Madre e Hijo: Rompiendo Tabúes y Desafiando Expectativas
El silencio absoluto lo rompe Cloe, de 27 años, con un deseo escondido como un gato debajo de un coche. Grita: “Un deseo, que en teoría yo no tengo, porque lo que tengo es, según mi diagnóstico, retraso mental leve del 65%”. El escenario hierve y prosigue: “No tenemos ningún deseo. No tenemos ganas de follar ni ganas de formar una familia. No tenemos instintos. Las chicas con discapacidad intelectual del 65% somos ángeles que volamos junto a la gente normal haciéndoles sentir cosas agradables.
Y sí, tanto Cloe como otras Cloes tienen deseos e instintos sexuales hacia con otras personas, también, en algunos casos, ganas de maternar y formar familia. Madre de azúcar es la obra que aborda el complejo tema y que finaliza su programación esta semana en el Centro Dramático Nacional en Madrid. “Azúcar” es lo que son los niños o las niñas que juegan pero no cuentan, que ni suman ni restan, que no pueden ser eliminados ni eliminar.
Todo empezó con la capacidad de escucha y alta dosis de empatía de la directora: “Abrimos un aula de teatro para personas con diversidad funcional en Banyoles y muchas mujeres sacaban el tema de ser o poder ser madres”. Relata que había una improvisación y hacían un parto o interpretaban tener un bebé y darle teta o una ponía en marcha una escena en la que tenían su propia familia. Clàudia Cedò lleva más de 15 años trabajando con algunos de los actores y actrices con diversidad funcional que suben al escenario de Madre de azúcar, su compañía se llama Escenaris Especials.
Y la bola echó a rodar cuesta abajo. “Empezamos a plantearnos que, si ellas verdaderamente querían serlo, ¿qué pasa? Duro. En algunos casos, con diagnóstico de discapacidad y viviendo en un centro no es fácil, puede que incluso intervenga Asuntos Sociales y les quiten la tutela”, dice.
Madre de azúcar brinda voz a distintas posturas: el deseo de menstruar, tener sexo y concebir de una persona discapacitada; las objeciones y el rechazo de la posible abuela; la visión protectora y paternalista del director del centro en el que vive Cloe (en un piso tutelado); la educadora social que considera que puede ser posible pero con apoyo y acompañamiento; así como las posturas de distintos amigos y amigas de Cloe a quienes les parece una decisión acertada o no, dependiendo del nivel de miedo que se les haya insuflado en el cuerpo.
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Maternidad y Discapacidad: Una Realidad Compleja
Inma Cateura es una de las voces expertas. “Tengo una discapacidad intelectual del 38% y tres hijos, una de 39, una de 38 y otro de 36. Ha sido una maternidad muy dura porque nadie me ha ayudado, más allá de mi padre y mi exmarido, pero he salido adelante”.
“Me quedé embarazada con 16 años y aquello parecía una locura. Vivía en un pueblo y nadie lo entendía. Yo decidí no operarme ni tomarme pastillas anticonceptivas. Quería ser madre y lo fui”, cuenta Cateura, que sigue trabajando como limpiadora en la Fundació Ramón Noguera, donde también trabaja su hija mediana. “Yo pensaba: soy discapacitada, ¿puedo cuidarlos bien? ¿Sabré ponerles la ropa o el pañal o hacer gestiones? Los pequeños detalles se me hacían muy grandes, pero lo conseguí”, señala con una sonrisa gigante en la boca.
La hija mayor es funcionaria de la Generalitat y el hijo menor, informático. “Como siempre digo: soy discapacitada y mis hijos ni se drogan ni toman alcohol ni son malas personas.
