Pierdo los nervios con mi hijo: Cómo recuperar la calma y reconectar
“Pierdo los nervios con mi hijo” es una frase que muchas madres y padres repiten con culpa y frustración. Si tú también te sientes así, no estás sola. La crianza es un reto constante, y mantener la calma cuando estamos cansados o desbordados no siempre es fácil.
En este artículo te ayudamos a entender por qué ocurre, cómo afecta a tu hijo y qué estrategias puedes aplicar para sentirte mejor contigo misma y reconectar emocionalmente con él.
¿Por qué pierdo los nervios con mi hijo?
Existen varios factores que pueden contribuir a que pierdas los nervios con tu hijo:
- Fatiga física y emocional: La falta de descanso, el estrés o la carga mental son detonantes habituales.
- Expectativas poco realistas: A veces exigimos a los niños comportamientos que aún no pueden gestionar por su edad.
- Ira desplazada: El enfado puede no tener que ver con el niño, sino con otros aspectos de tu vida.
- Falta de apoyo o autocuidado: Si tú no estás bien, es más fácil perder el control.
¿Qué pasa cuando pierdo los nervios con mi hijo?
Cuando gritamos o reaccionamos de forma impulsiva:
- El niño puede sentirse inseguro, asustado o rechazado.
- Se rompe la conexión emocional momentáneamente.
- Aprenden a resolver conflictos desde el miedo o la sumisión.
Pero no te preocupes: siempre estás a tiempo de reparar y mejorar la forma en que gestionas estas situaciones.
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Todos conocemos familias donde los gritos son la forma de comunicación normal. Cuando los niños son pequeños la pareja se comunica así. No se trata de que siempre estén discutiendo, no nos referimos exclusivamente a esos casos, sino de hogares en los que el ruido es elevado, la tele siempre está puesta y en casa existe la norma no escrita de que quién grita es quién se hace escuchar.
El grito tiene una finalidad muy concreta en la naturaleza: es una señal de alarma que genera miedo, expectativa y activación. Entendiendo esta base biológica es fácil deducir que desarrollarse en un entorno donde los gritos son continuados hace que el cerebro de la persona se mantenga en constante alerta.
Pero la naturaleza es muy práctica y si vive en estado de alerta, generando estrés crónico, buscará la manera de defenderse. Un estilo de comunicación agresiva genera respuestas defensivas de la misma intensidad y con una importante carga emocional.
Hay numerosos estudios que han demostrado cómo afectan los gritos emitidos con regularidad sobre el desarrollo del cerebro infantil. Es fácil que los niños aprendan a responder a los gritos con conductas agresivas o defensivas. Si el hijo ha aprendido a inhibirse, a encerrarse en sí mismo para aislarse de la violencia, aparecerán síntomas depresivos.
El principal problema es que, cuando uno ha crecido de esta manera, le cuesta darse cuenta de que su forma de comunicarse no es sana o trasmite angustia. Es cierto que, si nuestra familia tiene esa tendencia gritona, no podemos pretender cambiar las dinámicas familiares de un día para otro. No sería un objetivo realista. Sin embargo, una vez que nos hemos dado cuenta, nosotros sí que podemos hacer algo.
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Gritar es perder el control y, generalmente, la razón. Entrena para parar antes de gritar, cálmate antes de actuar, piensa en lo que quieres expresar y en otra forma de decirlo. Reconoce y evita tus estresores. Cuanto más acumulemos más fácil será perder el control. No culpes a los demás si pierdes los nervios. Los gritos no educan.
No queremos niños sumisos, sobreprotegidos, tiranos sino que queremos formar con nuestra educación a nuestro hijos de la mejor forma posible para crear un adolescente autónomo y responsable. Cuando nuestros hijos sean adultos tendrán una serie de derechos y deberes, pues en la actualidad es hora de que tengan obligaciones y derechos acordes a la edad que tienen.
En algún momentos de la crianza de nuestros hijos yo pierdo los nervios, es normal nos pasa a todos. Como fuimos criados y educados por nuestros padres, porque ocultamos en nuestro interior esas heridas de la infancia, que son necesidades no cubiertas cuando eras tú el niño. Además hemos ido acumulando experiencias y miedos en nuestra mochila de padres de forma inconsciente.
Lo ideal, es poner pocas normas, pero que sean claras, específicas de lo que pides a tu hijo, y aplicar consecuencias reales al límite transgredido. Todo lo que haces y dices, guiará el camino de tu hijo, sé el ejemplo para ellos.
Llega el final del día, estás cansado de tu jornada laboral y quieres llegar a tu casa para estar tranquilo con tu familia, y entonces cualquier tema, aportación que realiza tu hijo te hace sacar de tus casillas y pierdo los nervios.
