Experimento de Gemelos Separados al Nacer: Ética en Cuestión
La noticia del intercambio de niñas en un hospital de Logroño hace casi 20 años puso de manifiesto un error que alteró vidas. Un error en el hospital hizo que las niñas se fueran del hospital a un hogar equivocado: crecerían con unos padres (o abuelos) sin vinculación genética, pero creyendo que sí compartían la misma sangre. Una de las niñas ha denunciado el caso a los tribunales y pide una indemnización de tres millones de euros por daños morales. Ser intercambiado al nacer representa un caso muy atípico en sociedades contemporáneas, y es considerado como un experimento científico prohibido por razones éticas evidentes.
Pero, ¿y si el intercambio al nacer no fuera algo atípico, sino la norma? Imaginemos por un momento un futuro distópico y oscuro donde se estableciera una política autoritaria que decretara que cada bebé, después de nacer, se intercambiaría de forma aleatoria entre distintos madres y padres. No habría vínculos biológicos entre padres e hijos, tan solo sociales. Nuestros hijos no se parecían a nosotros, ni nosotros a nuestros padres. Un hijo intercambiado de una madre europea rubia con ojos azules y pelo liso podría ser, por ejemplo, un niño de África con ojos oscuros, piel de color y pelo rizado.
Un experimento de pensamiento parecido es lo que el filósofo americano John Rawls denominó “el velo de la ignorancia”. Si no supiéramos de qué raza o complexión fueran a ser nuestros hijos, nuestros ideales y acciones sobre la salud, la migración, el género o el bien común podrían cambiar. Quizá pondríamos más énfasis en el bienestar de las madres y padres, porque cualquiera podría estar cuidando de nuestros hijos biológicos, y (casi todos) queremos lo mejor para nuestros hijos. Quizá desparecería el racismo, pues nuestro hijo (no biológico) podría ser de Asia, África o Suramérica, y no querríamos que discriminaran por motivos de raza a la persona que estamos criando. Y, quizá, también se reduciría la desigualdad social: hijos de familias ricas pasarían a ser criados por familias pobres, y viceversa, posiblemente igualando los resultados de partida desiguales de estos niños a través de una redistribución aleatoria de los hijos al nacimiento.
Aunque el caso de las niñas intercambiadas al nacer en Logroño parezca un caso único, no lo es: se estima que en uno de cada mil nacimientos ocurre un intercambio por error. En la mayoría de casos, no obstante, el error se descubre antes de que madre e hija salgan del hospital. El caso de Jorge y William fue especialmente atípico porque no solo fueron bebés intercambiados al nacer, sino que, además, ambos tenían hermanos gemelos idénticos: Carlos y Wilber. Jorge creció con Carlos y Wilber con William, pero, en realidad, ninguna de estas dos parejas eran hermanos biológicos, y, por supuesto, tampoco eran gemelos idénticos. Cada uno tenía su hermano biológico en otro lugar.
Desde que se conoció el error, algunos investigadores han analizado el caso de cerca para avanzar el estudio sobre cómo influyen nuestros genes y entorno en nuestra preferencias, habilidades o comportamientos. No sin importantes controversias, el uso de gemelos como experimento natural para la investigación social ya empezó en el siglo XIX con Francis Galton, estadístico, eugenista y primo segundo de Charles Darwin. Galton ideó las bases del método de gemelos para discernir el peso de la genética y el ambiente. Si los gemelos monocigóticos, que comparten todo su genoma, son mucho más parecidos en cualquier rasgo que los gemelos dicigóticos (mellizos), que solo comparten un 50% de sus genes, se podría establecer que esta diferencia es debida a la genética, ya que tanto los gemelos idénticos como los mellizos nacen en el mismo día y comparten la mayor parte de su ambiente familiar y sociocultural.
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En la actualidad, este diseño de investigación sigue usándose de forma más rigurosa para establecer cuánto pesa la genética y el ambiente sobre la personalidad o el comportamiento. No obstante, este método aún tiene problemas: por ejemplo, los hermanos gemelos no solo comparten genética sino también su entorno (misma familia, colegio o barrio). Es por este motivo por el que los hermanos intercambiados al nacer por error en Colombia ofrecen un caso de estudio relevante para el análisis de cómo influye el entorno en el desarrollo, ya que, aunque sí compartían los mismos genes, fueron expuestos a entornos distintos.
Una pareja se crio en la ciudad, Bogotá, en un entorno de clase media; la otra, en un pueblo rural (La Paz), en el seno de una familia pobre (ver Figura). Si los investigadores encontraran que Carlos en su adultez tiene, por ejemplo, un desarrollo cognitivo superior a Wilburg, pero similar a Jorge, este resultado sería evidencia de cómo el entorno es capaz de modular el desarrollo humano, más allá de los genes.
