Luis XV de Francia: Hijos Legítimos e Ilegítimos y el Misterio de la "Monja Negra"
En el sofisticado ambiente cortesano de Francia se desarrolló una historia intrigante sobre una joven monja negra que afirmaba, y seguramente creía, tener sangre real. En concreto, la sangre de María Teresa de Austria, Reina consorte de Francia entre 1660 y 1683.
Fue aquel un rumor cortesano surgido en la etapa más española de la Monarquía francesa, tras el reinado de Ana de Austria y durante el de María Teresa de Austria. Dos mujeres que, para desgracia hispánica, antepusieron los intereses de su país de adopción a los ibéricos. Ana de Austria, de hecho, mantuvo durante su regencia una guerra contra España que dejó al país en los huesos.
Solo con la firma de la Paz de los Pirineos, en 1659, se puso punto y final al conflicto, con condiciones favorables a los franceses, que se quedaron Artois y Rosellón, cerrando uno de los últimos flecos de la Guerra de los 30 Años. Además, el acuerdo selló una nueva unión matrimonial entre los Borbones y los Austrias a través del enlace del Rey francés con la hija del Rey español.
María Teresa de Austria, hija de Felipe IV y de su primera mujer, Isabel de Borbón, fue prometida con el monarca galo, Luis XIV, y «entregada» a los franceses en la Isla de los Faisanes, el condominio más pequeño del mundo, que hoy se encuentra en el término municipal de Irún, en un acto cuya preparación contó con la participación de Diego Velázquez.
Poco interesado por la belleza austriaca y el carácter frío de su futura esposa, Luis XIV frecuentó un sinfín de amantes a lo largo de su vida. Entre ellas, la Duquesa de La Vallière, tan hermosa como coja; la Duquesa de Orléans, su propia cuñada; y un amor adolescente que casi echa al traste el tratado con España.
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Luis se había enamorado a principios de su reinado de la ambiciosa María Mancini, sobrina del Cardenal Mazarino. Es más, el día de su primer encuentro con la española, el Rey viajó hasta la Isla de los Faisanes con la imagen de la sobrina de Mazarino clavada en su retina. No le apetecía ni un pelo casarse con esa desconocida; esa prima procedente de la belicosa y austera España.
Ni la Reina madre ni el Rey vieron en María Teresa cualidades interesantes. De carácter tímido, bondadoso y humilde, la nueva Reina era poco amiga del fasto cortesano. Se dedicó a lo largo de su vida a ayudar a los pobres y a asistir en hospitales a las curas más desagradables. A esto se sumaba que la joven no hablaba ni una palabra de francés, y moriría sin aprenderlo del todo. La Reina madre fue más obligación que simpatía la intérprete y gran protectora de la joven, pero a finales de 1664 su salud entró en caída.
Tras una breve pero intensa agonía, la viuda de Luis XIII falleció el 20 de enero de 1666 pronunciando sus últimas palabras en castellano. «Lo que he sufrido perdiendo a la Señora Reina, mi madre, sobrepasa todos los esfuerzos de vuestra imaginación», confesó Luis XIV sobre la tristeza que sintió al perder a su madre.
Tras la muerte del nexo común entre ambos, la influencia de María Teresa sobre su esposo brilló siempre por su ausencia. Con la excusa de que la dote de la Reina no había sido pagada por parte de España, Luis XIV inició la Guerra de Devolución en 1667. Un breve conflicto bélico entre España y Francia que supuso la invasión de buena parte de los Países Bajos españoles.
Solo la intervención de Holanda, Inglaterra y Suecia, viejos y persistentes enemigos de España, evitó que las posesiones hispánicas en Europa quedaran aún más troceadas. En el Caribe, los franceses apoyaron a los piratas (filibusteros y bucaneros), desde la Isla de la Tortuga, en sus ataques contra los mercantes españoles.
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María Teresa estaba atada de pies y manos mientras Francia cortaba en lonchas finas al Imperio español. Él esperaba de ella, nada más y nada menos, que cumpliera con su papel reproductor y diera a Francia hijos. En esto cumplió, salvo que lo hizo al estilo Habsburgo: tuvo seis hijos pero solo uno logró sobrevivir, el futuro Luis XV.
