Camilo de Lelis: Una Historia de Conversión y Servicio

23.12.2025

Camilo de Lelis nació el 25 de mayo de 1550 en Buquiánico, cerca de Chieti, en la región de los Abruzos, Italia. Un pueblo pintoresco, encaramado en lo alto de la colina y flanqueado de viejos y airosos torreones, mirando al mar Adriático.

Su madre, Camila Compellis, se acercaba ya a los sesenta años cuando dio a luz a Camilo. Allí vivía desde su juventud Camila Compellis, se acercaba ya a los sesenta años y se retraía de todo bullicio y algazara. Habían pasado muchos años desde que un primer fruto de su amor y de su deseo de fecundidad la alegró indeciblemente, pero a los pocos meses aquel regalo de vida se le fue de este mundo y la dejó sumida en el silencio y el dolor.

Pasaron sus años en la soledad, el marido estaba casi siempre lejos, entre mil peligros y aventuras guerreras, caballero que se batía al servicio del Príncipe más noble y glorioso de la tierra, el Emperador Carlos V. Camila se dedicaba a la oración y a las limosnas con los pobres y vagabundos, que en aquel tiempo abundaban no poco; de esta manera colmaba por otro camino sus ansias de fecundidad’ de propagar la vida entre los hombres.

Pero llegó un día en que con sorpresa comenzó a sospechar de nuevo que sus entrañas podían germinar un nuevo hijo. Alegría… desconfianza… temor dada su edad tan avanzada. No, no sería posible tanta dicha. Madonna Camila comenzaba una vida nueva, con su misterio y su maravilla como toda vida. La madre soñaba con el futuro hijo, se alegraba y temía por él.

De sus sueños relató muchas veces el siguiente: había visto como un escuadrón de niños, todos con una cruz en el pecho, guiados por uno más alto que llevaba una bandera con la misma insignia. ¿No será por casualidad mi hijo un jefe de ladrones o bandoleros? - comentaba temerosa - ¿no podría aquella cruz indicar la cruz de los ajusticiados?

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Llegó el día, temido y anhelado, del nacimiento: resultó una fiesta completa a todos los niveles. Cierto que la madre y el padre - presente esta vez en el hogar- vivieron con toda intensidad aquella hora suprema de temor y dolor; pero pronto, con el hijo, llegó la fiesta, la alegría, la maravilla y las mil felicitaciones, tanto más que el pueblo entero estaba de fiesta.

Celebraba su fiesta patronal de cada año, San Urbano, Papa, -era el día 25 de mayo- y Camila no faltó a Misa a pesar de su estado y de su deseo habitual de pasar inadvertida. Allí, en la Misa comenzaron los dolores del parto; se retiró acompañada de las matronas y amigas. El padre mientras tanto, en uniforme de gran gala, disponía y mandaba en la plaza principal los soldados a sus órdenes para el desfile de fiesta, vistoso y triunfal. Allí le alcanzó la noticia: el hijo había nacido felizmente. Apenas pudo verse libre, corrió al encuentro de su esposa e hijo.

¿No te avergüenzas de saltar de ese modo, nosotros que hemos .tenido un hijo siendo ya tan viejos? Y Juan, más valiente y orgulloso que nunca en su vida, le respondió: ¿Cómo no quieres que me alegre, si tenemos un hijo tan grande que en seguida lo podemos mandar a la escuela…?

La Influencia Materna en la Vida de Camilo

Camilo creció con el aliento, el calor, la leche, la voz y la mirada de su madre; el molde que iba dando forma a su vida era Camila. Para ella la vida ahora consistía en dar vida y crecimiento al hijo bajo su entera protección y responsabilidad -el padre estaba lejos -.

Quería ir gastando su vida día a día, para que la vida del hijo se fuera desarrollando limpia y vigorosa, «que él crezca y yo mengüe» (Juan 3,30). No le entregaba solamente lo que llamamos la herencia natural y genética, sino que el necesario ambiente vital en que Camilo creció hasta sus trece años, fue Camila.

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La madre plasmó al hijo: su carácter y sensibilidad, su actitud de acogida y entrega a todos, sobre todo a los pobres, su amor al silencio y a la interioridad, su oración constante, su búsqueda continua de lo grande, lo absoluto, lo que está más allá de lo sensible, su amor a lo eterno, lo firme, lo bello, lo bueno.... es decir Dios; todo esto Camila lo dejó muy adentro del alma de Camilo. Camila formó su cuerpo y formó su alma según su propio ser, como imagen de sí misma, mientras veló al tierno hijo de sus canas y «lo protegió bajo sus alas».

Sin embargo Camila murió a los trece años de la vida del hijo con una espina en el corazón. En los últimos años Camilo mostraba un carácter inquieto, díscolo y fuerte; eludía la tutela materna y sobresalía en las fechorías de la muchachada del lugar, sobre todo en el juego de naipes y dados.