Estas preguntas abiertas intentaron contestar distintos investigadores analizando hermanos gemelos idénticos (monocigóticos) que habían crecido en hogares distintos. En esta ocasión, los gemelos no fueron separados por error en el hospital, sino que fueron separados por haber sido dados en adopción a distintas familias. Algunas investigaciones que usaron este diseño metodológico encontraron que, en efecto, los hermanos que habían crecido en familias con más recursos económicos y culturales, tenían un mayor desarrollo cognitivo que sus hermanos genéticamente idénticos, que habían crecido en familias con menos recursos. Otros hallazgos incipientes sobre epigenética y neurociencia cognitiva (v.g., plasticidad neuronal) también apuntan en esta dirección.
El perfil epigenético hace referencia a la capacidad del entorno de modelar la activación de genes, como si se tratara de un interruptor. Esto puede ocurrir tan pronto como la gestación, donde uno de los hermanos está más cerca a la exposición de a unos impulsos (por ejemplo, el latido del corazón de la madre). Es decir, el fenotipo puede alterar el genotipo a través de experiencias como distintas gestaciones, pero también por una ocupación laboral determinada. Una investigación clásica encontró que los taxistas de Londres desarrollaron hipocampos-la parte del cerebro ocupada de la representación espacial-que eran de mayor tamaño que las personas que no conducían taxis.
El estudio de las influencias genéticas sobre los comportamientos o habilidades individuales ha sido un tabú para las ciencias sociales hasta hace pocos años. Este tabú se debe en buena medida al grave daño que hicieron las teorías de darwinismo social, las pseudociencias como la frenología, la institucionalización de la eugenesia por parte del régimen nazi, y el uso político de explicaciones genéticas para justificar la desigualdad y el racismo. Todo ello contribuyó a la preponderancia de explicaciones socioculturales e institucionales para dar cuenta de las diferencias humanas desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
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En cambio, desde la psicología, es ya un estándar en la disciplina el reconocer la influencia de la genética a la hora de condicionar probabilísticamente el desarrollo humano como una ley científica. Desde las ciencias sociales también se está empezando a seguir esta línea para estudiar cómo el ambiente o las experiencias sociales interaccionan con la genética a la hora de explicar la salud o el estatus socioeconómico. Así, el caso de las niñas intercambiadas en Logroño, o el de los hermanos colombianos, abren preguntas relevantes para la sociología, la ética o la epigenética. Por ejemplo, ¿es la influencia de la genética similar en las distintas clases sociales?
Estudios usando datos de registro con miles de gemelos plantean que el peso de la genética a la hora de explicar el nivel educativo o socioeconómico es mayor para las familias de clases sociales más aventajadas. Cabe preguntarse aquí, por tanto, qué mecanismos llevan a que la influencia de los genes y el ambiente varíe por clase social. Otra pregunta relevante puede aparecer si le damos la vuelta a la transmisión intergeneracional de comportamientos: es decir, hemos hablado hasta ahora de cómo los padres trasmiten recursos y genes a sus hijos, afectando así sus destinos, pero ¿cómo afecta la carga genética de los hijos las vidas y destinos de los padres?
Precisamente por estas complejas interacciones y correlaciones entre genes y ambiente, es sumamente difícil determinar dónde empiezan y acaban la genética y el ambiente. Con los conocimientos proporcionados por el Proyecto Genoma Humano y la recopilación cada vez más barata de marcadores de ADN para grandes muestras (biobancos), actualmente es posible medir el ADN directamente a nivel molecular y crear índices de variantes genéticas asociados a un determinado rasgo.
Quizá en un futuro no muy lejano podamos determinar con mayor precisión la delgada línea entre lo innato y lo adquirido, pero el uso que hagamos de esta información está plagado de espinosos debates éticos y morales. Desde una perspectiva más distópica, nos encontramos con el peligro de que las empresas aseguradoras se hagan con esta información para predecir el riesgo con mayor precisión y discriminar genéticamente con sus tarifas. Desde el punto de vista ideológico y moral, las posiciones más conservadoras usarán la investigación genética para argumentar que las políticas sociales son inútiles y que las desigualdades son inevitables.
Sin embargo, independientemente del peso que la biología o el ambiente tengan sobre el destino de las personas, lo que sí parece claro es que una parte de las diferencias entre individuos se debe a algo tan injusto como las loterías genética y ambiental, pues nadie elige ni sus genes, ni el país en el que nace. Las herramientas para corregir la injusticia que puede suponer la lotería del nacimiento y, hacer una sociedad más justa e igualitaria, están disponibles. Ahora solo hace falta ponerlas en práctica.