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Las normas que nos ponen nuestros padres nos proporcionan protección y seguridad, y es lo que necesita tu hijo para prepararse en la etapa adulta.
Muchas veces nuestros hijos, no nos entienden lo que quieren que hagamos. Es un error porque desconocen específicamente qué es lo que tienen que hacer. Muchas veces queremos enseñar a realizar la tarea a nuestro hijo, pero no tenemos el tiempo para hacerlos responsables de la tarea y pierdo los nervios.
Es normal que a ciertas edades, nuestros hijos nos pierdan el respeto y comiencen a desafiarnos constantemente, suele producirse cuando realizamos una crianza protectora, y nuestros hijos no toleran la frustración y lo pagan contra sus padres. Es de vital importancia para una crianza saludable, que cada uno sepa los roles que tiene en esta etapa. Si hay una base de respeto entre las partes y cada uno asumimos nuestro papel en el rol que nos toca, este problema va a desaparecer.
Vivimos en una sociedad en la que los adultos creen que tienen que ser responsables de todo lo que hacen sus hijos. En principio es así, hasta que cumplan cierta edad, nosotros somos responsables de lo que hacen, pero ellos tienen que asumir las consecuencias de los actos que realizan. Todos somos responsables de nuestros actos, y por ello nuestros hijos necesitan ser responsables de las acciones que están realizando, y asumir las consecuencias de esas acciones, siendo acordes a su edad y al límite que han superado.
7 estrategias para dejar de perder los nervios con tu hijo
- Haz una pausa antes de reaccionar
Si notas que estás a punto de estallar, aléjate unos segundos, respira profundamente y permite que tu cerebro se calme.
- Identifica tus detonantes
¿Hay momentos del día o comportamientos que te alteran más? Conocerlos te ayudará a anticiparte.
- Baja el volumen
Hablar más bajo que tu hijo reduce la tensión. El tono tranquilo capta más atención que los gritos.
- Cuida de ti
No puedes dar calma si tú no la tienes. Prioriza el descanso, la alimentación y el tiempo personal siempre que puedas.
- Ajusta tus expectativas
Recuerda que los niños están aprendiendo. No saben autorregularse solos, y tu acompañamiento es clave. Sobre todo, cuando son niños de perfil emocional fuerte.
- Usa la disciplina positiva
En lugar de castigos, usa consecuencias lógicas, empatía, límites claros y lenguaje respetuoso.
- Refuerza los momentos buenos
Presta atención a cuando tu hijo colabora, espera, comparte… y házselo saber. Eso fortalece la relación y previene conflictos.
¿Y si ya he perdido los nervios?
Te doy una buena noticia: reparar es posible. Y no solo eso, reparar fortalece el vínculo.
- Pide perdón: “Lo siento por haberte gritado. No fue la mejor manera de decirlo”.
- Explica lo que te pasó: “Estaba muy cansada y no supe controlarme”.
- Reafirma tu cariño: “Te quiero mucho y estoy aprendiendo a hacerlo mejor”.
¿Cuándo buscar ayuda profesional?
Si sientes que pierdes los nervios con tu hijo muy a menudo, si después te invaden la culpa o la tristeza, o si notas que tu hijo se aleja emocionalmente, considera pedir apoyo.
Un acompañamiento respetuoso puede ayudarte a comprender tus emociones, mejorar la comunicación con tu hijo y recuperar la armonía en casa. Y, sobre todo, si ya hay conductas agresivas.
Daniel Bezares, a través de Desaprendo.com, ayuda a padres y madres a educar sin gritar, para mejorar las relaciones entre padres e hijos, sobre todo adolescentes. Cada día recuerda a los padres la importancia de no gritar para comunicarse, porque tiene efectos negativos en el desarrollo de los menores.
"Los gritos tienen un impacto directo en nuestros hijos. Si les gritamos, ellos también van a gritar. Por neuronas espejo nos van a imitar. Y además vamos a provocar baja autoestima o van a tener en un futuro dificultad para gestionar su propia ira si nuestra relación con ellos ha sido a través de los gritos", alerta el experto.
Una cosa es que se nos escape un grito en un momento puntual y otra muy diferente que sea algo continuado: utilizar la agresividad verbal y el miedo como forma de resolver los problemas.
"Los gritos generan estrés, ansiedad, incluso depresión y trauma. Puede haber efectos en el largo plazo muy graves que nos hacen desconectarnos con nuestros hijos y que se enfríe la relación", incide Bezares.