Camilo, hijo mío, ven aquí, -lo sentaba a sus pies y tomaba entre sus manos la cabeza; éste la miraba un momento con los ojos bien abiertos, pero enseguida movía la cabeza pensando en sus juegos y amigos-, mírame bien, Camilo, y escucha lo que te voy a decir, mira lo que me haces sufrir... te voy a decir un secreto que nunca te he dicho, - el niño atendía otra vez - . Antes que tú nacieses, yo te vi en sueños... tú ibas delante de un escuadrón de niños, y ¿sabes qué llevabais todos en el pecho? Pues una cruz, y tú además llevabas otra cruz en un estandarte que levantabas al frente de todos... - Camilo atendía como absorto-.

Y ¿sabes qué puede significar este sueño de tu madre antes de traerte al mundo...? -la voz de la madre se quebraba, y seguía entre lágrimas y sollozos- temo que sea un mal augurio... temo por ti, hijo mío, esa cruz puede ser... la cruz que llevan... los condenados por la justicia... cuando van al patíbulo... Camilo, si sigues así y no haces caso a las palabras de tu madre, el sueño será verdad, mira que a veces los sueños se cumplen... si sigues así, lo vas a cumplir... hijo mío, eso sería mi muerte...

Pasados dos o tres días, Camilo era el mismo de antes, apenas recordaba las palabras y la mirada dulce y penetrante de la madre, que bajó a la tumba rogando por él y ofrendando a Dios su vida para que su hijo no se perdiera. Un hijo de tantas lágrimas, limosnas y oraciones...

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La muerte de la madre se grabó profundamente en el alma del muchacho. Lloró desconsolado al verse sin ella, - nunca lo había imaginado -, en su ser más íntimo se sintió perdido, solo, huérfano. Camilo, huérfano de madre, buscó apoyo instintivamente en el padre.

La Influencia Paterna y la Juventud de Camilo

Desaparecida la amorosa vigilancia de la madre, Camilo queda totalmente a merced de la influencia paterna en su primera adolescencia, tiempo de bruscas e inseguras transformaciones. Para entender la mentalidad tanto del padre como del hijo - hasta sus veinticinco años- creo, lector, que nos puede servir de mucho un célebre discurso llamado de las armas y las letras, pronunciado por e! ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha, que en aquella ocasión habló como cuerdo y no como loco, reflejando muy bien la escala de valores de los caballeros de su tiempo, entre los que hemos de incluir a Juan de Lellis, padre de Camilo.

" ... hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo, y entender y hacer que las buenas leyes se guarden. Fin, por cierto, generoso y alto y digno de grande alabanza; pero no de tanta como merece aquel a que las armas atienden... porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios, y finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra y e! tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus privilegios y de sus fuerzas. y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe estimar en más.

El primer intento de! padre para orientar la vida de Camilo fue el camino de las letras. Frecuentó la escuela de un preceptor durante algunos años; los resultados fueron muy escasos. Mientras otros compañeros y su mismo primo Onofre hacían grandes progresos, Camilo apenas dio los primeros pasos; el ejemplo y la vocación del padre nada le ayudaban por este camino.

Según e! célebre discurso antes citado, quedaba la otra opción, las armas, y este era el camino que en realidad ambos deseaban y veían luminoso y radiante. Esta era la herencia de! padre, la sed de gloria y aventura, el ansia de vivir corriendo el mundo, combatiendo al servicio de una noble causa; la sangre y la juventud lo arrastran. Camilo está seguro de que este es su camino, que lo librará de la vaciedad e inutilidad en que vive, que ya lo desazona, y le dará un ideal grande y hermoso, capaz de colmar toda su ilusión y toda su vida. Será todo un hombre que dará nuevo brillo a su ilustre apellido. Apoyado por su padre y sus viejos compañeros de armas, Camilo llegará muy lejos.

A la Guerra y la Enfermedad

Padre e hijo - este con 18 años - y otros dos primos parten a la guerra contra el Turco en busca de gloria y aventuras. También es cierto que iban en busca de dinero, porque los blasones de su ilustre apellido estaban sin doblones, rozando la miseria. Llegados a Ancona, camino de Venecia, las dificultades se amontonan frente a sus radiantes proyectos.

El padre, ya viejo, enferma de cuidado; no ha podido soportar el largo viaje a pie y mal alimentados. La fiebre lo consume, pero su lucidez mental le permite apreciar la situación: ante la realidad rinde sus ideales, ya no podrá enrolarse. Le sirve de consuelo el haber indicado a Camilo el camino de las armas, haberle transmitido el fuego de su ideal de vida, pero muchas cosas lo oprimen: está solo, viejo, pobre y enfermo, lejos de su casa... su único apoyo, Camilo, que no se aparta de su lado, también tiene fiebre y hambre.

Los días de gloria, los grados y triunfos logrados, se han quedado atrás... lejos en el tiempo, de nada le sirven cuando más los necesitaría. ¿Los amigos...? ¿dónde están los fieles camaradas de los días de triunfo? Su pensamiento va ante todo a Camilo: su vida se apaga, se va a morir y lo deja solo en la vida, inexperto, enfermo y sin un doblón... Pero, ¿no habrá algún rayo de esperanza?

