Paisaje en la niebla: Un viaje iniciático hacia la pérdida de la inocencia

18.11.2025

Paisaje en la niebla, perteneciente a la trilogía del silencio junto con Viaje a Citera y El apicultor, nos sumerge en un mundo perdido y en decadencia donde las raíces se han abandonado o no pueden encontrarse.

Voula, una niña de once años, y su hermano Alexandros, de cinco, que viven en Grecia con su madre, se escapan con el objetivo de llegar a Alemania a visitar a su padre. Nunca lo han visto, pero su progenitora les ha dicho que se halla en ese país. La ilusión por el encuentro los aleja del miedo. Todos los días acuden a la estación y ven partir el tren con ese destino. Y un día cualquiera se arman de valor y se suben a un vagón. La Odisea ha comenzado.

El deambular de los niños en el cine suele estar motivado por tragedias. Recordamos Alemania, año cero de Roberto Rosselini con el chiquillo Edmond intentado sobrevivir en un Berlín destrozado tras la Segunda Guerra Mundial, o Los cuatrocientos golpes de François Truffaut siguiendo a Antoine Doinel en su escapada del internado hacia el mar.

El maestro griego exhibe aquí a un mundo perdido y en decadencia en el que las raíces o se han abandonado o no pueden encontrarse. Cómicos ya sin trabajo y en extinción, estatuas procedentes de la cuna de la civilización quebradas y a la deriva, presentes desasosegantes y futuros inciertos… Todo envuelto en un paisaje invernal con nieve, hielo, prácticamente sin vegetación alguna y poco poblado.

Voula y Alexandros comienzan un viaje iniciático de pérdida de la inocencia en el que se encontrarán con el amor y la muerte, el eros y thanatos, los dos grandes temas del arte universal. Los niños, con nombres idénticos a personajes de Viaje a Citera, van a tener que enfrentarse a ese “mal” que nos resulta ininteligible y convierte al mundo en inhabitable. Hablamos de una maldad que traspasa lo que hemos establecido como delito o se considera pecado, que resiste a la articulación discursiva. Nos situamos en el turbio espacio de los noumena de Kant.

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Y acerca de la última, de la conciencia de la muerte, se les mostrará crudamente con la sobrecogedora escena del caballo moribundo. Alexandros rompe en sollozos de forma inconsolable. Mientras tanto, la vida para los adultos continúa: las bodas no interrumpen sus celebraciones y se sigue tocando, cantando y danzando. “Lo siniestro”, como Freud denominó, sale a la luz ante la visión todavía pura y sin filtros de la infancia.

La red de vínculos humanos ha pasado a convertirse en territorios fronterizos donde cada día hay que librar batallas. Las relaciones con los demás se han trasladado a ámbitos de intranquilidad y desasosiego.

Y sobre el amor, aquí nos topamos con el primero, aquel en el que “el corazón late y parece que se va a romper”, aquel en el que “te sientes fatal y te quieres morir”, como Orestes, el joven comediante susurra a Voula en esa delicada escena de despedida, acompañada con un magnético trávelin circular. Espectacular también el momento de la playa en el que la chiquilla se queda paralizada, en el que su mente es incapaz de ordenar a sus piernas que inicien el baile y huye llorando entre la tristeza y el desconsuelo.

Para ello utiliza prodigiosamente la distancia, la elipsis o el fuera de campo. Ya nos hemos referido a la escena en la que Voula escapa llorando hacia la orilla. Pues bien, en ella el objetivo la sigue para abandonarla en el instante en que éticamente sería reprobable para su interior más profundo. El autor abomina de las fronteras pero conoce a la perfección los límites que no debe traspasar. Al respecto, resulta sobrecogedora la escena de la violación. En ella, la cámara permanece estática en la distancia durante un tiempo que asemeja insoportable. Únicamente se escucha el ruido del tráfico. Al director le basta mostrar el inmediato después para exhibir la violencia fuera de escena, en nuestra imaginación, justamente como la tragedia griega.

Angelopoulos nos traslada con su obra el dolor por el peso de nuestra sangrienta historia, camino hacia el ocaso. En Paisaje en la niebla, son los niños los que simbolizan la pérdida de la inocencia de Europa. Y con su cámara nos transmite una profunda emoción con absoluto respeto sin que se invada la intimidad de cada uno.

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El realizador griego recupera en este filme al grupo de comediantes que deambulaban con sus maletas y un baúl por Grecia en El viaje de los comediantes. Trece años después y de su repaso por nuestra triste historia, primordialmente del siglo XX, se deriva en la pérdida de esperanzas y en la ausencia de raíces. Unas raíces que ya solo son posibles simbolizar en ese árbol solitario, del que luego hablaremos, en medio de la desolación.

La intertextualidad también se encuentra en en la evocación de Eleni vestida de negro en comisaría repitiendo la letanía “el ató la cuerda” sobre la muerte de su esposo en Reconstrucción. Así mismo, la escena del caballo antes mencionada con la novia escapando también recuerda la de El apicultor. Igualmente reaparecerán los hombres de amarillo, como en El paso suspendido de la cigüeña o La eternidad y un día. Aquí, operarios del ferrocarril que transitan por las vías o también hombres en bicicleta que observan extasiados la colosal mano que se rescata del agua por un helicóptero.

Angelopoulos, con su particular dilatación del tiempo, su contención y su tono emocional y poético se sitúa junto a cinematografías como la de Ozu, la de Béla Tarr, la de Tarkovski…

El griego utiliza en Paisaje en la niebla una de sus modalidades narrativas más recurrentes, el viaje, en su recorrido por la historia de Grecia, de Europa, del mundo occidental en su conjunto. Un viaje considerado como una mirada continua hacia nuestro interior, un universo que luego se proyecta hacia el exterior. Justamente en paisajes grises, brumosos sombríos y hasta desolados. Están muy influidos por un pintor compatriota, por Yannis Tsarouchis. De él capta los tonos acuarela en una Grecia alejada de la luz turística. Infancia, trenes, ríos, motivos definidos por su condición de tránsito.

La escritura fílmica del director se encuentra imbuida por un profundo contenido político, cultural, artístico y mitológico. Pareciera que Angelopoulos, en su pesimismo existencial, abrazara un maniqueísmo en ese “silencio de Dios” desgarrador. Las múltiples atrocidades del siglo XX nos enseñaron que el mal sigue muy vivo y que transitamos en la era del miedo y la negatividad. La calidez y el espíritu humano ya solo permanecen como sueño utópico, en quimeras que se propone la imaginación como posibles o verdaderas, no siéndolas. Y la confusión se envuelve en una niebla demasiado densa que cuando se despeja, deja ver un árbol solitario en la distancia.

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El montaje se ha efectuado en el plano y es en el plano secuencia donde fluye el tiempo. Nos abrazamos a ese árbol en una suspensión del flujo temporal de los recuerdos. Cuesta imaginar un paraíso terrenal sin la presencia de árboles. Y en nuestra memoria confundimos los árboles reales, los hablados, los escritos, los pintados, los filmados, los imaginados… Abrazamos al árbol mientras este calla, nos serena mientras depositamos en él nuestras esperanzas. Ellos estaban aquí antes que nosotros y seguirán aquí cuando nos hayamos extinguido.

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