En la misma línea se pronuncia Sara Tarrés, psicóloga infantil y autora del libro 'Mi hijo me cae mal'. Cree que los gritos no sirven: "Puede frenar un mal comportamiento, pero a la larga esto no tiene ningún efecto, porque el grito no educa. Y a nivel emocional les puede generar miedo o rabia , a nivel social, como copian lo que realizamos, acaban replicando esa conducta con sus compañeros y se vuelven unos gritones o acaban ejerciendo este tipo de violencia verbal sobre los demás", explica.
La experta advierte además de que, cuando los gritos son habituales se convierten en maltrato hacia los menores. "Un grito habitual, constante y muy frecuente es un tipo de maltrato", asevera.
Ese pensamiento es compartido por la Fundación Words Matter de EEUU, que encabeza un proyecto, publicado en la revista académica 'Child Abuse&Neglect', que ha analizado 166 trabajos: pide que el abuso verbal infantil sea reconocido como "una forma de maltrato". Considera que las consecuencias pueden llegar a durar toda una vida y crear problemas emocionales y psicológicos que deriven en obesidad, abuso de drogas o autolesiones, según un comunicado de los responsables del estudio.
La buena noticia es que existen recursos para evitar llegar al maltrato y erradicar los gritos a la hora de educar, algo que se puede desaprender.
Es lo que propone Bezares a través de su programa: el especialista sostiene que es posible acabar con los gritos como forma de comunicarse en solo tres semanas. ¿Cómo? "Conociendo cuáles son nuestros disparadores, cuáles son los contextos que hacen que gritemos, cuáles son las cosas que nos alteran y cuando notemos ese impulso, la mejor herramienta es pararnos, respirar, identificar la emoción que estamos teniendo y si es necesario retirarnos de la escena", explica.
Para que nuestro cerebro vuelva a la calma, aconseja reflexionar y relativizar lo que está ocurriendo, porque seguramente "tenga menos importancia de lo que nos transmite nuestro cerebro". Las herramientas existen, ahora depende de nosotros intentar utilizarlas y aplicarlas, asimilando que el grito no añade y solo resta.
Ser padres no es una tarea fácil, pero tampoco es tan duro como nos lo han pintado. Es posible educar sin perder los nervios, hoy te cuento los motivos que desencadenan estas reacciones y las claves para conseguir controlarlas.
Si hay algo que tienen en común todos los papás y las mamás es querer hacerlo lo mejor posible y ofrecerles la mejor educación a sus hijos. Por suerte, en los últimos años contamos con unos derechos y libertades que hacen que el mundo se rija por unas normas y límites un poquito más coherentes y respetuosos para todos.
Vamos dejado atrás ese “cuando venga papá te vas a enterar”, porque en la mayoría de las familias, papá y mamá educan en la misma línea, con la misma voz y el mismo voto, y esto provoca que los niños también quieran tener voz y voto, como personas de pleno derecho que son.
-Para educar desde el respeto, lo primero que tenemos que hacer es respetar-
En este sentido, tenemos una gran responsabilidad. Debemos enseñar a nuestros hijos esas habilidades y destrezas que queremos que les acompañen a lo largo de sus vidas, habilidades que harán que vivan en un mundo mejor para todos.
Necesitamos que nuestro trato con la infancia sea respetuoso, y en este punto, no solo hablo de respetar las necesidades de los niños, porque caemos en la permisividad, en que los niños hagan y digan siempre lo que ellos quieran.
No queremos niños tiranos que exijan y solo miren sus derechos como si los demás estuviésemos a su alrededor solo para hacerles felices. Cuando nuestros hijos sean adultos tendrán una serie de derechos y deberes.
Todos, sin excepción, hemos vivido momentos en los que nos cansamos de negociar con nuestros hijos y acabamos amenazando, chantajeando y gritando a esos seres que queremos de forma incondicional.
Para poder entender por qué ocurre esto si sabemos toda la teoría, sabemos las consecuencias negativas para nuestros hijos de estas acciones y contamos con herramientas para hacer las cosas de otra forma, es importante que seamos conscientes de que necesitamos conocernos, saber quienes somos, cómo hemos sido criados, educados, y detectar nuestras carencias, esas necesidades no cubiertas como niños y como jóvenes.
-Necesitamos sacar a la luz todas las heridas de nuestra infancia y con esfuerzo, trabajo diario y constancia, trabajar mucho para sanarlas, para poder ofrecer nuestra mejor versión a nuestros hijos-
Con la llegada de la maternidad aparecen muchas luces y sombras. Vivimos en un mundo adulto, una sociedad muy desconectada de la infancia, donde priman las necesidades de los adultos sobre las de los niños.
Necesitamos conocernos, pero también es fundamental conocer la infancia, nos hemos desconectado de la crianza y los ciclos de la madre naturaleza.
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