Quimi Portet: Biografía de un Músico Catalán Singular

04.12.2025

Quimi Portet (Vic, 1957) es un músico catalán y barcelonés. Es el primogénito de tres hermanos. Habla cinco lenguas y escribe en tres. Portet siempre ha sido un artista singular, una figura de referencia en la música catalana contemporánea.

Primeros Años e Influencias Musicales

Mi padre y mi madre eran ambos de Vic. Venían de familias menestrales, aunque mi padre tenía un punto de inventor, y diseñaba maquinaria, montaba talleres, cosas así. Mi madre era ama de casa, aunque de mayor empezó a trabajar. Era bastante moderna para su tiempo, supongo que podríamos llamarla «una chica yeyé». Tenía un suministro de material musical muy interesante, sobre todo de soul y música británica, paleo-rock inglés. Creo que frecuentaba el San Carlos Club, en Barcelona, y sitios similares donde se trapicheaba con material pop bastante vanguardista. Crecimos escuchando el Hits & Soul de Atlantic, el Green Onions de Booker T. & The M.G.’s, y cosas sueltas de Motown. Rayamos esos discos de tanto escucharlos, y eso que éramos muy niños. Yo nací en 1957, así que en 1965, cuando escuchábamos todo eso, yo tenía solo ocho años. En retrospectiva veo que tuvimos acceso a un material muy poco habitual en este país, que aún estaba sumido en épocas oscuras del franquismo.

Nací en Vic, pero nos mudamos a Barcelona cuando yo tenía solo un año. Mis padres vinieron aquí a buscarse la vida, por temas económicos y de empleo, como mucha otra gente. Crecí en el Guinardó de los sesenta y primeros setenta. Era un barrio muy simpático, muy lleno de vida, se vivía muy de cara a la calle, los niños pasábamos la vida fuera de casa (si pasaba un coche ocasional aún gritábamos lo de «¡coche!»). Cuando he regresado allí en fechas más recientes lo he encontrado un poco más apagado, más ordenado. Vic para mí quedó como una especie de paraíso al que regresaba de vez en cuando: los canelones de mi abuela, el calor de la casa, ir en bicicleta, ver los montes… Quedó como referente de «reposo del guerrero». En mi casa del Guinardó no teníamos ni calefacción, por eso asocio Vic a la calidez del hogar. Era como una idealización onírica. Barcelona era para mí la escuela, las obligaciones, el frío… Y sin embargo tengo también de aquello los mejores recuerdos. Era un barrio en construcción, la mitad estaba sin asfaltar, todavía llegaba constantemente gente del aluvión, daba la impresión de estar lleno de vida todo el tiempo. No lo quiero idealizar, pero estaba lleno de alegría y de aventuras. Ahora lo encuentro más triste.

Desde el 1965 en que supongo que debí escucharlos, hasta que se disolvieron en 1970, yo quise ser Beatle, del mismo modo en que otros niños querían ser bomberos o astronautas. No sabía del todo en qué consistía, pero tenía absolutamente claro que ser Beatle era lo mío. Me chiflaban los Beatles, y también los Rolling Stones. Esa pasión te llegó en Barcelona.

Inicios Musicales y Primeras Bandas

Fui a una escuela muy triste, los Salesianos de Horta, el colegio San Juan Bosco. Gente sádica, los curas aquellos. Era un lugar donde imperaba la violencia, tanto del profesorado como del alumnado: la violencia se filtra a través de todas las capas, de arriba a abajo. Y mi familia era lo que ahora llamaríamos «desestructurada». Había mucho mal rollo en aquella casa, y yo me tuve que buscar la vida; a los quince ya me había emancipado. Pero el ser humano tiene recursos para todo: me refugié en la música, y también en mi paraíso de Vic, donde lo pasaba genial. La música pop le dio color a una vida en blanco y negro, con un punto sórdido. Lo que salía de aquellos discos era lo opuesto a eso: tutti colori, superflipante.

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Al principio era solo mímica delante del tocadiscos. En la escuela salesiana, a los diez u once años, me apunté a unas clases de guitarra que daban para entrar en la tuna escolar. Eran clases de acordes básicos. Me apuntaron, y aprendí los rudimentos de la guitarra. Con un grupúsculo disidente de la clase ya empecé a sacar riffs que escuchábamos por la radio, de Rolling Stones y tal. Desde allí siempre he sido autodidacta, nunca he vuelto a tener contacto con estamentos docentes.

