¿Qué fue de los Hijos del Torete? Un Vistazo a la Realidad Quinqui y su Legado
La historia de Juan José Moreno Cuenca, conocido como El Vaquilla, es un reflejo de la periferia deprimida de Barcelona. Desde robar coches a los once años hasta su vida como recluso conflictivo, su leyenda ha sido difundida gracias a la película de José Antonio de la Loma.
Pero detrás del mito, hay una historia ambigua de frustraciones, esperanzas y tragedias que involucra a su familia, especialmente a sus hermanos Ugal Cuenca. Uno de ellos, Antonio, alias Tonet, murió abatido por la Guardia Urbana de Girona en 1994. Según los relatos, Tonet desoyó el alto de los agentes, lo que resultó en una persecución y un tiroteo.
Los Hermanos de El Vaquilla: Un Destino Marcado por la Delincuencia
Antes de Juan José, Rosa Cuenca tuvo cuatro hijos de Miguel Ugal: Julián, Isabel, Antonio y Miguel. Con Antonio Moreno, tuvo otras tres hijas: Carmen, Antonia y Gloria. Sin embargo, Juan José solo compartió experiencias significativas con los Ugal Cuenca.
La convivencia fue discontinua, marcada por la ausencia de la madre, que a menudo estaba presa. Juan José y sus hermanos se criaron con familiares no siempre acogedores o a su suerte. Su padrastro, Antonio Moreno, murió de un ataque al corazón tras robar en una fábrica, dejando a los niños sin una figura paterna estable.
Los psiquiatras han señalado la alta frecuencia con que los jóvenes violentos carecen de la figura paterna o tienen un progenitor pasivo. Ni Juan José ni sus hermanos dispusieron de mucho amparo paterno.
Lea también: Vida y Política de Martínez Mínguez
Así iniciaron Juan José y sus hermanos sus andanzas, desde los primeros golpes, casi inocentes, hasta los delitos más peligrosos. Cuenta Juan José que lo primero que robó fueron unos lápices de colores en el colegio -al que apenas asistió un par de años- para venderlos y pagarse unas partidas de futbolín. Desde ahí progresó rápidamente a los hurtos de coches, los tirones y los robos a mano armada.
El Camino de la Delincuencia y la Droga
Al final de sus días, el hermano Antonio, Tonet, estaba catalogado por la policía, al igual que la Chelo, su compañera, como un hábil atracador de bancos. Y el hermano mayor, Julián, que cargaba algún homicidio a sus espaldas, como un delincuente singularmente peligroso.
Según un veterano policía, al principio robaban para presumir. Después, la droga se interpuso, llevándolos a robar para pagar su adicción. Juan José ofrece una perspectiva diferente: "Robábamos porque no teníamos nada. Robábamos para comer, para tener lo básico".
La Reacción de la Sociedad y el Sistema Penitenciario
Ante aquella partida de niños y después muchachos, tan activos como temerarios, la sociedad hubo de reaccionar. La sociedad era la española de finales del franquismo y de la transición, y su reacción no fue excesivamente imaginativa. Desde los once años, ateniéndonos a su propio relato, Juan José se acostumbró a las persecuciones policiales a tiro limpio, a los "hábiles interrogatorios" en comisarías y cuartelillos y a entrar y salir de los reformatorios de la época, muchos regentados por religiosos, donde se recurría a la tortura para tratar de amansar a aquellos chavales incorregibles.
Su relación con las fuerzas del orden no podía ser de mayor hostilidad. "Especialmente con la Guardia Civil", recuerda hoy Juan José, "y no sólo porque nos perseguían a tiros por las carreteras cuando apenas éramos unos críos, sino también porque, ya de chicos, los habíamos conocido, cuando íbamos por ahí en plan nómada y ellos venían, les metían fuego a las chabolas y pegaban y les cortaban el pelo a las mujeres. Eso es lo que recuerdo de mi infancia, a un guardia civil pegándole a mi madre".