La educadora social Ida Ventura lleva más de 12 años trabajando con personas con discapacidad intelectual en el ámbito social: “Soy madre y como madre el tema me toca la fibra, me hace pensar en otras mujeres que por la condición con la que han nacido se les ha privado de la maternidad. Por decisiones sociales, políticas o familiares externas a lo que ellas quieren para su vida”. La educadora social de la obra la conecta con su trabajo, ya que Ida también ha tenido que acompañar a mujeres discapacitadas que eran madres o a mujeres a las que les hubiera gustado serlo, aunque los peros se les hicieron montaña.
“He conocido a mujeres que no se les ha dejado ni siquiera menstruar porque desde muy jóvenes ya se les ponía el implante o las pastillas. Se les ha robado incluso sus ciclos menstruales y conectarse con sus cuerpos”, señala.
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El deseo sexual también es tabú. “Como muchos aspectos en la vida y en todo ser humano, lo de ser capaz o no de criar y cuidar, se tendría que sopesar de forma individual sobre las capacidades, red de apoyo, pros y contras de cada persona. En la decisión final debería estar acompañada pero en sus propias manos”, dice.
Lo que sí es innegable es que todas las mujeres necesitamos ayuda y recursos para maternar. “Quizá yo necesito un hombro en el que llorar cuando llevo mil noches sin dormir cuidando a mi bebé y una mujer como Cloe necesita una externa que le ayude con sus sueños para ver cuáles quiere o puede materializar y cuáles deben seguir siendo sueños”, dice.
“Los títulos generalistas, como que todas las personas con discapacidad intelectual o mental no pueden tener hijos, yo te digo que no estoy de acuerdo”, apunta. Ella defiende que, igual que tienen el apoyo a la autonomía de las casas, con educadores que van a los pisos de personas que deciden vivir solas, “un apoyo a la maternidad podría ser una opción y posible”. Aunque añade: “Primero hay que ir al inicio: que una chica joven pueda descubrir su sexualidad tranquila y segura.
Estrella Gil decidió tener un hijo y su discapacidad física no se lo impidió. Habla con dificultad, pero razona casi mejor que algunas personas capacitistas. “Voy en silla de ruedas y cuando a mi hijo le daban las rabietas, esperaba tranquilamente a que se calmara. Luego le cogía y le hablaba”, cuenta.
Gil dice que cuando contó a los ginecólogos, 13 años atrás, que quería ser madre, alguno le miró con una ceja levantada: “No llevaba a mi hijo en carrito, lo porteaba y tan a gusto. Lo único que no he podido hacer nunca es bañarlo, pero su padre lo asea y así nos arreglamos”. Estrella Gil reconoce que maternar desde una silla de ruedas no es tarea fácil, pero que con amor y empeño, se consigue. Tiene una web llamada Maternidad adaptada, y un libro con el mismo nombre.
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El Tabú del Incesto y las Relaciones Familiares
El tabú del incesto es una norma cultural que prohíbe las relaciones sexuales entre parientes. Todas las culturas han definido los emparejamientos matrimoniales adecuados y no adecuados y por lo general ciertos parientes cercanos están excluidos como posibles parejas.
Para algunos autores, la prohibición del incesto es una construcción cultural que surge como un efecto secundario de una preferencia humana general por la exogamia del grupo, ya que los matrimonios mixtos contribuyen a construir alianzas valiosas que mejoran la capacidad de ambos grupos para prosperar. Para otros autores, se basa en una preferencia biológica de parejas con las que es poco probable compartir genes, ya que la consanguinidad puede tener resultados perjudiciales. Otra explicación quizá más verosímil es que las primeras poblaciones cazadoras-recolectoras eran necesariamente pequeñas (alrededor de 30 individuos) y muy sensibles a los desequilibrios en la sex ratio. Por ello, existiría una tendencia natural a emparejarse con individuos de otras poblaciones. Los desequilibrios en la sex ratio también podrían estar en el origen de la poligamia, tan frecuente en las sociedades humanas.
Ningún varón se llegue a parienta próxima alguna, para descubrir su desnudez.
Cuando la Madre No Es Buena Madre
No siempre la madre es una buena madre. Y no ser una buena madre tiene poco que ver con lo que la mayoría imagina.