Cogía el tren y subía a Vic siempre que podía. Tuve tres grupos allí. El primero, que no era casi ni grupo, lo monté con otros dos chavales (que luego formarían parte de Kul de Mandril). Improvisábamos cosas de blues, vueltas inacabables que me enseñaron los rudimentos del género. No teníamos nombre. Y luego, para ganar algún dinerillo, me apunté a un grupo para fiestas mayores que se llamaban The Kilimanjaro’s y que había montado el bajista de mi primer «grupo». Hacían pachanga pero con un toque humorístico, se cachondeaban un poco del tema. Yo participé componiendo algún tema, por un lado, y por otro empecé a tocar riffs de guitarra en mitad de canciones pachangueras: «Cherie te quiero, cherie yo te adoro, como la salsa al pomodoro», y entonces yo metía un par de guitarrazos en plan Velvet Underground [ríe]. Eso provocó que empezáramos a arrastrar a un público más melenudo, que se desplazaba con nosotros para vernos tocar. Mi siguiente grupo, donde yo componía todo el material, se llamaba The Dumper’s. Lo monté con un cantante australiano, Rodney Ray, un surfer de Newcastle. Dumper tenía un doble sentido: por una parte, era un utensilio de albañilería para llevar ladrillos y, por otra, quería decir ‘ola muy grande’ en jerga surf. Me encantaba componer. Para empezar, yo creía que todos los músicos componían, no sabía que podías ser solo un intérprete. Me sorprendió enterarme de que la composición era algo inusual. Me gustaba tocar la guitarra, pero componer me encantó, porque escribir textos era otra de mis pasiones. Con The Dumper’s estaba motivadísimo [sonríe], les escribí muchas canciones. También aprendí allí a dirigir ensayos y hacer arreglos, que es algo que luego he hecho con todos los grupos de mi carrera. Llevar la batuta en el local de ensayo.

Nos movíamos en circuitos sórdidos. Tocabas muy tarde, para públicos hostiles y ambientes eléctricos. Era aún el franquismo. Te podía pasar de todo. Yo diría «rock patillero» [ríe]. Con mucha ilusión. Entre AC/DC y Status Quo, con algunas cosas majaras metidas en medio. Yo ya era fan de Pau Riba y Sisa, y lo galáctico pululaba por allí. Pero predominaba el riff y la castaña pilonga. Al poco tiempo nacen Kul de Mandril, tu primer grupo «serio».

Kul de Mandril y la Nueva Ola

Lo formé con Lluís Marín, Noris, y el Quim Vilaplana, Benítez. Yo era el «moderno» de Kul de Mandril. Ellos eran un poco mayores que yo, una diferencia de edad de tres o cuatro años, que ahora es inapreciable, pero que en aquella época se notaba bastante. Ellos venían del free jazz y tal, y a mí me encantaba el rock. Al final tocaban el material que había compuesto yo, que era rock. No sé quién escribió eso, porque a mí lo del ska me agobiaba un poco. Yo quería hacer música, los monosílabos de etiqueta me molestan un poco. Lo que yo siempre he hecho es música popular contemporánea, para que quede claro. No hago rock, ni blues, ni ska, ni música popular catalana. Incluso entonces me sucedía eso: todos querían ser punks, mods, heavies o ska. Yo no. Yo quería ser guitarrista popular, sin más.

Pero que erais la nueva ola se notaba, tanto tú en Kul de Mandril como Manolo García en Los Rápidos. Escuchas su «Ruta del sur» y ves que allí hay un tipo que ya no quiere hacer rollo stoniano, que se ha ido para otro sitio. Eso es verdad. A mí lo de la música autóctona, debo decir, no me iba mucho. Con lo de la movida se colaron cosas muy rudimentarias, y yo siempre fui un esnob terrible, me gustaba lo anglosajón y americano. Me gustaban los «extranjeros» [sonríe]. Lo de aquí… Sentía una afinidad espiritual, porque era algo generacional y porque era una reacción positiva, tecnicolor, hacia los años de la violencia franquista, especialmente en Madrid, donde lo del franquismo era aplastante. Dicho esto, estética y musicalmente me costaba mucho tragar con la mayoría de esos grupos. Yo llevaba desde los diez años tocando, y algunos grupos de la movida llevaban dos meses. Y grababan un disco. Yo no había entrado en un estudio y llevaba doce años tocando. Veneraba el oficio. Era muy difícil que me diesen gato por liebre, llevaba empapándome de Hits & soul desde niño.

