¿Qué dice la Biblia sobre el aborto? Interpretaciones y Perspectivas
El debate sobre el aborto es un problema humano ante el cual “se hace cada vez más difícil una discusión serena y equilibrada”. De hecho, el debate sobre el aborto ha llevado y está llevando a una fragmentación de nuestra sociedad, puesto que son muchos los factores que están implicados: científicos, médicos, jurídicos, morales, religiosos, sociológicos, opciones políticas, diferentes sensibilidades, presiones de la ideología feminista, presiones de la llamada ideología de género y difusos complejos de culpa.
La misma palabra aborto es una palabra desagradable, su etimología del latín (ab-ortus, apartado del nacimiento) tiene siempre resonancias negativas, puesto que el nacimiento, el dar a luz, la apertura de los ojos a la vida, ha sido en todas las culturas un motivo de alegría y de regocijo.
Aunque pueda parecer por los datos estadísticos actuales que el aborto goza de una amplia aceptación social, desde 1985 hasta 2012, aplicando las leyes, no se les ha dejado nacer en España a más de un millón ochocientos mil niños. Todo aborto es un fracaso.
Es, pues, interesante caer en la cuenta qué pensaron generaciones anteriores a la nuestra ante este problema humano. Quiere justificarse el aborto porque que hoy día se considera como un hecho socialmente aceptado y que, por tanto, ya no debe ser considerado en el marco de los muchos tabúes sexuales superados por una sociedad abierta y desarrollada; tabúes sexuales ancestrales que la práctica cotidiana va desdibujando y que se han desmoronado con el tiempo, como podrían ser: algunos tipos de danza considerados indecentes en tiempos pasados, el seminudismo de nuestras playas, admitido hoy con toda naturalidad, e incluso las relaciones sexuales fuera del matrimonio o en diferentes grados durante el noviazgo.
Interpretaciones Bíblicas y el Comienzo de la Vida
Aquellos que leen, creen y se preocupan profundamente por aplicar correctamente la Palabra de Dios (2 Timoteo 2:15) han argumentado durante mucho tiempo que la Biblia enseña que la vida comienza en el momento de la fecundación.
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En el cigoto está toda la información constitutiva de la especie, como lo confirma la embriología comparada.
El primer paso en el camino del desarrollo humano es la fecundación. Un total de veintitrés cromosomas de la madre y veintitrés cromosomas del padre se fusionan en el momento de la fecundación; y en ese instante se determina la conformación genética de un nuevo individuo único que empieza a existir y que conocemos como el cigoto.
Es innegable que el cigoto que se forma en la fecundación es distinto a todos los demás, y sabemos que si sobrevive llegará a ser una persona con su propio conjunto único de genes.
Se usa a veces el fenómeno de los gemelos para argumentar en contra de esta posición, porque hasta el día 14 existe la posibilidad de que el cigoto se escinda para producir gemelos. Los que se oponen al punto de vista genético dicen que en el cigoto no hay singularidad, ni humanidad, ni personeidad (es decir, calidad de persona, o en inglés, personhood), hasta que ya no exista la posibilidad de gemelos.
Otra objeción a este punto de vista señala que muchos huevos fecundados nunca logran a implantarse. Sin embargo, ninguna de estas objeciones se puede defender fácilmente. En cuanto a la lógica, la objeción con respecto a los gemelos se queda corta al tener en cuenta la existencia de los así llamados gemelos siameses. En tales casos, el cigoto no se escinde por completo y los niños nacen unidos. Hasta pueden compartir ciertos órganos. No obstante, ambos gemelos tienen personalidades distintas y son individuos distintos. La segunda objeción, la alta taza de pérdida de cigotos, tampoco es lógica.
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En el Nuevo Testamento encontramos en la carta de Pablo a los Gálatas (Gal 5, 20) y en varios textos del Apocalipsis (Ap 9, 21; 18, 23; 21; 8) la condena del uso de los “pharmakeia”; dado que tanto en Pablo como en el Apocalipsis esta condena está referida en un contexto donde también se censura la fornicación, algunos autores han querido deducir que con los términos “pharmakeia” y sus derivados se quiere condenar expresamente el uso de fármacos abortivos.
Textos Bíblicos Relevantes
Algunos textos bíblicos que se utilizan en el debate sobre el aborto incluyen:
- Lucas 1:41-44: Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.