La relación con la madre es de las más importantes que se establecen en la vida. De ahí que si esta es mala las consecuencias para el hijo y, muy especialmente para la hija, pueden generar muchos conflictos en la personalidad del adulto. La figura de la madre es sagrada en prácticamente todas las culturas y a lo largo de la historia. Sin embargo no siempre la madre es una buena madre. Y no ser una buena madre tiene poco que ver con lo que la mayoría imagina. Ser una buena madre implica generar una serie de sentimientos en los hijos que conduzcan a caminar seguros por la vida. Esto, que parece tan de serie, no siempre sucede y cuando una mujer no ejerce como madre tal y como la psicología de su hijo requiere, lo más probable es que este no solo no pueda reconocerlo de adulto sino que, es bastante lógico que no quiera hacerlo. Reconocer que una madre no ha sido una buena madre es duro y no siempre se puede llegar a dicha conclusión.
¿Pero qué es exactamente una mala madre? ¿O eufemísticamente una madre no buena? Básicamente es lo que se conoce como una madre tóxica. Olga Carmona, psicóloga que atiende en Psicología Ceibe y con una dilatada experiencia profesional define a una madre tóxica como “aquella que establece con sus hijos una relación insana, basada en un vínculo patológico que obstaculiza el normal desarrollo psicoafectivo de sus hijos”. ¿Significa esto que no quieren a sus hijos? “Cuando decimos que hay madres y padres que no quieren a sus hijos parece que esto fuera imposible porque es anti natura y sin embargo es bastante más frecuente de lo que nos gustaría creer ya que el amor es un constructo abstracto y cada persona hace una construcción de su significado de acuerdo a su biografía, a su personalidad, a su historia. Y, efectivamente, hay seres humanos que no tienen la capacidad de amar”, sostiene.
Decir que hay madres que no saben o no pueden amar a sus hijos es atentar contra uno de los tabúes más sagrados de prácticamente todas las sociedades, donde se venera a la figura de la madre y nadie lo cuestiona. Y esta creencia marcada a fuego en el consciente colectivo, les confiere a estas mujeres tóxicas un poder casi absoluto pero, ¿cómo son esas mujeres? La experta lo detalla: “Suelen ser mujeres que han llegado a la maternidad por caminos que se alejan bastante de un mínimo nivel de conciencia y de libre elección, mujeres empujadas por la edad, por la presión social, por no ser cuestionadas, por hacer una huida hacia adelante, por tener una idea romántica e infantil de lo que verdaderamente es tener un hijo; porque no nos engañemos, para las mujeres antes y ahora, renegar de la maternidad o simplemente ejercer el derecho a no serlo, no es algo aprobado por la sociedad”, afirma.
Aquellas mujeres que han decidido libre y abiertamente no ser madres han sido miradas con recelo y suspicacia por la mayoría de su entorno, sin embargo, agrega, “aceptaron gestar, parir y criar como algo inevitable”. “Y la maternidad no es fácil, es un camino complejo, una experiencia vital que no deja intacta ni una sola molécula de nosotras mismas, transformadora siempre. En este contexto no es difícil explicar que algunas de estas mujeres, atrapadas también por su propia crianza dañada, reproduzcan la herida y establezcan con sus hijos relaciones que nada tienen que ver con el amor incondicional, generoso y maduro que un niño necesita para poder aprender a ser”.
Varias maneras de ser una madre tóxica
Existen varias versiones de madres tóxicas. Están las que se victimizan y usan la culpa como principal estrategia de manipulación, las negligentes que convierten en madres a sus hijas en un perverso intercambio de roles, las ambivalentes que tratan a sus hijos en función de su estado de ánimo o interés, las abnegadas que hacen todo por ellos para después pasar unas facturas emocionales y vitales imposibles de pagar...