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Tocaban y grababan como ingleses. Y «Ruta del sur», concretamente, era espectacular, muy bonita, con una letra alucinante, con la voz de Manolo, los guitarrazos aquellos raros que hacía José Luís [Pérez], que eran fuera de serie; el bajo y la batería… Tenían un nivel superior al de todo el mundo de aquí. Al poco de escucharlos empezamos a topar con ellos, pues tocaban en los mismos circuitos. Aunque nosotros éramos algo más pringadillos, la verdad. En cierto modo sí. Y la intersección real tuvo lugar en un festival llamado Rock de Lluna, en un pueblo llamado Hostalets de Balenyà. El año 1981. Era un festival delirante que se celebraba para despedir a los quintos que se iban a la mili aquel año. Contrataron a Lone Star como cabezas de cartel, más Los Rápidos, Evo -un grupo heavy buenísimo donde tocaba la hermana de Manolo, Carmen- y nosotros, que éramos el grupo local. Me entraron ellos a mí. Querían saber quién hacía las canciones en Kul de Mandril. También estaban impresionados porque yo hacía mucho el animal, rompía platos en el escenario y cosas así. Y a mí me gustaban mucho Los Rápidos. Pero la cosa no fue inmediata. Mi amigo australiano estaba en Londres, en un grupo donde no componía nadie, y estuve a punto de seguirle hasta allí. Pero la idea de malvivir y pasar frío en un squat no me apetecía. Y Manolo era un hombre de una obstinación y persistencia legendarias, vino a verme a cada concierto que hicimos en Barcelona.

Encuentro con Manolo García y Formación de Los Burros

Bueno, yo vivía a salto de mata, en pisos de estudiantes aquí y allá. Una existencia nómada amateur. Iba haciendo en un lado y en otro. Lo que sucedió es que Manolo y yo nos empezamos a hacer muy amigos, y yo empecé a orbitar hacia Poble Nou. Él y yo éramos dos personas perfectamente compatibles, tanto en el oficio como en la vida. Hay muchos grupos que no son nada amigos, y de hecho funcionan por puro choque y animosidad, por tensión. Sí, lo nuestro era mucho más grande que lo musical. Después de todo, Manolo tenía una inclinación por la música española de cariz folclórico, que para mí era puro franquismo y oscuridad y ranciedad. Y yo venía del mundo del soul y el R&B, que era un mundo que a Manolo le interesaba pero que no conocía en absoluto. En el grupo se mezclaban, como influencia, mis negros y sus folclóricos, cosas del todo distintas. Pero nos unía el amor por el oficio. En la combinación de Manolo y yo se mascaba la tragedia, podría haber salido un híbrido inexplicable. E inescuchable.

El Último de la Fila: Éxito y Ruptura

Al disolverse El Último de la Fila en enero de 1998, tras seis impecables álbumes oficiales, Quimi Portet continuó con su carrera en solitario (ya tenía dos discos en su bolsillo, grabados cuando El Último de la Fila estaban aún en activo), cambiando al catalán y, por consiguiente, replegándose geográfica y culturalmente. Dividiendo las cosas en unidades manejables, como los anarquistas de siempre.

