Divina Se Nace No Se Hace: Un Análisis Profundo
Según Luis Junceda "en el principio fue el verbo, es decir, la palabra. Pero detrás de ésta, como resultante obligada, advino la expresión adverbial, el modismo, el dicho, en fin, ese dicho a veces sentencioso, con frecuencia divertido, y siempre, o casi siempre, reforzador del quiebro coloquial.
En este sentido, cabría afirmar que el dicho es un mensaje de urgencia y más aún: que su función es al lenguaje lo que el atajo al camino: un modo de abreviación, una vía recurrente, una pirueta de síntesis".
El diccionario de la Real Academia Española define el dicho como "palabra o conjunto de palabras con que se expresa oralmente un concepto cabal".
A lo largo de la literatura numerosos estudiosos se han ocupado de esta parcela del saber, entre ellos destacan Juan de Timoneda, Juan de Mal Lara, Gracián, Quevedo, Sebastián de Covarrubias, Gonzalo Correas, Clemencín, Pellicer, Fernán Caballero, García Blanco, Batús, Montoto, Rodríguez Marín, José M.ª Sbarbi, Ramón Caballero, Vergara Martín, Vicente Vega, José María Iribarren, Luis Junceda y Germán Díez.
Estas muestras de sabiduría popular, caracterizadas por su brevedad, abundan en Valladolid y pueblos de la provincia de donde proceden las que insertamos seguidamente.
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Explorando el Significado Detrás del Dicho Popular
Como es sabido, el nacimiento de Jesús abre el relato de los Evangelios de Mateo y de Lucas, con connotaciones diferentes, vinculadas a los contextos históricos en los que estos tomaron forma.
El Antiguo Testamento no da referencias explícitas sobre el acontecimiento, aunque está impregnado por la espera del Mesías, pero una serie de pasajes puede ayudarnos a descubrir el sentido del relato evangélico.
El libro más recurrente es el del profeta Isaías, que presenta cuatro oráculos de distinta época y de diversos géneros literarios, pero unidos por una línea de fondo: un castigo angustiante y dramático se cierne sobre el pueblo de Dios, y es de tal gravedad que pareciera que no hay escapatoria.
En el momento en que ya no queda ninguna esperanza, llega de improviso la salvación, que supera cualquier experiencia histórica y renueva el gesto creador de Dios al inicio del mundo.
En el primer oráculo (7, 1-17), Isaías invita al rey Ajaz a pedir un signo. Se trata de un hecho singular, porque normalmente es Dios el que da los signos.
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En su respuesta, el rey parece discreto y temeroso: «No quiero tentar al Señor» (v. 12), pues pedir un signo implicaría forzar la voluntad divina.
En realidad, Ajaz rechaza la oferta porque piensa en un Dios lejano a su vida e indiferente a las necesidades del hombre.
Isaías considera esta aparente piedad una actitud hipócrita, porque el rey está a punto de pedir ayuda al poder de Asiria, pues no confía en el Señor.
«Si ustedes no creen firmemente, no se mantendrán firmes» (v.
A pesar de la evasión de Ajaz, el Señor no abandona su propósito y manda al rey un signo: el nacimiento de un niño.
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«La joven está encinta y dará a luz un hijo, que llamará Emmanuel: “Dios con nosotros”» (v. 14).
La joven es la esposa del rey, que no ha tenido un hijo todavía.
El nacimiento realiza la promesa, asegura la continuidad de la dinastía, ligada al trono de David, y anuncia la salvación.
En el texto hebreo, la joven (‘almah) es una mujer en edad de casarse.
Como tal, es «virgen», y así fue comprendido e interpretado incluso antes de la era cristiana, como registra la versión griega de la Septuaginta («una virgen [parthenos] dará a luz»).
El nacimiento del hijo de Ajaz, Ezequías, asegura la continuidad del linaje y encuentra su cumplimiento en las siguientes generaciones, porque Dios es fiel a sus promesas.