Haciendo un gran esfuerzo de voluntad, emprenden el camino de vuelta a casa; el ansia de verse acogidos en el viejo hogar, entre aquellos queridos muros, les presta ánimos. Tras una jornada de fatigoso camino, brilla otra pequeña esperanza: en S. Elpidio a mare, un antiguo camarada de armas les brindará refugio y ayuda. Sí, llegan y son bien acogidos, pero el viejo guerrero rinde sus últimas fuerzas. Ya no podrá levantarse del lecho, y a los pocos días entrega su espíritu al Creador, abatido pero iluminado y confortado por la fe cristiana y los Sacramentos de la Iglesia.

"Camilo... perdóname por la herencia que te dejo... sólo la espada y el puñal... por la que malgasté y perdí... perdóname por no haber escuchado a tu santa madre... reza por mí, Camilo ... vuelve a la tumba de tu madre y cuéntale...

Camilo, a los 18 años, era mucho lo que tenía que vivir y soportar. Ante la tumba del padre, volvió a concentrarse en sí mismo, a pensar y recordar. Había vivido intensamente los últimos meses, había visto su vida clara y decidida, las sombras y dudas se habían alejado, y había creído que su camino en la vida, su vocación, noble y hermosa, iba a realizarse... Pero ahora, todo aquel vistoso edificio se había derrumbado, tenía la inevitable sensación de que el trágico final de la carrera de su padre había terminado con todo, y que en la tumba del padre quedaba sepultada su vocación de soldado.

Las últimas palabras del padre le indicaban el camino de la casa de Buchiánico, que era para él la casa de la madre, Camila. Camilo se ve solo en el mundo, solo y enfermo, sin guía, sin rumbo en la vida. Tendrá que orientarse por sí mismo y hacerse dueño de su destino. Este descubrimiento le pesa enormemente, nunca lo había pensado.

El Regreso y la Reflexión

Mitad por inercia, mitad por las palabras del padre, Camilo dirige sus pasos hacia la vieja casona de sus padres y mayores. Trata de comprenderse un poco y aclarar sus ideas, pero le cuesta mucho. Ahora predomina en él la herencia materna, los recuerdos y las palabras de Camila que lleva aún en la memoria, llenas de dulzura y amor, de reproche mezclado de ternura y suavidad; piensa en sus lágrimas, sus limosnas y oraciones por él mismo, Camilo.

Cree que tantas oraciones y lágrimas, tanta bondad no puede perderse delante de Dios, tienen que dar su fruto y se siente interiormente confortado por la protección misteriosa e invisible de su madre. Sigue el camino con su fiebre no curada del todo; por eso su caminar es lento y sus descansos, sentado al borde del camino, frecuentes.

Camilo va pensativo, trata de entender la vida, observa a los que pasan: hombres de toda edad y condición, viejos... hombres maduros... niños, jóvenes con semblante alegre... otros con ceño duro, crispado... caballeros arrogantes que ni lo miran... luego dos frailes de porte y vestido sencillo, rostro afable y sereno. Estos atraen la vista de Camilo, que los sigue un buen rato. Siente que es una estampa muy próxima a la imagen de su madre, a los deseos y aspiraciones que ella vivió; en este momento querría seguir fielmente las palabras de la madre que de muchacho no atendió y le parece que lo que su madre le diría que hiciese en la vida es que siga la vida de estos frailes, tan parecida a la vida de la misma Camila.

Camilo se sorprende a sí mismo en estos pensamientos, pero no sólo no los evita, sino que se siente atraído cada vez con más fuerza por ellos hasta que... sí, Dios mío - dice - te prometo por la memoria de mi santa madre que me haré fraile de San Francisco, eso es lo que ella querría para mí, ese será mi mejor camino en la vida. Camilo ha hec...

Era alto de estatura para la época. Hijo de un militar, Juan de Lelis, elige esa misma profesión. Se enroló en el ejército veneciano para luchar contra los turcos pero pronto contrajo una enfermedad en la pierna que le hizo sufrir toda su vida. En 1571 ingresó como paciente en el Hospital Santiago de los Incurables en Roma donde más tarde trabajó como criado. En 1574 apostó en las calles de Nápoles sus ahorros, sus armas, todo lo que poseía y perdió hasta la camisa que llevaba puesta. Solo y en la miseria medita entre mendigar o robar para vivir. Es invitado por el administrador de los Capuchinos de la ciudad a trabajar en el convento de los frailes que se estaban construyendo en Manfredonia.

La Conversión y el Sacerdocio

Una reflexión espiritual del guardián del convento lo llevó a una profunda conversión. La conversión tuvo lugar en 1575 cuando Camilo tenía 25 años. Solicitó ingresar en los capuchinos e inició el noviciado. A la edad de treinta años decide hacerse sacerdote e ingresa en el Colegio Romano (ahora Universidad Gregoriana) para iniciar estudios eclesiásticos.

Camilo trataba a cada enfermo como si estuviera ante el mismo Jesús. Murió en Roma, el 14 de julio de 1614, a la edad de 64 años. Fue beatificado en 1742 en Roma por Benedicto XIV, y canonizado el 29 de junio de 1746 en Roma por Benedicto XIV.

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