Agotamiento del Suelo por Sobreexplotación Agrícola: Un Problema Global
El suelo es mucho más que un simple soporte para la vida vegetal. Es un patrimonio vivo, un recurso natural insustituible que ha sustentado civilizaciones enteras y que, sin embargo, está en peligro debido a la explotación intensiva y el manejo inadecuado. No se trata solo de producir alimentos, sino de regenerar la tierra para futuras generaciones.
¿Qué es la desertificación?
La ONU, que lucha contra la desertificación desde 1994, la define como el proceso de degradación de las tierras en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas como resultado de diversos factores climáticos y humanos. Aunque a menudo se utilizan indistintamente, la diferencia está en la influencia humana en el proceso. La desertificación es el proceso por el cual disminuye y finalmente desaparece la vegetación en las zonas secas -es decir, en tierras áridas y semiáridas, como las zonas de pastizales o de matorrales-.
Las actividades humanas, como la deforestación y la sobreexplotación de los acuíferos, entre otras, aceleran la desertificación. Según la ONU, cada año desaparecen más de 24.000 millones de toneladas de suelo fértil.
Hace 6.000 años el desierto del Sáhara, hoy el mayor del mundo, era una pradera cubierta de vegetación. Las oscilaciones del eje de la Tierra hicieron que esa zona del planeta pasase de ser un vergel a un arenal donde casi nada puede crecer.
Los efectos del cambio climático, traducidos en un mayor número de sequías e incendios forestales, y la sobreexplotación agrícola están desertificando amplias zonas del oeste y suroeste de Estados Unidos. En zonas del norte y el oeste de Australia los efectos del sobrepastoreo, el sobrecultivo, la deforestación, la falta de riego y el aumento de las sequías están degradando la tierra.
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En la región africana del Sahel el crecimiento de la población ha provocado un aumento de la tala de madera, la agricultura ilegal y el desmonte de tierras para construir viviendas. En las regiones de Uzbekistán y Kazajistán, que rodean el mar de Aral, el uso excesivo de agua para el riego ha sido uno de los responsables de que el mar se reduzca, transformándolo en un desierto salino. Los incendios y la deforestación que asolan la selva amazónica en Brasil, relacionados directa o indirectamente con la ganadería, están generando una zona árida incapaz de sostener la vegetación.
El Suelo: Un Ecosistema Vivo y en Peligro
Lejos de ser una masa inerte, el suelo es un ecosistema complejo donde interactúan microorganismos, minerales, raíces y procesos enzimáticos esenciales para la fertilidad y resiliencia agrícola. Su salud es fundamental para la producción de alimentos, la filtración de agua y el equilibrio climático global.
Sin embargo, su degradación avanza a pasos agigantados. La agricultura intensiva, el uso excesivo de agroquímicos, la deforestación y el sellado del suelo están reduciendo su fertilidad y afectando su biodiversidad. En muchos casos, los suelos que han tardado miles de años en formarse se están perdiendo en apenas unas décadas.
El suelo como patrimonio: más allá de la producción agrícola
Considerar el suelo como patrimonio implica reconocer su valor más allá de la producción agropecuaria. Su conservación es clave para la sostenibilidad ambiental, el equilibrio ecológico y la seguridad alimentaria.
Existen diversas estrategias para proteger y regenerar los suelos:
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- Aumento de la biodiversidad microbiológica: Aplicaciones de biofilms y hongos micorrícicos pueden mejorar la resiliencia del suelo y la disponibilidad de nutrientes.
- Control holístico de plagas y enfermedades: En lugar de erradicarlas con químicos, es posible integrar estrategias que equilibren el ecosistema, promoviendo enemigos naturales.
- Manejo del suelo sin laboreo: Evitar el subsoleo y la trituración excesiva protege la estructura biológica del suelo y reduce la liberación de metales pesados.
- Uso de plantas bioindicadoras: Algunas especies colonizan suelos degradados de manera espontánea, proporcionando información valiosa sobre su estado.
