Carta a un Niño que Nunca Nació: Reflexiones y Aspiraciones
En el estado actual del espíritu público, de los partidos políticos, de la idea liberal, no se me oculta, toda tentativa de acción desinteresada y generosa, tiene un fracaso por término probable.
No lo distraería esta carta si, como deseaba yo, hubiera podido a mi salida de Madrid, saludarlo cordialmente y exponerle el objeto de mi venida a esta ciudad; pero el llamamiento fue urgente, repentina la resolución, rápido el viaje, y no pude ni consultar ni saludar a usted.
Mucho me hubiera complacido ver a Ud., no sólo por la complacencia de verlo y hablar de nuestros amigos, sino también para comunicar a Ud.
Se me dijo: «Aquí hay una juventud que quiere acción, hay un partido liberal que busca un foco, hay un ansia de progreso que necesita satisfacción, y es necesario que usted -con las personas que han concebido la posibilidad de dirigir a la juventud y de formar un núcleo para organizar al partido liberal-, venga aquí a tratar de realizar este pensamiento».
Es posible que del embrión no salga mucho; pero asegúrese Ud. desde este instante que no será por culpa mía.
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Que tanta es mi confianza en los frutos de las ideas bien desarrolladas, que no temo presentarlas a los hombres de más alta inteligencia.
Para presentárselas y pedirles aprobación y estímulo, deseo escribir a nuestros dignos emigrados, empezando por don Salustiano.
Nuestro excelente amigo, el señor Galdo, por cuyo medio escribo a Ud., leerá a Ud. la parte de la carta en que hablo de esto con él.
El tiempo que avanza, me impide repetirme.
Tome Ud. para sí lo que a nuestro amigo escribo, y si, como lo espero, aprueba Ud.
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Más feliz que yo, que anduve tres días seguidos buscando a Ud.
En nada se opone a esto la diferencia del punto de partida y de objetivo.
Al emprender la publicación del diario liberal, para cuya dirección se me ha llamado de Madrid a esta ciudad, creo conveniente comunicar a usted los fines que mis compañeros de redacción y yo, nos proponemos realizar, y hacerle conocer la regla de conducta que vamos a observar.
Cuando en nuestras últimas conversaciones le manifestaba yo repulsión hacia toda nueva acción política por medio de la prensa, fundaba mi actitud, Ud.
El espíritu público, los partidos y la misma prensa liberal se han decidido por el primer extremo; luego no era tan personal mi pensamiento que sólo en mi razón tuviera ser.
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Era, por el contrario, una aspiración general, y así vino a demostrármelo el llamamiento urgente que se me hizo desde esta ciudad, en donde la juventud catalana, o más creyente o más segura de sí misma, ha resuelto salir de la pasividad en que vivía, publicando un periódico.
Contando, pues, con la conformidad de ideas, le pido su nombre como colaborador, se entiende, si puede darlo sin atraerse la suspicacia del poder; y de todos modos, su inteligente y eficaz cooperación.
Escribo por conducto de Ud.
Sírvase, pues, entregar la carta adjunta, y remítame las señas de los señores Olózaga y Fernández de los Ríos, a quienes pienso y debo escribir y a quienes puede Ud.
Harto sabe Ud.
Si alguien hubiera concebido el pensamiento de sacar la luz de la oscuridad, fuerza de la debilidad, sensibilidad de la anestesia, ¿qué diría Ud. del temerario?
«O es utopista o es joven», ¿no es verdad?
El quid difícil está en definirse claramente esas ideas, en formar la serie, en dominarla y dirigirla, conociendo el punto de partida, los medios, los fines, los obstáculos y los modos de vencerlos.
En esta firme creencia lo emprendemos, y con esa casi completa seguridad he aceptado yo de mis cooperadores, la juventud liberal de esta ciudad, la dirección de un periódico político.
Ya que nos prohíben ser hombres a la luz del día, seamos hombres a la luz de la conciencia, y en vez de maldecir, venzamos la intemperancia de la idea agonizante.
Que una idea, y no un hombre, un poder que caduca, y no un poder transitorio, es lo que viola en Uds.
Plácemes mil, y mil demostraciones de contento: todos los que pensamos por nosotros mismos, somos perseguidos en Uds.: menguados de nosotros si no viéramos en esa persecución de la impotencia poderosa el triunfo de nuestra causa, que es la causa invencible del hombre universal.
