Un Jefe en Pañales: Reseña Detallada
La película "Un Jefe en Pañales" presenta una historia donde la supervivencia del más fuerte es la ley, similar a la ley de la selva. Inicialmente, para Tim, los Templeton eran tres, un número que consideraba perfecto.
El Conflicto Inicial
Tim lucha contra "enormes gorilas". Un "gorila" era su padre. Pero la llegada de un nuevo miembro a la familia cambia esta dinámica.
El Descubrimiento de Tim
A Tim se le ocurre una idea para exponer a su hermanito. Él otro traje igual y fotografiándolos juntos, descubriendo Tim que su hermanito tiene cosquillas en los pies. Se duermen juntos en el sillón.
La Historia del Jefe
Este les cuenta su historia. Cuando estaba en BabyCorp, era un ejecutivo brillante. Un día hizo un descubrimiento. funcionaba y en el consejo de dirección le sustituyeron por alguien nuevo y lo despidieron.
El Plan de Tim
Tim idea algo. Le llaman y le piden que coja un teléfono de cortesía que tiene al lado. Aunque ellos no se dan por rendidos. parecer un bebé y no quiere bajar, estando la nave a punto de despegar.
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El Futuro del Jefe
Le pagarán nada, pero de donde nunca le despedirán y donde siempre estará él.
España en el Mundial Juvenil de Japón 1979
A pesar de todas las dificultades y dudas surgidas en torno a la creación de los campeonatos mundiales juveniles, para cuando el balón dejó de rodar en Túnez casi todo el mundo había asumido ya que el proyecto de Havelange era, en general, una buena idea. Así lo demuestra el hecho de que la FIFA tenía entonces sobre la mesa nada menos que seis candidaturas para albergar la edición de 1979: las de Estados Unidos, Irán, Australia, Japón, Uruguay y Países Bajos.
El caso del país europeo era especialmente significativo, ya que la federación neerlandesa era una de las que había respondido negativamente a la invitación inicial que la FIFA había hecho a sus miembros para participar en la primera edición. Dos años después, Países Bajos no sólo quería jugar el torneo, sino que pretendía organizarlo. Eso sí: esta vez también se querían evitar los problemas sufridos en Túnez, así que las propuestas de Japón, Australia y Estados Unidos parecían partir con cierta ventaja, pues eran países desarrollados, con buenas infraestructuras deportivas y hoteleras y capaces de captar más patrocinadores y televisiones para la causa.
Finalmente, el 14 de enero de 1978, un día antes del sorteo de la fase de grupos del Mundial de Argentina, el Comité Ejecutivo de la FIFA eligió a Japón como sede del segundo “Torneo Mundial de Juveniles por la Copa Coca-Cola”, que además ampliaba su rango de edad y se abría a jugadores menores de 20 años (se permitió la participación de futbolistas nacidos a partir del 1 de agosto de 1959). Y todo porque el país del Sol Naciente alumbró el nacimiento de la que sería la estrella más brillante del firmamento futbolístico durante los siguientes quince años: un pibe argentino que, con el 10 a la espalda, quiso sacarse la espinita de no haber sido incluido en la escuadra definitiva para el Mundial absoluto del año anterior.
Sin haber cumplido los diecinueve y con el mismísimo César Luis Menotti en el banquillo, Diego Armando Maradona Franco hizo y deshizo a su antojo para decirle al mundo (y al Flaco) que no había nadie mejor que él. Y el mundo lo vio y tomó nota y, desde entonces, los mundiales juveniles se convirtieron en una especie de dorada California de 1849 a la que aficionados y clubes comenzaron a acudir en masa para intentar descubrir al nuevo crack del futuro.
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Y, aunque su presencia en aquella edición no acabara pasando a la historia como la del “Pelusa”, España también estuvo allí. Tras cumplir el expediente ante Malta, a la que se derrotó por 2-0 tanto en la ida como en la vuelta de la eliminatoria previa, en mayo de 1978 la selección española juvenil disputó en Polonia la fase final del “Torneo de Naciones” de la UEFA (o Campeonato de Europa sub’18, como sería conocido a partir de 1981), que ponía en juego las seis plazas europeas para el Mundial sub’20 de Japón 1979.