Lea también: Banderas: familia más allá de la sangre
A los 13 años, Juan José ingresó en la cárcel Modelo de Barcelona. En la biblioteca, pedía tebeos y leía libros como "Vida y muerte de Durruti". Tras salir de prisión con la amnistía, volvió a las rejas a los 16 años. Lo que a él le tocó fue unirse a sus hermanos, todos ellos presidiarios, e iniciar el mismo camino que ellos llevaban ya un tiempo transitando con mayor o menor intensidad.
En ese recorrido infernal, Juan José, como todos sus hermanos, perdió la relación con su madre, aunque no le pide cuentas por ello. Alguien de La Mina relata así los episodios de libertad de que disfrutaba la gente como Juan José y sus hermanos: "Salían, venían al barrio, pasaban tres o cuatro días en la casa de alguien, paseando por la calle, sin hacer nada. Pero, dígame usted, adónde podían ir. Nadie quiere a esos chavales cuando salen de la cárcel, y a ellos nadie les ha enseñado a hacer nada de provecho".
Desde entonces, durante casi tres décadas, ésa ha sido la vida de Juan José Moreno Cuenca: cárcel y más cárcel, con pequeños intervalos de permisos penitenciarios o libertad condicional, que nunca le han valido para otra cosa que volver a delinquir. En ese tiempo, su relativa notoriedad pública, nacida en primera instancia de la popularidad que le trajera el cine, le ha deparado de todo: fases de un cierto encarnizamiento institucional, según señalan algunas personas próximas -quienes mantienen que la fama le ha servido, principalmente, para atraerse enemigos- y fases de cierta relajación y hasta de privilegio, apuntan en fuentes penitenciarias.
Según éstas, con Juan José se han tenido miramientos que no se han dado con nadie. Se ha forzado la ley para darle permisos y ventajas, se le han ofrecido oportunidades reales de reinserción e incluso en ciertos momentos ha sido el niño mimado de la administración penitenciaria catalana: una especie de experimento innovador, emblemático y a la postre fallido. "El problema es que El Vaquilla no tiene remedio porque no es de fiar", dicen. "Hay gente con delitos más graves, asesinos y violadores, con los que puedes tratar porque cumplen lo pactado.
La actual abogada de Juan José rechaza tajantemente ese supuesto trato de favor: "Lo único que han hecho con él ha sido concederle de vez en cuando un permiso, algo a lo que la ley le daba derecho de sobra, ya que este hombre se ha pasado toda la vida en prisión. Lo cierto es que, desde que tenía 16 años, Juan José Moreno Cuenca no ha vivido un solo segundo sin la sombra de la cárcel planeando sobre su cabeza. Nunca ha sido verdaderamente libre.
Lea también: Biografía de Cornelia
El Trágico Final de los Hermanos Ugal Cuenca
Volviendo a la historia colectiva, de la que este hombre no deja de ser uno de tantos ejemplos, anotemos lo que ha sido al cabo de los años de los demás. Empecemos por Julián, el hermano mayor, con el que menos trato tuvo Juan José y el más temible a juicio de la policía. Según cuenta José Sáinz Vila, durante mucho tiempo abogado de Juan José y de sus hermanos Antonio y Miguel Ugal Cuenca, el propio Tonet le prohibió que defendiera a Julián "porque era una mala persona". Pues bien, por temible o malo que fuera, ya nadie tiene que cuidarse de Julián Ugal Cuenca. Murió al caer a la calle desde una ventana del hospital Francisco Franco, mientras intentaba huir de la habitación en la que estaba custodiado junto a otro preso.
Tampoco hay ya nada que temer de Antonio Ugal Cuenca, Tonet, aunque en sus mejores tiempos, junto a la Chelo, su compañera, fuera una pesadilla para la policía. El tercero de ellos era Miguel, alias El Carica, el playboy de La Mina y el favorito de Juan José, con el que inició sus correrías por la Costa Brava y los primeros escarceos con chicas. Según la policía, era el menos activo de los hermanos, el que menos arriesgaba. Después de uno de sus golpes se enredó en una persecución con una patrulla de la Guardia Urbana de Barcelona. Mientras trataba de zafarse de sus perseguidores, se estrelló con el coche y se mató. "Todavía le echo de menos", dice Juan José, y los ojos, por lo general vivos e inquisitivos, se le pierden a lo lejos.