En una entrevista a 'Jot Down', Manolo García ya daba pistas de que el asunto del catalán era un tema capital para su otra mitad en El Último de la Fila, Quimi Portet. Tan importante como para ser una de las causas fundamentales para romper la formación que tantos éxitos les había proporcionado. En palabras de García: "Fue una ruptura hablada, pactada. Yo entendía que Quimi empezaba a estar incómodo con el tema lingüístico. El tema de la lengua para él es importante, él es catalán. Yo soy de los 'otros catalanes': soy catalán, evidentemente, y con todo el orgullo, pero mi lengua materna es el castellano. A él le apetecía que hiciéramos alguna canción en catalán, y yo encantado, hicimos alguna canción con María del Mar Bonet, en algún vídeo está ya algún guiño mío como lo de 'que soc de Barcelona i em moro de calor', de cara a Quimi, para hacerle reír un poco y complacerle a él. A mí me era indiferente. Yo defiendo absolutamente que los catalanes hablen catalán, evidentemente, y yo puedo hablar catalán, pero no tengo esa sensación de patria, igual que tampoco la tengo de patria española. A mí lo de los Estados y los Gobiernos no me interesa nada".

Carrera en Solitario y Visión de la Música

Con diez LP editados -el nuevo (Festa major d’hivern) en la calle desde hace unos pocos días- Quimi Portet se encuentra en un momento dulce. Nos vemos en una pequeña plazoleta de Vic, a finales de un septiembre caluroso, rodeados por un cierto estrépito de máquinas de barrenderos y camareros que montan terrazas, elementos que sin embargo no le hacen perder en ningún momento su legendario cool. Solo le hacen reír. Quimi Portet ríe mucho, y despide un aura de contentura y satisfacción consigo mismo y con la humanidad que resulta asaz contagiosa. Al terminar la entrevista nos iremos a comer.

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Portet (Vic, 1957) siempre ha sido un artista singular, una figura de referencia en la música catalana contemporánea que, sin embargo, ha vuelto a ocupar el primer plano de la actualidad tras haber mantenido una polémica con un camarero que no le atendió en su lengua materna, el catalán. Portet lo denunció en las redes sociales y a partir de ahí la polémica ha estado servida.

"Yo soy un experimento sociológico creado por mí mismo", ha reconocido el músico en una entrevista reciente con 'Town Feeling'. Amante del hedonismo, de los animales y de la canción popular, Portet dice que si se dedica a la música es "para evadirse de la realidad sociopolítica". "El acceso a la música fue para huir de las cosas tristes, del día a día y de las incomodidades que causa la vida en sociedad". Eso no le impide retuitear a Raül Romeva o defender el uso del catalán cuando entiende que es preciso hacerlo.

Da conciertos regularmente, fabrica artesanalmente sus propios vídeos musicales y ha firmado ya nueve álbumes en solitario. Su sueño es lo que él denomina "vivir sin trabajar", aunque también se desempeña como productor musical cuando se lo pide algún amigo. Tiene una hija.

El solista, totalmente convencido de que la intensa interrelación de la música con Internet es un fenómeno absolutamente imparable, se arriesga a vaticinar a EL MUNDO que existe una gran probabilidad de que en unos pocos años la mayor parte de la música "se distribuya masivamente por un Internet evolucionado, quizá a través del cable, en el que el receptor será una mezcla de ordenador, receptor de TV y cadena en Hi-Fi". Aún a sabiendas de que es el propio medio-autopista (Internet) el que de por sí y por los conocimientos de que se disponen hasta el momento "hace difícil cualquier tipo de control", Portet confía en que formatos electrónicos de difusión musical como Mp3 y otros "en su sana competencia continúen trabajando en la mejora de la calidad del sonido musical y en las posibilidades de preservar los derechos de autor". De hecho se vuelca en alabanzas a un formato como el Liquid Audio, que "sí es compatible con los derechos de autor".

El disco, que combina repertorios melódicos con otros más progresivos, ha sido elaborado por Quimi Portet en el estudio de su masía del Alto Ampurdán (Gerona). Escritura, composición, interpretación, arreglos, mezclas, grabación y producción han sido íntegramente realizados por el músico en soledad "con tranquilidad y placer hogareños". Portet presentó el CD en directo a partir el17 de septiembre durante una minigira por pequeñas salas de Cataluña y Baleares que comenzó en Vic, su ciudad natal.

Tras el lanzamiento discográfico la página cambió de fórmula auditiva, ofreciéndose en ella a los internautas interesados la posibilidad de escuchar también gratuitamente fragmentos de siete d los dieciseis temas (quince cantados en catalán y uno instrumental) de que consta Cancionero Electromagnético.

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