- Reducción de insumos externos: En lugar de depender de fertilizantes químicos, es posible emplear enmiendas naturales para optimizar la nutrición vegetal sin alterar el equilibrio del suelo.
Estas estrategias no solo preservan la fertilidad del suelo, sino que también contribuyen a su regeneración a largo plazo.
El impacto de la degradación del suelo en la seguridad alimentaria
Un suelo degradado no solo afecta la producción de alimentos, sino que también repercute en la estabilidad de los ecosistemas. Cuando los suelos pierden su capacidad de retención de agua y nutrientes, los cultivos se vuelven más vulnerables a plagas y enfermedades.
La desertificación y la erosión son dos de las consecuencias más alarmantes de la degradación del suelo. En muchas regiones del mundo, la sobreexplotación ha convertido terrenos fértiles en paisajes áridos y poco productivos. Si no se toman medidas urgentes, el problema seguirá creciendo, afectando la seguridad alimentaria de millones de personas.
La Degradación del Suelo
La degradación del suelo es un proceso que disminuye su calidad y productividad, afectando negativamente su valor económico. Diversas prácticas humanas contribuyen a este deterioro:
- Deforestación: La eliminación de la cobertura arbórea para actividades agrícolas o urbanísticas expone el suelo a la erosión y reduce su fertilidad.
- Prácticas agrícolas insostenibles: El uso excesivo de fertilizantes químicos, el monocultivo y la labranza intensiva degradan la estructura y composición del suelo, disminuyendo su capacidad productiva.
- Sobrepastoreo: La carga ganadera excesiva elimina la vegetación protectora, dejando el suelo vulnerable a la erosión y compactación.
- Urbanización descontrolada: La expansión urbana sin planificación adecuada sella el suelo, impidiendo su función natural y reduciendo las áreas agrícolas productivas.
- Contaminación: La acumulación de sustancias tóxicas provenientes de actividades industriales, agrícolas y residuos urbanos altera la composición química del suelo, afectando su salud y la de los ecosistemas asociados.
Prácticas agrícolas de alto impacto en la sostenibilidad agrícola
Las prácticas agrícolas insostenibles son aquellas que alteran negativamente el equilibrio del holón (ecosistema agrícola), afectando la biodiversidad microbiana, la fertilidad del suelo y la resiliencia de los cultivos. Algunas de las principales prácticas que considera insostenibles incluyen:
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- Uso excesivo de fertilizantes químicos y agroquímicos
- Provocan un desequilibrio en el suelo, generando acumulación de sales y bloqueando la disponibilidad de micronutrientes esenciales como el zinc y el fósforo.
- Inhiben la actividad de microorganismos beneficiosos como firmicutes y proteobacterias, esenciales para la salud del suelo.
- Fomentan plagas y enfermedades crónicas al desregular el metabolismo de las plantas y debilitar su capacidad defensiva.
- Laboreo intensivo y subsoleo
- Tritura la estructura del suelo, promoviendo la liberación de metales pesados como cadmio y arsénico.
- Reduce la actividad enzimática y mineralizadora de las bacterias del suelo, lo que disminuye la fertilidad natural.
- Destruye biofilms y redes de micorrizas, esenciales para la retención de humedad y la disponibilidad de nutrientes.
- Monocultivo
- Provoca el agotamiento de nutrientes específicos, aumentando la necesidad de insumos externos.
- Reduce la biodiversidad microbiana y vegetal, favoreciendo la proliferación de plagas y enfermedades recurrentes.
- Afecta la calidad del suelo a largo plazo al limitar la capacidad del holón de regenerarse naturalmente.
- Sobrepastoreo
- Destruye la cobertura vegetal y compacta el suelo, limitando su capacidad de infiltración de agua.
- Reduce la diversidad de plantas nativas que colaboran con microorganismos beneficiosos para la regeneración del suelo.
- Riego excesivo y uso de agua contaminada
- Puede generar salinidad en el suelo y lixiviar nutrientes esenciales.