El heredero de David, el Mesías, será Emmanuel (cfr Mt 1,22-23; 28,20), el Dios con nosotros, que se manifiesta en la historia.
Pero lo que el texto destaca es la iniciativa divina, que se despliega a pesar del rechazo y de la resistencia del rey.
En el segundo texto (Is 8,1-15) vuelve a aparecer el nombre de «Emmanuel». Primero en un oráculo condenatorio, motivado por la arrogancia de Rasín, rey de Damasco, y del hijo de Romelías, rey de Israel, que quieren conquistar Jerusalén.
Pero la amenaza de condena desemboca en un oráculo de liberación: habrá una invasión dramática y merecida, pero los proyectos de los invasores fracasarán, porque el nombre del niño - Emmanuel - es presagio de salvación (vv.
El tercer oráculo (8,23 - 9,6) evoca los anteriores a través del nombre del niño.
Aunque no se explicita el sujeto, la forma pasiva del verbo indica que el don del niño viene de Dios.
La profecía alude a un tiempo de oscuridad, tinieblas y sufrimiento: el rey asirio ha sembrado el terror en el Reino del Norte, en la tierra de Zabulón y de Neftalí, a lo largo del camino del mar.
Ahora la opresión ha terminado y la guerra llegó a su fin.
Isaías anuncia: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz» (v. 1); y explica la razón: «Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (v. 5).
La luz trae alegría y esperanza, y los nombres del niño anuncian un poder real: «Consejero de obras maravillosas, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz» (v. 5).
Apelativos que dan sentido y espesor al nombre «Emmanuel» y abren un horizonte infinito, en el que la promesa hecha a David se cumple en proporciones ilimitadas en la paz que no tendrá fin «sobre el trono de David y sobre su reino» (v. 6).
El oráculo es claramente mesiánico y afirma que el futuro Mesías no es un simple mensajero divino, sino que participa de la naturaleza misma de Dios.
Se trata de uno de los raros textos del Antiguo Testamento en los que la Palabra de Dios se expresa con discreción y con gran sobriedad sobre un tema nuevo y al mismo tiempo delicadísimo, por el riguroso monoteísmo que lo caracteriza.
Para nosotros, la profecía adquiere hoy su pleno significado en Cristo, mientras que en el Antiguo Testamento solo da voz a una esperanza y a una tensión hacia el futuro.
No es casualidad que los exégetas judíos asignen los primeros tres títulos a Dios y el cuarto - Príncipe de la paz - al Mesías.
Los antiguos cristianos, en cambio, siempre aplicaron los títulos a Cristo y los explicaron de la manera más simple.
El cuarto oráculo (Is 11,1-13) integra el anterior y profetiza que «saldrá un brote del tronco de Jesé […].
Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría, y discernimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de conocimiento y temor del Señor» (vv. 1-2).
Jesé es el padre de David, y su dinastía, que ahora está siendo humillada por la prepotencia de Asiria, parece un tronco roto.
Pero de este tronco nacerá un brote real: es un retoño y evoca algo del...
Tras exponeros mis iniciales conclusiones al respecto también os hablaré, al final, desde el “otro punto de vista” que me hace pensar todo lo contrario.
¿Una contradicción? No creo.
Bueno… pues vamos con ello.
Os dejo con la INTRODUCCION (a modo de anticipo) de mi segundo libro (por publicar próximamente) “El Arte de Pintar.
¡Ah!… ¿pero no es lo mismo?
Es curioso observar, en el día a día de un estudio de pintura, cómo el que se quiere iniciar en la pintura, en principio, solo lo hace con la intención de probar y comprobar si ha nacido o no para esto.
En ambos casos la idea esta ahí.
Este es el primer problema con el que nos encontramos los docentes.
Lo primero que debemos hacer es saber y conocer ¿qué es un “pintor”? y ¿qué es un “artista”?
“1. m. y f.
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