Trabajemos.
Claridad de espíritu para ver el porvenir: no está lejano.
Perdónelos Ud., Maestro: los infelices no saben que se hieren.
Piensan que el arma que mal usan mata, en el hombre, a la idea que odian, y se engañan.
Confiando en su experiencia perspicaz y seguro de la honrada tenacidad de sus ideas, pido a aquélla sus consejos, reclamo de ésta sus estímulos.
Hágame usted el servicio de entregar al señor don Salustiano de Olózaga la adjunta carta.
Dígnese usted ver el resultado de ese trabajo previo: Fines: (Verlos en carta del 15 de enero a don Manuel Y.
Esta carta, señor, vale en mi intención como algo más que una mera deferencia al jefe intelectual del partido progresista; vale como muestra de mi disposición a oír y secundar a usted.
Si yo, que nunca lisonjeo, hubiera dado a Ud., como lisonja, el justísimo dictado que rechaza su modestia; al leer su carta del 18 de febrero, hubiera exclamado: ¡Pues tenía razón!, es el jefe intelectual del partido liberal.
Pero no lisonjeo porque no miento, no miento porque medito, y sabía absolutamente que decía la verdad.
Confírmala su carta, y esto es decir a Ud.
Al hacerlo, reciba Ud. las manifestaciones del agradecimiento que merecen sus consejos, su franqueza, su ingenuidad y sus observaciones.
No sería Ud. lo que es, estadista de sólida razón, movido por ella, dirigiéndose a la realidad de ella en la vida política, si aceptara incondicionalmente para España el sufragio universal.
No me maravilla, pues, que sólo como poder constituyente lo acepte su perspicacia; y precisamente por haber pensado en el resultado que probablemente puede dar según la fuerza relativa de los partidos, precisamente por haber atribuido a Ud. la atrevida evolución que el progresista por medio de El Universal ha hecho, precisamente por dudar de la eficacia, aquí, del sufragio universal como poder auxiliar de la soberanía del pueblo, es por lo que lo he limitado, aceptándolo y reclamándolo como medio eficaz de educación política.
Hay en esto una contradicción, y lejos de esconderla, la proclamo.
Si es cierto que la fuerza relativa de los partidos (yo diría la inercia intelectual) expone, con el sufragio universal los triunfos de la libertad, no es menos cierto que el sufragio universal es un aguijón para la pasividad de los pueblos acostumbrados al hacerlo todo del absolutismo.
Menesteroso, antes que todo, de acción, de movimiento, de lucha, de iniciativa individual, de vida propia, el pueblo español no sabrá, no querría aunque supiera, dirigir la fuerza que se le entrega en contra de los mismos que la ponen en sus manos; guiado por los tradicionalistas, caería inmediatamente en la perturbación de que hace tantos años está huyendo, y o los rechazaría, o volvería a su quietud primera: aquí están combatidos los peligros del sufragio universal, como expresión de la soberanía del pueblo.
Guíelo, por el contrario, la propaganda inteligente de la prensa; exáltese su dignidad; enséñeselo a practicar asiduamente sus derechos; aplíquese a su vida de relación, a sus necesidades, a su acción privada, a la industria, al comercio, al tejido social, y el sufragio de todos, la intervención de todos en la gestión política, educará rápidamente este país.
Inteligencia, inteligencia es lo que falta.
Triunfe la libertad; sea inteligente su iniciación, y este pobre caquéctico ocupará en la armonía europea el puesto que su carácter y su situación geográfica (expansión hacia Occidente, torpemente dirigida) están hace tres siglos perdidos augurándole.
Es completamente cierto, y nosotros estamos experimentándolo, todo cuanto dice Ud. sobre los peligros de la reaparición de los diarios liberales; y hondamente previsor el temor que tenía Ud.
Al llegar aquí, llega para mí la repetición del vivísimo placer intelectual que me trajo su importante carta.
He estado, desde que en 1865 tomé mi humilde parte en la vida pública diciendo que la actual revolución que se elabora tendrá por primer efecto la creación de un partido conservador, de un verdadero partido conservador, hijo de la libertad, para conservar la libertad conquistada.
En vano lo había dicho: o no lo entendían o afectaban no entenderlo: ciegos de buena fe, me creían ciego, y jóvenes, hombres experimentados, eminencias consagradas e inteligencias oscurecidas, todos habían o convenido fríamente, o desacordado con vehemencia.
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