- Favorece el desarrollo de hongos patógenos en el sistema radicular de las plantas.
- Afecta la microbiota del suelo, reduciendo su resiliencia ante condiciones de sequía.
- Uso indiscriminado de insumos externos
- La dependencia de productos sintéticos rompe los ciclos naturales de retroalimentación del holón.
- Disminuye la capacidad del suelo para generar sus propios nutrientes y mecanismos de defensa.
- Puede generar toxicidad en el suelo, inhibiendo la actividad enzimática y la biodisponibilidad de elementos clave como el calcio, fósforo y magnesio.
- Ausencia de materia orgánica y cobertura vegetal
- Reduce la actividad microbiana que mantiene la estructura y fertilidad del suelo.
- Expone el suelo a la erosión eólica e hídrica, acelerando su degradación.
- Disminuye la retención de humedad y la capacidad del suelo para sostener cultivos en períodos de sequía.
- Uso de semillas híbridas o transgénicas
- Alteran la interacción natural entre plantas y microorganismos del suelo.
- Dependencia de insumos específicos para su desarrollo, aumentando costos y disminuyendo la adaptabilidad del cultivo a condiciones naturales.
- Puede afectar la biodiversidad genética de cultivos tradicionales adaptados a las condiciones locales.
Estas prácticas no solo afectan la salud del suelo, sino que también reducen el valor de los terrenos agrícolas al hacerlos menos productivos y dependientes de insumos externos. La depreciación de un suelo degradado se refleja en:
- Menor rendimiento: Al perder fertilidad, la producción agrícola disminuye, afectando su rentabilidad.
- Mayor vulnerabilidad: Suelos sin biodiversidad microbiana son más susceptibles a plagas y enfermedades.
- Pérdida de resiliencia: La falta de biofilms y microbiota funcional hace que el suelo dependa de intervenciones constantes para mantener la producción.
¿ Cuánto vale mi suelo ?
El valor de un terreno está influenciado por factores como la ubicación, su uso, características físicas, accesibilidad y su calidad. Un suelo fértil y bien gestionado es más valioso para actividades agrícolas y forestales.
La degradación del suelo afecta directamente su productividad y sostenibilidad, lo que puede llevar a una depreciación significativa de su valor económico. Por lo tanto, es esencial implementar prácticas de manejo sostenible que conserven y mejoren la calidad del suelo, asegurando su funcionalidad y valor a largo plazo.
Regeneración del Suelo: Una Necesidad Urgente
La regeneración del suelo no es solo una cuestión de sustentabilidad, sino un imperativo para asegurar la salud de las generaciones futuras y la continuidad de los sistemas agrícolas. Es fundamental replantear la manera en que interactuamos con el suelo, adoptando prácticas agrícolas que promuevan su recuperación en lugar de su agotamiento.
No podemos seguir viéndolo como un recurso ilimitado. Debemos asumir la responsabilidad de cuidarlo y restaurarlo, comprendiendo que su salud es la base de nuestro propio bienestar.
La degradación del suelo es un proceso en el que el valor del medio ambiente biofísico se ve afectado por una combinación de procesos, inducidos por el hombre, que actúan sobre la tierra. Cualquier alteración o cambio sobre la tierra se percibe como perjudicial o indeseable. Este se considera un tema importante del siglo XXI debido a las implicaciones que tiene la degradación del suelo en la productividad agrícola, el medio ambiente y sus efectos en la seguridad alimentaria. En general, se pueden evaluar más de 36 tipos de degradación del suelo. Todos son inducidos o agravados por actividades humanas. La degradación del suelo es un problema mundial relacionado en gran medida con el uso agrícola, la deforestación y el cambio climático.
La degradación de los suelos es un proceso del que llevan alertando autoridades mundiales desde hace varias décadas: la deforestación, el crecimiento demográfico, la sobreexplotación y el mal uso de los productos agroquímicos son los principales factores. La salud del suelo está intrínsecamente ligada a la salud de las plantas y, por tanto, a la de las personas. La seguridad alimentaria es importantísima en un mundo que alberga cada vez a más gente. Entre estas últimas el uso excesivo de fertilizantes químicos convencionales se cuenta entre las que más problema genera.