La última superviviente de los Ugal Cuenca era Isabel. Tenía seis años más que Juan José y, según él mismo refiere, actuó siempre como una madre. Ella era la que iba a comisaría a recoger a los hermanos cuando los detenían siendo unos críos. Ella era la que los regañaba cuando los veía con la droga. "Pobre Isabel", dice hoy Juan José, "tanto meterse con nosotros por la droga, y al final también acabó enganchada". Isabel murió no hace mucho, según algunos de cirrosis; según otros de sobredosis. En cualquier caso, como consecuencia de su drogadicción. Su historia resulta especialmente descorazonadora. Estaba casada con Antonio Román Heredia, alias El Pote, un antiguo colega de Juan José que salió de la cárcel tras una larga condena, ya muerta su mujer, y que al poco tiempo se mató en un accidente de tráfico.
Juntos, Isabel y él tuvieron cuatro hijos. Las autoridades les retiraron la custodia de los dos menores, que dieron en adopción y viven en algún lugar, con unos nuevos padres. La versión que dan en La Mina es ésta: "Se los quitaron y los vendieron a unos ricos por un montón de billetes". Los otros dos hijos, Antonio, alias El Coco, y Amalio Román Ugal, que andan por los veintitantos, ya están en prisión y tienen a las espaldas su propio historial delictivo. Las hermanas Moreno Cuenca -Carmen, Antonia y Gloria- han escapado por ahora a la maldición. "A ellas les cuidó la abuela y, por fortuna, han recibido una educación diferente", apunta Juan José.
El Legado del Cine Quinqui
El cine quinqui, con directores como Eloy de la Iglesia y José Antonio de la Loma, retrató la vida de estos jóvenes marginales. Películas como "Perros Callejeros" y "Navajeros" se convirtieron en éxitos de taquilla, mostrando la crudeza de la delincuencia juvenil y la drogadicción.
Estos filmes, a menudo protagonizados por actores no profesionales, ofrecieron una visión de la realidad que contrastaba con la imagen oficial de la Transición Española. Sin embargo, también contribuyeron a la romantización de la figura del delincuente, generando un debate sobre su impacto en la sociedad.
Criando Ratas: Un Nuevo Cine Neo-Quinqui
Ramón Guerrero, protagonista de "Criando Ratas", un film neo-quinqui, comparte similitudes con los personajes de aquella época. Nacido en barrios bajos, su vida estuvo marcada por problemas y trapicheos que lo llevaron a la cárcel. Sin embargo, su pasión por el cine lo transformó, llevándolo a protagonizar una película que busca extrapolar las andanzas de El Vaquilla y El Torete a la actualidad.
La película, dirigida por Carlos Salado, se caracteriza por su autenticidad y la improvisación de los actores. Ramón Guerrero, a pesar de su pasado, se ha esforzado por dejar atrás los malos hábitos y construir un futuro mejor.
El Fenómeno Quinqui en el Contexto de la Transición Española
El libro "Fuera de la ley. Asedios al fenómeno quinqui en la transición española", coordinado por Roberto Robles Valencia, Eduardo Matos-Martín, Joaquín Florido Berrocal y Luis Martín-Cabrera, analiza el fenómeno quinqui como "el borrón por excelencia de la Transición Española".
La cultura quinqui es punto por punto la antítesis de “La Movida”. Cuando Felipe González llega al poder en 1982, España (la marca España como se dice ahora, mercantilizando violentamente a todo un país) necesitaba remozar su imagen de país gris, oscuro y dictatorial y proyectar una imagen moderna, aperturista y de diseño. Como ha señalado Santiago Alba Rico en su ensayo La pedagogía del millón de muertos, “el caso de [la transición en] España es particularmente ejemplar y quizás por eso se propone una y otra vez como artículo de exportación: los españoles aceptamos mansa y alborozadamente el perdón a Franco y sus sucesores y, a cambio, se nos permitió tener la vida nocturna más alocada de Europa, hacer el cine más irreverente y comprar el mayor número de automóviles”.