Encuadrada en el grupo D junto a la selección anfitriona, Inglaterra y Turquía, España debutó en la ciudad de Chorzow enfrentándose precisamente a Polonia, a la que venció por 1-2. En ella, los de Chus Pereda no pudieron pasar del empate a uno ante Turquía, en un duelo marcado según las crónicas por una actuación arbitral que parecía buscar un tropiezo hispano que favoreciera al equipo anfitrión. Hubiera o no esa intención, lo cierto es que finalmente fue Polonia quien encabezó el grupo y accedió a la siguiente ronda. España quedaba eliminada pero, al ser una de las mejores segundas, se ganaba el billete para el Mundial juvenil del año siguiente. También lograron plaza la URSS, que ganó el torneo, Yugoslavia (como subcampeón) y Polonia (por su tercera posición final).
Entre ese “Torneo de Naciones” y el Mundial juvenil se produjo una importante novedad en la estructura de la Federación Española que marcaría el futuro más inmediato del fútbol patrio: tras el Mundial de Argentina 1978, José Emilio Santamaría, que a finales de los sesenta ya había sido seleccionador juvenil, se reincorporó a la federación que presidía Pablo Porta como coordinador de las selecciones nacionales. Su misión, además de entrenar puntualmente a la sub’21 (categoría recuperada por la UEFA en 1976), era supervisar tanto a Ladislao Kubala, seleccionador absoluto, como a Chus Pereda, encargado de la selección juvenil, con el objetivo de coordinar su trabajo con vistas a formar un bloque competitivo para el Mundial 82.
Sin embargo, las funciones de este nuevo cargo no fueron muy bien entendidas ni por prensa ni, en ocasiones, por los propios seleccionadores. Aunque Santamaría intentaba desligarse de las cuestiones puramente técnicas y de todo lo relacionado con la absoluta, su constante presencia como responsable superior del seleccionador de turno (ya fuera acompañando a los equipos, participando en los entrenamientos, encargándose de las ruedas de prensa o, incluso, asumiendo en ocasiones la dirección desde el banquillo) despertaba siempre la duda sobre quién tomaba realmente las decisiones. En cualquier caso, la labor de dirección de Santamaría sí se notó claramente (y para bien) en la preparación de los equipos de base.
Desde su llegada al cargo se multiplicaron las concentraciones, amistosos y participaciones en torneos en todas las categorías con respecto a años anteriores y, aunque luego no siempre se lograra el objetivo de clasificación para las fases finales, sí se notaba una planificación más cuidada. En el caso que nos ocupa, el tándem Pereda-Santamaría pudo reunir a los jugadores con los que contaba para la cita nipona con cierta asiduidad durante la temporada 78/79, organizando varios encuentros entre las selecciones juvenil y sub’21 y disputando además tres amistosos: uno en marzo, en Pamplona, frente a la URSS (0-1), otro en mayo, en Cáceres, contra Portugal (1-0) y un último en junio, en Cádiz, frente a la República Federal de Alemania (0-4). Las diferencias con respecto a la preparación específica realizada de cara al Mundial juvenil de Túnez también fueron más que notables.
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El torneo de Japón arrancaba a finales de agosto de 1979, de modo que los chavales se incorporarían a la disciplina de la selección tras casi dos meses de vacaciones, ya que las fechas previstas para iniciar la concentración coincidían con el arranque de la pretemporada de muchos equipos. Antes de decidir la lista definitiva de convocados los técnicos se ocuparon, por ejemplo, de conocer la disponibilidad de los futbolistas en relación al servicio militar: no querían que la preparación se viera enturbiada por problemas con los permisos que impidieran a algún jugador acudir a los entrenamientos u obligaran a llamar a sustitutos fuera de forma. Así, esta vez nadie que estuviera realizando la “mili” fue llamado a filas por la selección juvenil.