- Jeremías 1:5: Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.
- Éxodo 21:22-23: Si algunos riñeren, e hirieren a mujer embarazada, y ésta abortare, pero sin haber muerte, serán penados conforme a lo que les impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces. Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.
- Génesis 2:7: Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.
Sin embargo, en muchos textos bíblicos referentes a la elección y vocación de los Profetas se encuentra muy claramente definida una valoración de la vida prenatal que se continúa en la vida consciente.
Ante la extrañeza que nos puede producir el hecho de la ausencia de una condena expresa del aborto intencionado en la Biblia, me atrevo a proponer esta hipótesis: para el «pueblo elegido», en el que se valoraba tanto la descendencia y se consideraba la esterilidad como la gran afrenta de la mujer, era inconcebible el que una mujer se deshiciera voluntariamente del fruto de sus entrañas.
Llama la atención que en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, siendo el caso que el aborto era conocido, como hemos visto, no se haga una condena explícita del aborto. Así lo admite Juan Pablo II cuando en la Carta Encíclica Evangelium Vitae (nº 61) afirma: “Los textos de la Sagrada Escritura, que nunca hablan del aborto voluntario y, por tanto, no contienen condenas directas y específicas al respecto, presentan de tal modo al ser humano en el seno materno, que exigen lógicamente que se extienda también a este caso el mandamiento divino «no matarás»”.
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Perspectivas Históricas y Cristianas
Pero, ¿qué nos encontramos realmente en los primeros escritos cristianos? El testimonio más antiguo que conservamos es el de la Didaché: “He aquí el segundo precepto de la Doctrina: No matarás, no adulterarás; no corromperás a los jóvenes, no fornicarás; no robarás; no practicarás la magia, ni la hechicería; no matarás al niño mediante el aborto, ni le darás muerte una vez que ha nacido” (Didaché II, 2).
Igualmente aparece la condena del aborto comparable al asesinato en un Documento primitivo cristiano que es la Epístola de Bernabé, escrita en la tercera década del siglo II: “No matarás al niño mediante aborto, ni le darás muerte una vez que ha nacido” (Epístola de Bernabé. XIX, 5).
En otro momento de la Epístola de Bernabé, describiendo una serie de vicios y de pecadores se habla de los “matadores de sus hijos por el aborto”.
El famoso texto del jurista Tertuliano: “es ya un hombre aquel que lo será” (Tertuliano, Apologeticum, PL 1, 371-372) y el contexto de la frase: “es un homicidio anticipado impedir el nacimiento” indican claramente que el aborto para los primeros cristianos entraba de lleno dentro del quinto mandamiento: «no matarás».
Para San Basilio son asesinas tanto las mujeres que proporcionan los fármacos, como las que las toman.
El mismo juicio condenatorio vemos en San Jerónimo en la Carta a la virgen Eustoquia: “Algunas cuando se percatan que han concebido criminalmente, preparan los venenos del aborto y frecuentemente acontece que, muriendo también ellas, bajan a los infiernos reas de triple crimen: homicidas de sí mismas, adúlteras de Cristo y parricidas del hijo aún no nacido” (San Jerónimo, Cartas de San Jerónimo, Edición bilingüe, Introducción, versión y notas de Daniel Ruiz Bueno, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1962, 169).
El Papa Pío XI en su Encíclica Casti Connubii (1930, nº 239) condena todo aborto como “crimen gravísimo, con el que se atenta contra la vida de la prole cuando aún está encerrada en el seno materno”.
El Concilio Vaticano II y sus estudios posteriores son claros y precisos en la condena del aborto; en la Constitución Gaudium et Spes se le considera como homicidio y crimen abominable. “Pues Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de un modo digno del hombre.
Tres documentos recientes emanados de la Congregación para la Doctrina de la Fe de manera muy concisa, pero definitiva, avalan la dignidad del embrión humano desde la concepción. El primero de ellos, De abortu procurato (1974) quiere ser la transmisión de “una enseñanza constante del Magisterio supremo que expone la norma de moralidad a la luz de la fe”.
La carta encíclica de Juan Pablo II Evangelium vitae, que quiere ser como su título indica un canto, una buena noticia de la proclamación de la «cultura de la vida» frente a tanta «cultura de la muerte», estudia detenidamente el problema del aborto en sus números 58-63 (ambos inclusive).
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