El libro ubica la realidad quinqui en el contexto del desarrollismo franquista y los nuevos polígonos de viviendas; la crisis económica de los años 70, la inmigración (la provincia de Madrid pasó de 1,8 millones de habitantes en 1950 a 4,8 millones en 1980) y periferias de las grandes urbes como La Mina (Barcelona), Gran San Blas y Vallecas (Madrid), Las Tres Mil Viviendas de Sevilla u Otxarkoaga en Bilbao.
La Droga como Factor de Exclusión
En el libro se afirma que la droga acabó por convertir a una generación en “carne de presidio”. En efecto, como se dice en la introducción, lo quinqui “comparte con La Movida el culto a las drogas -sobre todo la heroína”-, en el contexto de las transformaciones económicas y sociales del momento histórico y el de la cultura de la evasión y la negación punk del futuro. Pero es, precisamente, su contrapunto, su antítesis y, en cierto modo, como decíamos más arriba, la participación en la orgía del consumo y el bienestar (del hedonismo) de aquellos que están siendo dejados afuera.
La relación con la droga es casi natural para estos jóvenes y sus primeras dosis forman parte de una especie ritual de iniciación. Su adicción les dará un empujón más en el ámbito fuera de la ley, volviendo sus crímenes más ambiciosos y más violentos. El aumento de más de un 100% de los índices de delincuencia entre 1976 y 1982 no ofrece alternativas de los poderes públicos excepto la de la represión penal y el tratamiento de los delitos sin tener en cuenta la problemática social de la mayoría de estos jovencísimos delincuentes.
Muchos de ellos pasaban del correccional a la cárcel y sus vidas se dividían entre el tiempo pasado en prisión y el que pasaban fuera y durante el cual, casi inevitablemente, constituía otro paso más en el mundo de la drogadicción y el delito. Tampoco el sistema legal ni de atención social había desarrollado mecanismos para facilitar la integración ni el tratamiento adecuado para ellos, no había una búsqueda de alternativas para estos jóvenes que se vieron abocados a la prisión y en el peor de los casos, como tristemente sabemos de manera escandalosamente numerosa, a la muerte relacionada con la drogadicción o la violencia.
Sin embargo, hemos de decir que nuestro volumen trata menos de esta descripción histórica o intento de explicación causal o sociológica y más de esos cuerpos demacrados, esas muertes y el rastro que ha dejado de ellos en nuestra retina el cine y la cultura quinqui.
El Cine Quinqui: Directores, Películas y Personajes
La mayor parte de lo que se conoce como “cine quinqui” se produce en la década de los 80, aproximadamente desde 1979 hasta 1987. Dentro de este corpus hay que mencionar a dos cineastas que sobresalen por encima del resto: Eloy de la Iglesia, con películas como Navajeros (1980), Colegas (1982), El Pico (1983) y El Pico II (1984), La estanquera de Vallecas (1987), y José Antonio de la Loma, con filmes como Perros callejeros (1977), Perros callejeros II, busca y captura (1979), Los últimos días de “El Torete” (1980), Perras callejeras (1985), o Yo, el Vaquilla (1985).
Asimismo, hubo también en esta época otras películas “quinquis” dirigidas por directores probablemente más reconocidos como 27 horas (1986) de Montxo Armendáriz, Deprisa deprisa (1980) de Carlos Saura, o Maravillas (1980) de Manuel Gutiérrez Aragón.
En general, estas películas suelen estar protagonizadas por un sujeto colectivo o coral, compuesto por actores y actrices no-profesionales o semiprofesionales, a menudo jóvenes de los propios extrarradios como los míticos José Luis Manzano, José Luis Fernández «El Pirri», Ángel Fernández Franco «El Torete», o José Antonio Valdelomar.