Los fertilizantes químicos basados en sales de nitrato, potasio o fosfato contienen estas sustancias en grandes cantidades. Al aportarlas al suelo el agua las disuelve y arrastra hasta ponerlas al alcance de las raíces. Esto implica usar aún más fertilizante, del cual, una gran proporción termina lixiviado en las aguas subterráneas, o contaminando el suelo haciéndolo inservible para el cultivo. Como decíamos, este proceso de manejo insostenible suele ser una consecuencia de la sobreexplotación, y va cada vez a más, a medida que el suelo rinde menos. De esta forma, alcanzamos una degradación del sustrato en pocos años.
Los biofertilizantes y otras soluciones biológicas, como los bioestimulantes, son productos que se basan en microorganismos o componentes de estos, cultivados y extraídos en laboratorio para poder utilizarse en el campo. Antes, por ejemplo, se desconocía el inmenso papel que hace la microbiota del suelo, asociándose con las raíces y proporcionándoles nutrientes como nitrógeno, fósforo y potasio que obtienen fijándolo de la atmósfera, el primero, o procesándolo de las sales del suelo. A su vez, las bacterias obtienen protección y alimento de la planta en una relación simbiótica conocida como mutualismo, en la que todas las especies obtienen beneficios. Sin embargo, estos microorganismos solo nutren a la planta en la medida de sus necesidades, sin producir exceso de sales que puedan contaminar y degradar el suelo. Con el tiempo, incluso, pueden ayudar a restablecer un suelo contaminado por nitratos y otras sales. Por si fuera poco, puesto que su producción no depende de depósitos minerales, el impacto ambiental, y su precio, son más estables que los fertilizantes convencionales.
En definitiva, los biofertilizantes son la punta de lanza de un cambio de paradigma agrario en el cual se buscan tratamientos de precisión, más que soluciones masivas que, a la larga, son peores que el propio problema que se trataba de solucionar. Los biofertilizantes van tomando cada vez más protagonismo en un mundo que requiere cuidados crecientes.
“Lo esencial es invisible a los ojos”, decía el zorro al Principito en la novela de Antoine de Saint-Exupéry. Aplicado al mundo de la agricultura, no podría haber dicho nada más cierto, porque donde se juega buena parte del éxito de las cosechas no es en la acción directa sobre los cultivos, en las condiciones climáticas o en la maquinaria empleada para el campo. La clave está en el suelo. Por debajo de nuestros pies, donde se hunden y expanden las raíces, se encuentra el verdadero estómago de las plantas.
Las superficies de cultivo pueden parecer solo tierra abonada, pero no hay nada más lejos de esa imagen. La agricultura intensiva, a lo largo de las últimas décadas, ha permitido extender las hectáreas de cosechas en todo el mundo y optimizar al máximo la producción de los terrenos para alimentar a una población en constante crecimiento.
¿El coste? A menudo, es el agotamiento del suelo, su sobreexplotación y su incapacidad para recuperarse de la forma adecuada. ¿Las consecuencias? Más dependencia de productos químicos, menos calidad de los alimentos y la necesidad de buscar nuevas tierras para mantener el modelo cuando las anteriores ya no son capaces de producir.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) recordaba en 2015 que más del 33% de la tierra estaba “moderada o altamente degradada” por la erosión, la compactación de los terrenos, la salinización del suelo y su acidificación, y por la contaminación de productos químicos. El informe “Soil Pollution: A Hidden Reality” va más allá. No solo destaca los agroquímicos como una de las principales fuentes de contaminación del suelo, sino que detalla cómo los pesticidas no orgánicos, el excesivo uso de fertilizantes, el mal tratamiento de los residuos animales e incluso el regadío con agua de baja calidad están afectando negativamente al suelo.