En apenas una semana, entre entrenamiento y entrenamiento, la selección juvenil se enfrentó al Barcelona Atlético (con derrota por 3-1), al primer equipo del Barcelona (derrota también por 3-1 en partido disputado en el Camp Nou a la atípica hora de las nueve y media de la mañana), al Terrasa (0-0) y al primer equipo del Español (2-2). Nuevamente las comparaciones con la preparación para Túnez 1977, cuando en doce días sólo se había podido jugar un amistoso contra el Rayo Vallecano, eran más que positivas.
Como anécdota, cabe señalar el itinerario elegido por España para viajar a Japón, especialmente extraño visto con ojos de hoy aunque justificado entonces por las restricciones del espacio aéreo soviético. Para llegar al lejano oriente la expedición española tuvo que poner primero rumbo al norte, luego al sur y después al oeste: de Madrid a Ámsterdam, de Ámsterdam a Anchorage (Alaska) atravesando el polo norte, y de Anchorage a Tokio para llegar por fin a tierras niponas el 20 de agosto. Más de veinticuatro horas de viaje, entre vuelo y escalas, convertidas en casi cuarenta y ocho por haber cruzado durante el largo periplo la línea internacional de cambio de fecha.
Muchos habían sido habituales en Segunda durante la campaña anterior y algunos, como Marcos o Marián, lo eran ya en Primera (de hecho Marcos Alonso ficharía por el Atlético durante aquel mes de agosto), categoría en la que también habían debutado Tendillo, Zambrano o Manolo. Casi todos los convocados tendrían luego una larga carrera profesional en estas dos categorías, aunque sólo Tendillo (Valencia, Murcia, Real Madrid, Burgos) y Marcos Alonso (Racing, Atlético de Madrid, Barcelona) llegarían a debutar con la selección absoluta.
Junto a ellos, también se mantuvieron muchos años al más alto nivel los porteros Agustín Rodríguez (Real Madrid, Tenerife) y Andoni Cedrún (Athletic, Cádiz, Zaragoza, Logroñés), los defensas Manolo (Barcelona, Murcia) y Muñoz Pérez (Málaga, Valencia, Real Madrid) o los centrocampistas Manolo Zúñiga (Español, Sevilla, Sabadell), Luis Miguel Gail (Valladolid, Betis), Manolo Zambrano (Recreativo, Sevilla, Málaga, Celta, Murcia) y Luis Enrique Marián (Rayo, Atlético de Madrid, Celta), aunque no todos con la misma trascendencia.
La Federación Española no era la única que había tomado nota de los fallos cometidos dos años antes. Corrigiendo parte de los errores de Túnez, en el Mundial sub’20 de Japón 1979 la FIFA mantuvo los cuatro grupos de cuatro equipos (repartidos en cuatro sedes) pero incluyó una ronda de cuartos de final, para la que se clasificarían los dos primeros de cada grupo.
Tal vez por esa circunstancia, la FIFA mantuvo la duración de los encuentros en los ochenta minutos (con prórrogas de veinte en la fase eliminatoria) a pesar de que la mayoría de futbolistas ya estaban acostumbrados a jugar partidos de noventa minutos. En cualquier caso, varios entrenadores y jugadores se quejaron de la excesiva acumulación de partidos, pero el frenético formato se mantendría durante varias ediciones más.
En cuanto a los equipos participantes, seis habían estado ya en Túnez 1977: España, la URSS, Hungría, Uruguay, Paraguay y México, aunque únicamente repetían presencia mundialista dos jugadores uruguayos: el portero Fernando Alvez y el atacante Rubén Paz. Del resto de selecciones destacaban especialmente las presencias de Canadá, Guinea e Indonesia, equipo este último invitado por la FIFA y la Confederación Asiática tras la renuncia por razones políticas primero de Irak (campeón juvenil asiático de 1978, en trofeo compartido con la República de Corea) y luego de Kuwait y la República Democrática Popular de Corea (esa Corea que no es república, ni democrática, ni popular), que habían acabado en tercera y cuarta posición de su campeonato continental.
Además, cada país participante aportaba un árbitro a la competición (salvo Guinea, cuyo colegiado no pudo acudir por razones de salud), completando el numeroso equipo arbitral seis trencillas de otras naciones y cinco asistentes nipones.