El Jaro: Un Ícono del Cine Quinqui
El largometraje de Eloy de la Iglesia se centra en la última parte de la vida de José Joaquín Sánchez Frutos, alias “El Jaro,” y relata sus andanzas junto a su banda hasta su trágico desenlace. Como se señala en Fuera de la ley. Asedios al fenómeno quinqui en la transición española, Navajeros busca abordar críticamente el fenómeno de la delincuencia, enmarcando al delincuente suburbial (al que De la Iglesia trata con empatía, pero sin llegar a idealizarlo), dentro de unos parámetros sociales y económicos muy concretos: desempleo o subempleo, falta de escolarización, falta de vivienda digna, ausencia de servicios asistenciales, situación familiar hostil, etcétera.
Sin embargo, El Jaro y los otros personajes de Navajeros no aparecen meramente como seres victimizados y despojados de toda agencia o creatividad, ya que se muestran en la película capaces de auto-organizarse colectivamente y de ge...
La Realidad Social de los Barrios Marginales
Los barrios marginales de Madrid, como San Blas, eran focos de delincuencia y exclusión social. La falta de oportunidades, la droga y la violencia eran parte del día a día de muchos jóvenes. La situación era tan grave que los comerciantes pedían autorización para portar armas, pero las autoridades lo negaron.
En 1985 había en Madrid 35.000 chabolas, levantadas por los propios emigrantes rurales que ya no podían acceder a los pisos por el hecho de que no había: el Pozo del Tío Raimundo, Palomeras Bajas, Orcasitas, El Chorrillo, Tío Pío, Alto Arenal… Nombres que solo salían en los periódicos cuando corría la sangre.
Barcelona y Bilbao también padecieron el «quinquismo». Cuentan que el barrio de Otxarkoaga nació después de que Franco viera las chabolas a las faldas del monte Banderas. El generalísimo, escandalizado, gritó: «¡Háganles casas como Dios manda!». Y Dios debió mandar hacer el barrio más conflictivo de cuantos recuerda Bilbao. En Barcelona la fama se la llevó La Mina, cuyas acciones vecinales contra la delincuencia que padecían en los ochenta son todavía famosas. Sin embargo los puntos realmente negros de la capital catalana estaban claramente localizados en los poblados de chabolas, como Vía Trajana, Campo de la Bota, Can Tunis o El Carmel.
Sin trabajo, sin plaza en el cole, sin familia. A partir de estas barriadas, el contexto en el que crecieron los quinquis era como una sucesión de empujones hacia la delincuencia. He aquí un planeo veloz sobre los datos de Madrid un martes cualquiera de marzo de 1984: según la Jefatura Superior de Policía ese día tuvieron lugar sesenta atracos, fueron robados cincuenta coches y hubo seis atracos a bancos. España entró en crisis en 1974 y no salió hasta finales de los ochenta. «En realidad se parece a la situación actual -expresa Amanda Cuesta-, el problema es que antes no había una infraestructura de Estado como la que hay hoy en día».
Efectivamente. En la España de 1983 había 2,2 millones de personas sin empleo y solo el 27 % tenía acceso al paro. El 60 % de los desempleados eran menores de veinticinco años que nunca habían trabajado. La mayoría de ellos no tenían preparación alguna: el 25 % de los chavales de catorce y quince años en 1979 no tenía acceso a la escolarización. Simplemente, no había plazas suficientes en los colegios. La edad laboral estaba en los dieciséis y la penal en los catorce. Para muchos, en la adolescencia, solo quedaba la calle que solía desembocar en Carabanchel o La Modelo.
El Jaro: Un Caso Real de la Delincuencia Juvenil
José Joaquín Sánchez Frutos (Villatobas-Toledo, 1962 - Madrid, 1979) empezó a robar para comer. Su madre, alcohólica, les encerraba a él y a sus hermanos con solo una barra de pan y un poco de chocolate. Viajarán a Madrid después de que su madre salga de la cárcel (donde entra tras liarla en una de sus borracheras), van con su padre en autocar, con lo puesto, huyendo de la mala fama.