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El Caso de "Tres Idénticos Desconocidos"
La de Bobby, Eddy y David es una historia única, uno de esos historiones que hacen soñar a los reporteros con el Pulitzer y a los directores de documentales con taquillazos y paseos por la alfombra roja. Lo difícil es clasificarlo. Cuando saltó a los periódicos de EEUU, allá por los años 80, se consideró un cuento de hadas, la crónica de unos trillizos separados cuando eran bebés que se reencuentran tras casi 20 años por puro azar. Su historia es fascinante. E increíble.
¿Eddy, quién es Eddy? Una pregunta parecida a esa debió de hacerse Bobby Shafran cuando en 1980 se trasladó al campus de la Universidad de Sullivan, en Nueva York. Aunque era la primera vez que se paseaba por el centro todo el mundo parecía conocerlo. Se interesaban por cómo le iban las cosas y le trataban con una confianza que le resultaba incomprensible, con palmadas en la espalda, abrazos e incluso besos. "Yo estaba nervioso. Nunca había sido popular. Y entonces empecé a caminar buscando mi habitación y mucha gente empezó a acercárseme y a preguntar cómo estaba. Todos eran muy amigables y se desvivían por serlo", recordaría tiempo más tarde Robert: "Estaba un poco desconcertado porque a nadie lo reciben así en su primer día".
Aquel misterio empezó a aclararse cuando un joven llamó a su puerta y se presentó como Michael, compañero de habitación y amigo de aquel misterioso Eddy a quien todo el mundo parecía confundir con Robert. Aquel joven recién llegado a Sullivan era calcado, idéntico, a su amigo Eddy. El parecido era tan asombroso que Robert y Michael acudieron a una cabina, llamaron al tal Eddy y al rato estaban ya en la carretera, conduciendo para encontrarse con él. Cuando al fin se reunieron, Bobby y Eddy, Eddy y Bobby, descubrieron que eran como dos gotas de agua. Idénticos. Coincidía hasta la fecha de su nacimiento, en julio de 1961. Demasiado parecidos para tratarse de una casualidad. "El mundo desapareció y nos quedamos solo él y yo". Contra todo pronóstico, los dos jóvenes, ambos adaptados y hermanos, se habían encontrado en un puro golpe de suerte. Y eso que desconocían la existencia del otro. Ver para creer.
Su historia resultaba tan rocambolesca que no tardó en despertar el interés de los periodistas estadounidenses. ¿Gemelos o trillizos? Uno de esos artículos, en los que aparecían retratados Eddy y Bobby, risueños y abrazados, acabó llegando a algunos lectores a los que la historia les llamó la atención de forma peculiar. Y no por lo extraña que resultaba o lo estrambótico de que aquellos hermanos se hubiesen reencontrado tantos años después de separarse. Los jóvenes Eddy y Bobby eran idénticos a otro chaval de su misma edad, David Kellman, el tercer protagonista de esta historia. Y cuando hablamos de "idéntico" lo hacemos de nuevo a un nivel que solo se puede explicar por la genética.
Si la historia del reencuentro de dos gemelos que no sabían nada el uno del otro resultaba increíble, la de unos trillizos que se reúnen tras pasar sus infancias ignorando la existencia de sus hermanos era directamente un bombazo. Y así fue. De la noche a la mañana Eddy, Bobby y David se convirtieron en celebridades, el centro de un circo mediático: hicieron un cameo en 'Buscando desesperadamente a Susan', una película de 1985 protagonizada por Madonna, y llegaron a montar su propio negocio: un restaurante que, claro está, bautizaron Triplet´s y acabó triunfando entre los turistas deseosos de conocerlos. Su historia era digna de Hollywood, desde luego.
Aparte de la separación y reencuentro, los trillizos descubrieron que compartían mucho más que su aspecto: les gustaban los cigarrillos Marlboro, la lucha libre y el mismo tipo de chicas. Dos de ellos incluso habían afrontado el mismo problema de visión durante la infancia. "Todo era nuevo, todo era celebración. Pero… ¿Cómo es posible? Por grande que fuera la alegría del reencuentro, las celebraciones y la diversión, había una pregunta incómoda en la historia de Bobby, Eddy y David. Sobre todo para ellos y los matrimonios que los habían adoptado en los años 60: ¿Cómo era posible que se hubiese separado a aquellos tres hermanos al nacer?
La explicación de Louise Wise, la agencia que se había encargado de los trámites en su día, fue sencilla: había separó a los bebés por una cuestión práctica, para facilitar la adopción. Tras aquella historia de hadas, reencuentros y reuniones fraternales había sin embargo otra crónica, mucho más oscura y macabra. Si hoy la conocemos es en gran medida gracias al reportero Lawrence Wright, quien publicó un artículo en The New Yorker en el que arrojaba luz sobre lo que realmente le había pasado a los trillizos: la suya no era una historia de reencuentros emocionantes, o esa no era al menos toda la verdad.
"Parecía cosa de nazis". La frase es de Bobby y resume sus sentimientos al enterarse del experimento que había protagonizado sin ser consciente junto a sus dos hermanos. El objetivo de Neubauer era esclarecer hasta qué punto influye en nuestras vidas la genética y hasta qué punto la crianza, así que decidió realizar un experimento descabellado: separar gemelos y trillizos cuando eran pequeños para darlos en adopción a hogares en los que afrontarían educaciones y circunstancias distintas. Luego su equipo se encargaba de hacer un seguimiento de cada uno de aquellos "conejillos de indias" involuntarios.
El caso de Bobby, Eddy y David parecía preparado al dedillo. La agencia los entregó en adopción a tres hogares de diferente extracción social: uno de clase obrera, otro de clase media y un tercero acomodado. Cuando los investigadores acudían a sus domicilios a realizarles entrevistas lo hacían bajo el pretexto de que solo buscaban controlar el progreso de los niños. Pura formalidad. Nada más. "Nos llamaban 'sujetos'. Somos víctimas. Hay una gran diferencia. Ahora no queremos sonar como personas heridas y como adultos tenemos familias, hijos y somos relativamente normales; pero nos trataron como ratas de laboratorio. Nada más.
La de Bobby, Eddy y David es la crónica de una historia cambiante. Empezó como un cuento de hadas milagroso, no tardó en convertirse en la crónica de unos trillizos exultantes y acabó transformándose en la tragedia de tres jóvenes reducidos a cobayas humanas. En su historia hubo sin embargo un giro más de guion. Con el paso de los años los hermanos emprendieron sus propios caminos. Se casaron y se distanciaron. El mayor mazazo llegó sin embargo en 1995, cuando uno de ellos, Eddy Galland, se suicidó tras luchar contra una enfermedad mental.
"No sé por qué decidieron hacer esto, no puedo verlo como algo humano. No podéis jugar con las vidas humanas. Teníamos que estar juntos y nos separaron por motivos científicos", confiesa Bobby. A su cabreo contribuyen una serie de circunstancias: Neubauer falleció en 2008 y buena parte de su investigación acabó en la Universidad de Yale, donde permanecerá cerrada hasta 2065.
"Se recopilaron los datos, pero los resultados nunca se publicaron y estamos llegando a un punto en el que estamos bastante seguros de que nunca se hizo nada con eso", lamenta Bobby, que acabó ejerciendo de abogado en Brooklyn, en declaraciones a Los Angeles Times: "Entonces… ¿Qué sentido tenía todo esto, verdad?
El caso de estos trillizos plantea serias preguntas sobre la ética en la investigación y la manipulación de vidas humanas en nombre de la ciencia. A pesar de no haber podido contar con los principales responsables del experimento, la cinta incluye entrevistas a algunas de las personas que colaboraron en él, su punto de vista ofrece una comparación de los límites de lo ético existentes en la época de estos experimentos, en los años 60, y ahora. Este experimento se detuvo repentinamente, y la principal denuncia de la cinta es el embargo de los resultados en una biblioteca hasta el año 2066, por lo absurdo de que estas personas sufrieran estos daños para nada, sin embargo, las víctimas han podido tener acceso a algunos documentos.
Actualmente, hay personas en EEUU que pueden tener un gemelo y no saberlo, y existe un dilema moral y ético acerca de si deben ser informados a la edad que tienen ahora (probablemente entre 50 y 60 años) de que formaron parte de un experimento científico y de que tienen un gemelo, posiblemente fallecido, a quien nunca conocieron.
Experimentos Psicológicos Perturbadores
A lo largo de la historia, la psicología ha intentado comprender el comportamiento humano mediante una serie de experimentos que, si bien han sido cruciales para el avance de la ciencia, también han causado un gran revuelo debido a las implicaciones éticas que los rodean. Aunque muchos de estos estudios fueron diseñados para explorar los límites de la mente humana, los métodos utilizados y los resultados obtenidos resultan inquietantes. En este artículo, exploraremos los 9 experimentos psicológicos más perturbadores que nos han dejado lecciones importantes sobre la condición humana, pero también profundas reflexiones sobre la ética en la investigación.