Las ciudades de Omiya, actualmente integrada en Saitama, y Yokohama se encuentran situadas muy próximas a la capital nipona, de modo que los organizadores pudieron alojar en un mismo hotel de Tokio a los doce equipos que jugarían en esas sedes. Esto provocó más de un problema a la hora de coordinar los desplazamientos hasta los distintos campos de entrenamiento, debido al intenso tráfico de la megaurbe tokiota, aunque los partidos no se vieron afectados.
En los primeros días, como en Túnez dos años antes, también hubo algún desajuste con las comidas, pero la atención fue exquisita, como corresponde a la cultura local, y el lujoso hotel Príncipe Takanawa dejó a todos más que satisfechos: la Argentina de Menotti, que se presentó en Japón alardeando de profesionalidad extrema y llegó a avisar de que se retiraría del torneo si la organización no respondía a sus exigentes expectativas, no tuvo motivos para cumplir su amenaza. Además, las instalaciones deportivas eran de primer nivel, incluyendo campos de césped artificial en varios centros de entrenamiento (campos que, de todas formas, no fueron del agrado de todos los combinados).
Las televisiones ofrecieron los partidos para todo el mundo y, aunque la lluvia vació algún estadio, el público nipón acudió de forma muy numerosa a contemplar las evoluciones de los jóvenes protagonistas: los datos oficiales, bastante más creíbles que los registrados en Túnez, hablan de más de 300.000 espectadores en las gradas a lo largo de todo el campeonato.
Como en Túnez, España había quedado encuadrada en el grupo A junto a la selección anfitriona y a México, completando esta vez la nómina de rivales la selección de Argelia. Del primer rival, Japón, se sabía que llevaba año y medio preparándose intensivamente para la cita y que se encontraba en una línea claramente ascendente: antes del verano había disputado un amistoso en Portugal en el que había derrotado sorprendentemente a la selección juvenil lusa, también mundialista.
Y lo cierto es que aquel 25 de agosto Japón salió con brío y durante los primeros compases de partido rondó con peligro la meta de Agustín, pero tras esos breves momentos de apuro la defensa hispana ganó en firmeza y poco a poco el duelo se fue equilibrando. Solventado el arreón inicial de los japoneses, España tuvo un par de oportunidades que amedrentaron a su rival, y al descanso se llegó con el marcador inalterado. El comienzo de la segunda parte fue calcado al del primer tiempo, con Japón volcándose sobre el área de España, pero los de Pereda ya habían aprendido a controlar los veloces ataques de los locales y pronto los centrocampistas españoles empezaron a imponer su mayor calidad técnica.
Así, cumplido el cuarto de hora de la reanudación, una buena combinación entre Biri y Marcos Alonso acabó con un balón despejado por el portero nipón que Zúñiga, muy atento, envió a la red. 0-1 Zúñiga (ESP, min. Camacho (ESP, min. Estadio Nacional (Tokio).
Nuevamente México aparecía en el camino español en la segunda jornada de un Mundial juvenil, pero esta vez las circunstancias eran muy distintas a las que rodearon el partido disputado en Túnez dos años antes. Si entonces ambos equipos llegaban con dos puntos y se jugaban el liderato del grupo, en Japón los mexicanos habían tropezado en la primera jornada con Argelia (1-1) y afrontaban el partido sabiendo que debían puntuar y esperar al resultado del otro choque del grupo para saber qué opciones reales de clasificación tendrían en la última jornada.
El primero de ellos, saldado con victoria de los juveniles por 3-0, ya había puesto sobre aviso a los técnicos de la federación española, pero el bajón físico y futbolístico de México con respecto a aquel partido facilitó mucho las cosas. Después de más de cuarenta encuentros de preparación, la selección azteca llegó fundida a Tokio y acusó aún más que la española el calor, la humedad y la falta de descanso entre jornadas.
Bien plantada sobre el campo con un 4-5-1 que devenía rápidamente en un 4-3-3 en ataque, España se adelantó pronto en el marcador gracias a un testarazo de Joaquín a la salida de un córner y dominó claramente hasta el descanso. Luego las fuerzas se igualaron, el centro del campo español perdió fuelle ...
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