1973 es la primera línea de una lista interminable de robos, detenciones y entradas en reformatorios. Aunque no tiene aún edad penal, su nombre es muy familiar para la policía. Y no solo es El Jaro, la banda que hereda su nombre está compuesta por un puñado de menores de dieciséis que han visto la película Perros Callejeros, se ven reflejados en aquel Torete y no le van a la zaga al volante de los coches robados.
En 1978 la banda tuvo un enfrentamiento con la Guardia Civil en el transcurso de un robo a un chalet de Somosaguas en el que El Jaro pierde un testículo por un disparo. El 24 de febrero de 1979 llegó el final esperado para una biografía como la de El Jaro. Andaban dando vueltas con un Seat 131 robado y acabaron en la calle de Toribio Pollán (hoy Veracruz, por El Viso). Vieron a un hombre de unos cincuenta años salir de un coche y, en la oscuridad de la noche, decidieron abalanzarse sobre él para atracarle.
Durante su estancia en el centro tutelado de menores Santo Anxo, en Rábade, El Jaro fue tratado por la psicóloga Ángeles Luengo, que lo cataloga como “un niño que jugaba a ser mayor”. Con El Jaro no pudo llevar a cabo la labor de reinserción que hubiera querido -y que creía posible-; tampoco con El Guille (que vivió en su casa unas semanas pero fue detenido por la policía), aunque sí con otro de los lugartenientes de la banda, que pudo rehacer su vida.
Los robos de la banda de El Jaro hay que entenderlos dentro de un Madrid Norte que no es el de hoy, donde los barrios más pudientes se abrían aún paso entre descampados, infraviviendas y calles sin asfaltar.
La generación quinqui fue víctima de la miseria de la emigración en poblados de absorción, cara b de la supuesta modernidad que Madrid vendía al exterior y realidad incómoda para apologetas románticos del esteticismo quinqui.
Pero El Pirri, con sus catorce pelis en el currículum, murió de sobredosis en Vicálvaro.
La Delincuencia Juvenil en Bizkaia
El cine quinqui ha perpetuado en toda España la leyenda de personajes como El Vaquilla, El Torete o El Jaro, pero también Bizkaia cuenta con una rica historia de delincuencia juvenil que nos resulta mucho menos conocida. Básicamente, porque hasta ahora no había habido muchos intentos de estudiarla y sistematizarla. En el recién editado '¡A tope!', Álvaro Heras-Gröh acomete esa difícil tarea: el libro es un viaje hacia nuestro pasado más callejero, que abarca desde las primeras manifestaciones de gamberrismo organizado, allá por mediados de los 50, hasta la «plaga de los drogadictos» del Bilbao de los 80 (con esas palabras la definió 'El Caso') y sus efectos demoledores sobre la seguridad ciudadana.
En los 80, con la heroína, el desmantelamiento industrial y el paro salvaje, las anécdotas se van volviendo más feas, más incómodas. Por comparación, historias como la de la horda de vándalos que arrasó las barracas de Algorta en 1976 casi parecen trastadas inocentes.
«El clima de violencia y agobio que había en los años 80 llegó a ser algo increíble. Por un lado estaba toda la macarrada dando palos y acojonando a la gente, muchos de ellos yonquis desesperados que te la liaban por dos putos duros. Y por otro estaba el clima político de la época: ETA poniendo bombazos, los maderos en la calle deteniendo gente por la cara (...). ¡Y, aunque parezca increíble, todo eso lo veíamos como algo normal!», se asombra retrospectivamente uno de los entrevistados en el volumen, que se puede comprar en Power Records y en la web del autor y a partir de la semana que viene tendrá distribución por librerías.
También Heras-Gröh concluye con una reflexión en esa línea: «En la actualidad hay una cierta idealización de los 80 y su efervescencia, pero esto era un auténtico agujero.
tags: #que #fue #de #los #hijos #del