Se trata, explica Carmona “en la mayoría de los casos de mujeres muy narcisistas o infantilizadas”. Otras, agrega, “son mujeres amargadas, cuya vida no se parece en nada a lo que esperaban, profundamente infelices, que usan de chivo expiatorio a sus hijos proyectando en ellos el foco de su insatisfacción. Y aunque estoy poniendo el acento en las madres en tanto su sombra es enormemente alargada y su influencia total, necesitan un cómplice que retroalimente su toxicidad. Lo habitual es que la pareja tenga ya una forma de relacionarse patológica y obviamente, esto trasciende a los hijos. Por lo tanto donde hay una madre tóxica podemos hablar de un sistema tóxico o enfermo, altamente contagioso. Los hijos son rehenes atrapados que crecerán dentro de él, normalizando lo anormal, lo que hace tan difícil de detectar más tarde la causa de las heridas”. Al final, el legado que estos hijos heredan tiene varios denominadores comunes: inseguridad, baja autoestima, relaciones personales de dependencia cuando no directamente de maltrato, necesidad extrema de aprobación, autoexigencia brutal, reproducción de patrones vinculares tóxicos, dificultades para establecer relaciones con profundidad emocional, sentimiento de insatisfacción y vacío vital.
La mayoría no saben por qué, no encuentran la razón de sus fracasos emocionales o vitales. “Para un ser humano es muy difícil encajar esa falta de amor primario, ese desamparo absoluto, ese aprendizaje deformado de cómo es verdaderamente sentirse querido y en muchos los casos, explica la psicóloga, resultan ser personas exitosas y competentes en lo profesional porque han encontrado ahí una fuente de autoestima del que tienen el control: La autoexigencia, el perfeccionismo, el tratar de estar siempre a la altura de unas expectativas voraces o ambiguas, que nunca se satisfacen, construyen modelos de personalidad que ponen gran parte de energía en demostrar de lo que son capaces. Han interiorizado que tienen que demostrar que son dignos de ser queridos, pero no por quienes son, sino por lo que hacen. Aprendieron que la atención, la caricia, la palabra amable, eran condicionales, había que ganárselo, demostrando algo”.
Pero en lo personal -agrega- “van a literalmente a la deriva, como islotes aislados que flotan sin control, acumulando fracasos y vacíos para los que no hay respuesta. La ausencia de un amor parental sano crea estructuras psíquicas desorganizadas que afectan a muchas áreas de la personalidad, por ejemplo un estado crónico de avidez afectiva, un miedo patológico al abandono, ansiedad generalizada, percepción de no merecer ser querido, rabia e ira, depresión, consumo de alcohol y otras drogas...”
A esta indefensión crónica hay que sumarle la incomprensión de los otros: “una sociedad dispuesta a mirar para otro lado ante una realidad tan antinatural, tanto que muchos llegan a dudar hasta de su propia salud mental porque a años de maltrato emocional, hay que sumarle el silencio y la falta de apoyos. Y esta una realidad tan desconocida y tan tapada, tan oculta en el corazón de cada familia, que la mayoría de los psicólogos que pasen por sus vidas no sabrán gestionar y les dirán que para sanar “deben perdonar”, dejándoles otra vez solos y confusos.
Sin embargo, yo no creo en el determinismo. Conozco de primera mano la capacidad de superación y resiliencia que habita en cada persona. Siempre hay una cuota de libertad que nos permite tomar el control de nuestro presente y trabajar para el futuro. Pero no es posible hacerlo a ciegas, tapando o deformando el pasado, reinventado el relato de nuestra historia a fin de que hacerlo menos doloroso, justificando a quienes nos causaron una herida tan profunda. Se requiere voluntad y sobre todo mucha valentía, nombrarlo, traerlo a la conciencia tal y como fue, sin adornos, y desde ese dolor hacer un duelo, reconocer la orfandad de los padres que no tuvimos, asumiendo sin culpa alguna que la madre y el padre no se eligen y que venimos al mundo programados para amar a quien nos toque para criarnos.