La hija de Felipe IV contaba bajo su cargo a un séquito de damas y consejeros, algunos españoles, para combatir el aislamiento que le brindaba la corte francesa. En este contexto, María Teresa tomó en su compañía a un joven pigmeo negro, imitando una práctica habitual en esos días entre la nobleza francesa, que le servía de entretenimiento y de cura contra la soledad. Es habitual encontrar en los retratos del periodo a niños negros disfrazados de paje al pie de las nobles.
El Duque Beaufort, almirante de la Marina, trajo de uno de sus viajes a aquel esclavo y lo presentó como obsequio a la española. El esclavo fue cristianizado con el nombre de «Nabo», tras lo cual fue integrado en el círculo de confianza de la reina. Lo que no hubiera sido más que una anécdota curiosa, se transformó en murmuraciones cuando María Teresa quedó embarazada en esas mismas fechas del que debía ser su tercer hijo.
Tras un difícil parto, la Reina dio a luz a una pequeña niña con rasgos moriscos y diversas malformaciones. La princesa solo vivió 40 días, siendo tiempo suficiente para que varios nobles desarrollaran enrevesadas teorías sobre lo que había ocurrido. Así, la mencionada duquesa anotó que, en su opinión, la criatura era hija del esclavo negro, por lo que el entorno de la reina se había obligado a simular su muerte. No en vano, eran rumores con poco fundamento.
La mentalidad exageradamente puritana de María Teresa descarta casi por completo que hubiera mantenido relaciones extramatrimoniales con «Nabo», entre otras cosas porque no se conoce ningún amante en su biografía. ¿Acaso la había forzado el pigmeo? Eso resulta todavía más disparado, porque básicamente «Nabo» era un niño de corta edad y, de hecho, corta estatura (68 centímetros).
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Los médicos de la corte confirmaron que la niña murió porque «era débil y delicada, jamás tuvo salud». En este sentido, es posible que el bebé fuera de rasgos extraños por razones que iban más allá de un mal culebrón de sobremesa. La mala alimentación de la Reina y su mala aclimatación a París ?un año antes había dado a luz a otra hija que murió a los pocos meses? abren el abanico de posibilidades a muchas causas médicas.
Es factible que la coloración oscura de la piel de la recién nacida fuera provocada por una cianosis, es decir, a una presencia de pigmentos hemoglobínicos anómalos. Eso sin tener en cuenta que la culpa pudo ser del padre. Tal vez los genes de la casa italiana de los Médici, fuertemente arraigados en la familia real francesa, salieron a flote con esa niña.
Para quienes no creyeron que la niña había muerte surgió otra teoría inverosímil: la niña habría sido criada en secreto y posteriormente se había hecho monja. Louise-Marie-Thérése (Luisa María Teresa), conocida como la «Monja Negra de Moret», personificó estos rumores y acumuló una serie de indicios para alimentar el misterio.
Su nombre era la suma del de los Reyes de Francia, tenía una pensión vitalicia asignada de 300 libras por parte de la Corona y, según se aseguró, la Reina la visitó con cierta frecuencia en la abadía de Moret-sur-Loing, donde residía la monja. También la Marquesa de Maintenon, antigua aya de los bastardos reales nacidos de los amores del Rey, se dejó ver por el convento.
La propia «Monja Negra» terminó por creerse la historia y afirmaba proceder de alta cuna, insinuando en varias ocasiones que era hermana del Delfín de Francia y del resto de hijos de María Teresa. Una mentira que fue demasiado lejos.
Una investigación de la Sociedad de Historia de París y Francia realizada a principios del siglo XX concluyó que Louise-Marie-Thérése no era la hija secreta de los reyes, sino una huérfana entregada al convento por Madame de Maintenon, amante del Rey e importante figura política. Los verdaderos padres de la joven eran una pareja de moros que trabajaban en la ménagerie real (un precursor del jardín zoológico moderno).
El aprecio de Luis XIV hacia este morisco motivó que, tanto la Reina como él, figuraran como padrinos de la niña. Esto explicaría que la joven se refiriera al Delfín de Francia como su hermano. Más allá de aquel rumor tan infantil, la vida de María Teresa transcurrió de forma discreta.
La indiferencia del Rey, su esposo, le causaba lágrimas y «a veces parecía que su corazón iba a estallar de tanta agitación», cuenta Madame de Motteville. Pero lo cierto es que nunca estalló, se pasó su vida llorando en silencio y sin molestar. Salvo por una breve regencia, en 1672, no desarrolló actividad política alguna. En 1683, cuando solo contaba 44 años, una enfermedad acabó con su vida.
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