemos) pidieron a la plataforma «de manera respetuosa y enfática, que no se realice ninguna película o producción audiovisual que trate sobre el drama que nuestro pueblo vivió en el pasado».

La tragedia inspiró a Fernando Aramburu, que el pasado mes de abril publicaba 'El niño' (Ed. Tusquets), la historia de los miembros devastados de una familia que ha perdido a su pequeño en la tragedia y que trata de sobreponerse a lo sucedido.

Su última novela será también una película que Mariano Barroso escribirá y dirigirá para Netflix. La cinta narra la historia de un octogenario que acostumbra a subir los jueves al cementerio de Ortuella para visitar la tumba de su nieto, uno de los niños fallecidos en la explosión.

Autor de 'Éxtasis', 'Mi hermano del alma', 'Los lobos de Washington' y la serie 'La línea invisible', centrada en el etarra Txabi Etxebarrieta y los comienzos de la organización terrorista, Mariano Barroso fue presidente de la Academia de Cine y después asumió la dirección de Contenido del área de Películas de Netflix para España y Portugal. Un puesto que dejó para volver a sentarse en la silla de director y presentar a la plataforma el proyecto de 'El niño', que también producirá junto a Rafa Portela. «Estoy encantado de continuar mi relación con Netflix, ahora desde el guion y la dirección de mi próxima película», asegura. «Trabajar con los equipos de esta casa es una de las mejores experiencias de mi carrera.

Por su parte, el escritor donostiarra ha visto sus libros llevados a la pantalla en tres ocasiones. Su novela 'El trompetista del Utopía' inspiró 'Bajo las estrellas', ópera prima de Félix Viscarret que arrebató en el Festival de Málaga de 2007 por su mirada tierna hacia una colección de perdedores a los que no se juzga en ningún momento.

Estrenada en el Festival de San Sebastián de 2020, la serie 'Patria' estaba concebida como una película de ocho horas que se tomaba su tiempo, con tramos sin diálogos, y que lograba capturar el estilo seco y cortante de la prosa de Aramburu cuando los protagonistas hablan. Aitor Gabilondo llevaba años dándole vueltas a la idea de rodar una serie sobre tantos años de dolor y silencio en Euskadi por culpa de la violencia de ETA.

Finalmente, Jaime Chávarri regresaba a la dirección el año pasado tras 17 años ausente con 'La manzana de oro', una comedia coral en la que satiriza el mundillo de los poetas, su vanidad, sus insidias, sus traiciones y sus egos desmedidos, con un reparto en el que destacan Marta Nieto, Sergi López, Adrián Lastra y Vicky Peña.

«A lo largo de los años el accidente de Ortuella me interpeló con fuerza», reconoce el escritor. «Sentía como si reclamara un espacio propio en la serie de historias titulada 'Gentes vascas' que yo me propongo contar.

Estos trágicos hechos reales tuvieron lugar en el municipio de Ortuella (Vizcaya) en 1980, cuando una explosión de gas en el colegio público Marcelino Ugalde mató a 50 alumnos de 5 y 6 años, dos profesores y una cocinera. Con una población de solo 9.000 habitantes, el hecho conmocionó a la localidad.

El libro 'El niño' narra la historia de Nicasio, un octogenario que sube semanalmente al cementerio de Ortuella para visitar la tumba de su nieto, que murió en los sucesos de 1980. El libro explora el trauma y cómo la explosión marcó psicológicamente a todo el pueblo.

Netflix ha asegurado desde el primer momento que sería respetuosa con la memoria de los fallecidos. El propio Aramburu contaba en el anuncio del proyecto que "a lo largo de los años, el accidente de Ortuella me interpeló con fuerza. Sentía como si reclamara un espacio propio en la serie de historias titulada 'Gentes vascas' que yo me propongo contar.

Desde el Ayuntamiento de Ortuella se ha emitido un comunicado en el que plantean su oposición a la película de Netflix. En él desean "solicitar, de manera respetuosa y enfática, que no se realice ninguna película o producción audiovisual que trate sobre el drama que nuestro pueblo vivió en el pasado. Solicitan a Netflix con esta declaración que, según el Ayuntamiento, versa sobre la Protección de la Historia y Privacidad del municipio, que "se abstengan de realizar cualquier producción basada en los hechos que afectaron a nuestro pueblo.

No es la primera vez que Netflix se enfrenta a críticas por su transformación en series y películas de acontecimientos trágicos reales, aunque sí es la primera que sucede con un accidente y no con un crimen. Por ejemplo, de 'El caso Asunta', el juez instructor del caso afirmó que "me preocupa que se vuelva a cuestionar si la Justicia en España es correcta y si se manipulan las pruebas. Yo no juzgué a esas personas (Rosario Porto y Alfonso Basterra), me encargué de la instrucción. A ellos les juzgaron nueve jurados y determinaron su implicación en el crimen por unanimidad.

Uno de los casos en los que las producciones true crime (tanto las documentales como las de ficción) se encontraron con la oposición de los familiares de las víctimas fue el de Patricia Ramírez, la madre de Gabriel, el niño de ocho años asesinado en 2018 por Ana Julia Quezada, que denunció en las redes sociales que algunas personas "están intentando lucrarse" con la muerte de su hijo.

Es inevitable recordar, por la cercanía geográfica de lo narrado, la polémica que hace unos años rodeó al estreno de 'Patria', elogiada serie de HBO basada en un libro del mismo nombre, también de Javier Aramburu. El estreno llegó acompañado de una campaña de marketing que, quizás buscando la polémica, equiparaba a víctimas y terroristas, aprovechando que en un capítulo de la novela había un pasaje de tortura policial, y que fue criticada por el propio Aramburu.

tags: #nombres #de #los #niños #muertos #en

Publicaciones populares: