La Conjura de los Necios: Un Cántico a Nueva Orleans y un Personaje Inolvidable

28.10.2025

Con las palabras de Jonathan Swift: «Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él«, comienza La conjura de los necios.

Es una novela de culto que repele tanto como fascina. Fran G. Matute desvela el impacto de juventud que le supuso conocer a Ignatius J. Llevo cerca de 15 años buscando una novela que me haga reír tanto como La conjura de los necios de John Kennedy Toole, y hasta ahora no he encontrado nada similar, ni por asomo.

No es casual que lo primero que destaque de esta novela sea el humor, por encima de cuestiones puramente literarias o culturales. La risa es, para este que os escribe, un elemento tan fundamental como el respirar y encontrarlo en la literatura es doble goce.

Y efectivamente, sí que tiene algo de meritorio y se llama Ignatius J. Reilly, el protagonista absoluto de La conjura de los necios y uno de los personajes más repugnantes de la literatura universal. Insolente, inoperante, exasperante, impertinente… por no decir que es un gordo asqueroso y cabezón, sexualmente reprimido, que gasta un bigote infame y no ha dado un palo al agua en su puta vida.

Muchos os preguntaréis que cómo alguien en su sano juicio puede identificarse con semejante Behemoth. Yo también me lo sigo preguntando, pero me resultó inevitable en su momento simpatizar con el pobre Ignatius cuando, forzado por las circunstancias del destino, se vio obligado a hacer algo tan horroroso como «ir a trabajar«.

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Cuando uno es joven e inocente tiende a mostrarse inconformista por naturaleza y, según se mire, así me parecía Ignatius. Esta particular ‘weltanschauung’ quedaba reflejada en sus cuadernos Gran Jefe, quizás la más importante obra del pensamiento moderno del pasado siglo XX (de haber existido).

«Con la caída del sistema medieval, se impusieron los dioses del Caos, la Demencia y el Mal Gusto«, escribía Ignatius en su particular diario. Así que la época que le tocó vivir -principios de los sesenta- carecía absolutamente de geometría, teología, decencia y buen gusto, al parecer los más grandes atributos del ser humano.

Pero al margen de la lectura más o menos «científica» de lo que significa el sistema capitalista (con sus películas de Doris Day, sus repetitivas tareas de oficina, sus «cruzadas por la dignidad mora» y el horrible descubrimiento de que todos los marineros son en realidad homosexuales), La conjura de los necios es un cántico a la ciudad de Nueva Orleans.

No tengo muy claro (mi memoria no da más de sí) si fue esta novela la que puso la semilla de mi adoración por la Crescent City, pero lo cierto es que su lectura termina siendo uno de los más brillantes escaparates de la ciudad (no sólo a nivel de localizaciones sino de hábitos, acentos -imprescindible leerla en V.O.-…) e Ignatius el mejor cicerón.

En contraprestación, la ciudad le brindó al personaje una estatua en plena Canal Street, frente a los antiguos almacenes D.H. Era John Kennedy Toole un amante de su ciudad natal y La conjura de los necios es un homenaje a su idiosincrasia.

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Siempre ha sido Nueva Orleans una ciudad de contrastes, que ha sabido conjugar la tradición con la modernidad aunque la naturaleza se haya empeñado en que la ciudad no tenga futuro. Como tampoco lo tuvo Toole, que hastiado por no poder publicar su gran obra (recientemente se ha publicado la fútil batalla epistolar que mantuvo el autor con el editor Robert Gottlieb, de Simon & Schuster) terminó suicidándose en 1969, arrebatándonos la posibilidad de haber accedido, quizás, a un imponente ‘opus’ literario.

Ni los avatares para la publicación de la novela (igual de interesante resulta la odisea vivida por la madre del autor, Thelma Toole, para poder publicarla tras la muerte de su hijo, lo cual ocurrió en 1980) ni los reconocimientos póstumos (la novela recibió el Premio Pulitzer tras su publicación) han conseguido que La conjura de los necios deje de ser una obra de culto, minoritaria me atrevería a decir (a pesar del sorprendente número de ediciones que lleva en Anagrama al que yo he contribuido abundantemente a base de regalarlo a todo quisque), que repele tanto como fascina.

Es la grandeza de una novela que pudo no haber existido nunca, escrita por un genio contra el que todos los necios (sobre todo del mundo editorial) se conjuraron.

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