- El experimento de la prisión de Stanford
- El experimento de Milgram sobre la obediencia
- El pequeño Albert
- El estudio del monstruo
- El experimento del apego de Harlow
- La cueva de los ladrones
- El experimento del falso prisionero
- El proyecto MKUltra
- El experimento de los niños robados
Uno de los estudios más famosos y perturbadores es el experimento de la prisión de Stanford, llevado a cabo por Philip Zimbardo en 1971. El objetivo era explorar cómo las personas adoptan roles de poder y sumisión en situaciones extremas, y el resultado fue un rápido deterioro del comportamiento humano. En menos de una semana, los participantes que hacían de guardias se volvieron sádicos, mientras que los prisioneros mostraron signos de estrés severo.
Stanley Milgram realizó su famoso experimento en los años 60 para estudiar el grado de obediencia a la autoridad. Los participantes fueron instruidos para aplicar descargas eléctricas a otros sujetos, creyendo que estas eran reales. A pesar de los gritos de dolor de los supuestos receptores, la mayoría de los participantes continuó aplicando las descargas simplemente porque se les ordenaba. Este experimento arrojó luz sobre la capacidad humana de cometer atrocidades bajo el mando de figuras de autoridad.
John B. Watson y Rosalie Rayner llevaron a cabo este experimento en 1920 para demostrar que el miedo podía ser condicionado en los seres humanos. Utilizando a un bebé llamado Albert, crearon fobias artificiales al asociar estímulos neutros con sonidos aterradores. Aunque el experimento fue clave para la comprensión del condicionamiento emocional, las repercusiones éticas de causar angustia psicológica a un niño son enormes.
En 1939, Wendell Johnson llevó a cabo lo que más tarde sería conocido como el «estudio del monstruo». Este experimento, realizado en huérfanos, pretendía inducir tartamudeo mediante la crítica constante de sus patrones de habla. Los niños que participaron en el estudio sufrieron problemas de autoestima y dificultades en el habla a largo plazo, lo que ha llevado a este experimento a ser duramente criticado por su falta de ética.
Harry Harlow llevó a cabo una serie de experimentos en los años 50 y 60 en los que separó a monos bebés de sus madres y les ofreció sustitutos de alambre o de felpa. Este experimento perturbador demostró la importancia del apego emocional en el desarrollo, pero causó un gran sufrimiento a los animales involucrados. A pesar de sus hallazgos sobre la necesidad de afecto en los mamíferos, el trato cruel hacia los monos dejó un legado sombrío.
En 1954, Muzafer Sherif realizó el experimento de la cueva de los ladrones, un estudio de la dinámica grupal que llevó a la creación de conflictos entre dos grupos de chicos. El objetivo era entender cómo se desarrollan los conflictos y cómo se pueden resolver. Aunque reveló mucho sobre los prejuicios y la cooperación intergrupal, también expuso a los niños a niveles innecesarios de estrés y manipulación emocional.
En los años 70, David Rosenhan diseñó un estudio que cuestionaba la validez de los diagnósticos psiquiátricos. En el experimento del falso prisionero, ocho participantes sin antecedentes de enfermedad mental fingieron síntomas para ser admitidos en hospitales psiquiátricos. Lo más perturbador fue que, una vez dentro, fueron tratados como enfermos mentales, incluso cuando dejaron de simular síntomas, poniendo en evidencia las fallas del sistema de salud mental.
Uno de los experimentos más secretos y polémicos fue el proyecto MKUltra, un programa de la CIA diseñado para estudiar técnicas de control mental mediante el uso de drogas como el LSD y otros métodos coercitivos. Muchos de los participantes fueron expuestos sin su conocimiento, y algunos sufrieron graves consecuencias psicológicas. Este programa fue desmantelado en los años 70, pero dejó un oscuro legado sobre los límites de la ética en la investigación científica.
En los años 60 y 70, un experimento secreto separó a gemelos y trillizos al nacer para ser criados en familias diferentes sin su conocimiento. Este experimento, que solo se descubrió años más tarde, causó una gran angustia a los hermanos cuando descubrieron que habían sido deliberadamente separados. A pesar de los intentos de justificar el estudio en nombre de la ciencia, las vidas de los participantes quedaron marcadas por esta separación forzada.
Estos nueve experimentos psicológicos, aunque perturbadores, han dejado una huella profunda en nuestra comprensión del comportamiento humano. Sin embargo, la ciencia no deja de sorprendernos, y aún hay muchos otros estudios que han marcado hitos importantes.
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