Imagina el siguiente escenario. Para cultivar grandes superficies, como sucede en el caso de plantaciones de soja o maíz, utilizamos maquinaria pesada con la que optimizar los tiempos y los recursos disponibles. Esta maquinaria compacta los terrenos, reduciendo el aire bajo el suelo e impidiendo que las raíces se expandan. Asimismo, microorganismos y organismos saludables tienen más difícil desarrollarse y asociarse a la base de las plantas. Sin dicha simbiosis, en la que probióticos beneficiosos como ciertos hongos establecen una relación de intercambio (agua y nutrientes a cambio de hidratos de carbono y vitaminas), es difícil protegerse contra microbios peligrosos y estimular el sistema inmunitario de las plantas. Y sin esa acción natural, se suele recurrir a los pesticidas de síntesis química para cubrir las carencias de los cultivos.
Hay solución a buena parte de esta cadena, pero no a costa de seguir dejando exhaustos los suelos, sino beneficiando su recuperación y estimulando los microorganismos probióticos. El objetivo es establecer esos vínculos positivos que tienen, como consecuencia indirecta, un crecimiento más saludable de las plantas, más productividad y ausencia de residuos químicos que como resultado final mejoran la calidad de los alimentos con un mayor valor nutricional.
Si en vez de actuar directamente sobre el cultivo lo hacemos sobre su estómago, sobre la biota natural de la planta, podemos lograr una doble acción. Por una parte, estimular con prebióticos los microorganismos para que liberen nutrientes directamente a las raíces. Buena parte del trabajo de Kimitec está enfocado en esa dirección.
Recuperar el suelo es una tarea de todos, no solo de los agricultores. Es necesario que fomentemos prácticas de producción, distribución y consumo que resulten en una mejor regeneración de los terrenos. Sin esto, seguiremos abocados a una destrucción progresiva de las superficies de cultivo en un contexto de crecimiento de la población que seguirá demandando más alimentos.
El pasado 2015 fue considerado, según la FAO, el año internacional del suelo con el objetivo principal de prevenir su degradación y empezar a implementar medidas de prevención que lo protejan. Los suelos actúan como un sistema vivo, con una comunidad variada de organismos que cumplen sus funciones vitales. Entre ellas destaca la de reciclar nutrientes esenciales para las plantas, mejorar su estructura, aumentar la capacidad de retención de agua y nutrientes. Gracias a todos estos organismos, nuestras semillas germinan y nuestros cultivos se desarrollan y crecen. Según los cálculos de diversos organismos internacionales, se estima que el 95% de nuestros alimentos se produce directa o, indirectamente, en nuestros suelos. Desafortunadamente, en las últimas décadas se ha producido una degradación masiva en muchos de ellos. El enorme crecimiento demográfico, la deforestación y la sobreexplotación agrícola han sido 3 de los principales factores que han dado lugar a esta problemática. Sin duda, debemos tomar medidas para prevenir y frenar su degradación.
La falta de nutrientes, el aumento de salinidad, la pérdida de microbioma, el aumento de microorganismos oportunistas y patógenos, el descenso de la productividad, etc. Todo este conocimiento, sumado a la legislación tan estricta, y proteccionista, dictada por la Unión Europea en el ámbito de la producción agroalimentaria, ha logrado que tengamos la producción de alimentos más segura, y desarrollada, del mundo.
Es, por lo tanto, una evolución exponencial dentro del campo de la producción agrícola. La necesidad de producir más alimentos, para alimentar a más de 8.000 millones de personas que vivimos en el planeta, con menos herramientas. Esto supone un reto para cada agricultor, que le obliga a cuidar cada pequeño detalle y, entre ellos, su suelo. Es por ello que cada vez es más habitual la combinación de estrategias de producción intensivas con otras regenerativas.
La solución a escala local para frenar la desertificación es una gestión sostenible de los recursos naturales, en especial la conservación de los suelos fértiles y de los recursos hídricos.
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