¿Cómo afecta al feto si la madre llora mucho?
Seguro que lo has oído en más de una ocasión y te lo ha advertido alguna amiga o familiar: el embarazo hay que vivirlo sin estrés. En muchas ocasiones este consejo se da de forma intuitiva, porque el sentido común nos dice que un nivel elevado de estrés no puede ser bueno ni para la madre ni para el bebé que está creciendo dentro de ella.
Durante mucho tiempo se creyó que el feto ni sentía ni padecía en el útero de su madre, felizmente protegido por la placenta. No obstante, numerosos estudios científicos realizados en las últimas décadas están poniendo de manifiesto que el estado emocional de la madre durante la gestación va a afectar la salud mental del bebé a largo plazo.
La respuesta es sí: numerosos estudios científicos han confirmado esas sospechas. La última investigación se ha realizado en Alemania, en el Centro Helmholtoz para la investigación ambiental-UFZ con 498 parejas de madres e hijos, analizados desde la gestación hasta que los pequeños cumplieron 5 años.
Se sabe que el desarrollo del feto depende, en buena medida, del bienestar de la madre. De si esta practica algo de deporte, sigue una buena alimentación, no toma drogas ni alcohol. Pero, ¿y qué hay de las emociones? ¿Afectan los sentimientos de la madre al niño?
Y es que en las hormonas que genera la madre parece encontrarse la clave de la influencia del estado de ánimo materno en su hijo. Pero también en esa conexión interviene el sexo del bebé.
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El estrés y el desarrollo fetal
El aumento de los niveles de algunas hormonas que provoca el estrés en el embarazo, según un estudio que se publicó en The Journal Physiology realizado en la Universidad de Cambridge, en Reino Unido, afecta al normal desarrollo del feto. En las situaciones de estrés mantenido el organismo humano produce un aumento de las hormonas glucocorticoides.
Cuando esta respuesta fisiológica ocurre en el embarazo puede provocar que disminuya la capacidad de la placenta para transportar glucosa al feto y causar por lo tanto un menor peso en el bebé. También se observó que en las situaciones de estrés algunos genes presentes en la placenta se modificaban y que uno de ellos, el REDD1 es el que interactúa con las vías intracelulares que regulan el crecimiento y la absorción de nutrientes en otros tejidos del organismo.
Otros estudios, en cambio, señalan que el efecto puede ser el contrario, es decir, que cuando la madre se encuentra en un estado de tensión permanente el bebé tiene un crecimiento retardado.
Estrés y problemas emocionales en la infancia
Un estudio de la Facultad de Medicina Charité University de Berlín publicado recientemente en la revista Biologycal Psychiatry, señala que las hijas de las madres con estrés pueden tener problemas de depresión y ansiedad en la infancia. El culpable es la hormona del estrés, el cortisol. Curiosamente, los varones no presentaron estos problemas.
El impacto en la microbiota del bebé
Seguro que has oído hablar de la flora vaginal: bacterias beneficiosas que se encuentran en esa zona de tu cuerpo, que evitan que los agentes patógenos pueden colonizarla. En la Universidad Estatal de Ohio, en Estados Unidos, los científicos encontraron que el estrés en la gestación puede provocar cambios en la microbioma vaginal de la embarazada: es decir, los genes de esas bacterias buenas se modifican.
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Esto a su vez influye en la microbiota intestinal de los bebés y en su cerebro en desarrollo. Hay que tener en cuenta que al nacer el feto entra en contacto con las bacterias que viven en la vagina materna. Ya muchos estudios han demostrado que ese roce sirve para una colonización intestinal normal, para reforzar su sistema inmune y que influye en el desarrollo del cerebro.
Envejecimiento biológico acelerado
Por último, que el estrés acelera el envejecimiento de las personas está probado. Pero al parecer eso también le ocurre al bebé. Una investigación del Instituto Central de Salud Mental de la Universidad de Heidelberg en Alemania señala que el estrés de la gestante puede afectar al envejecimiento biológico de su bebé.
En este estudio se analizó a más de 300 madres con entrevistas sobre sus hábitos de estilo de vida y la percepción del estrés en el embarazo y la aparición de algún trastorno psicológico durante el mismo. Encontraron que el estrés materno se asociaba con los telómeros más cortos en los bebés, pero no en los de la madre.
Niveles de estrés y etapas del embarazo
Un estudio que se realizó con monos, roedores, perros, gatos y humanos en la Universidad de Nuevo México, en Estados Unidos, y en la de Göttingen, en Alemania, concluyeron que las consecuencias del estrés dependían del nivel de estrés y de la etapa de la gestación. Si tenía lugar en el último trimestre del embarazo, se producía un crecimiento intrauterino más lento.
Pero si ocurría en el primer trimestre del embarazo, el feto se “reprograma” porque la naturaleza intuye que algo malo va a ocurrir. De esta forma acelera el proceso de crecimiento y maduración para asegurarse la supervivencia.
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¿Cuándo preocuparse por el estrés?
Llegar tarde al trabajo, o una sobrecarga del mismo de manera puntual no le va a afectar a tu pequeño. Puedes estar tranquila. Pero tener una situación económica muy desfavorecida puede causar una situación de tensión muy prolongada en el tiempo. Y lo mismo ocurre con la muerte de un familiar o amigo muy cercano o en un proceso complicado como una separación.
Recomendaciones para reducir el estrés durante el embarazo
Si por tu forma de vida crees que estás sometida a situaciones de mucho estrés, no caigas en algunas conductas perjudiciales para el bebé como fumar, beber alcohol o seguir una dieta poco equilibrada. Ante todo, calma, tranquilidad y buenos alimentos, como dirían nuestras abuelas.
Descansa todo lo que puedas. Debes dormir entre siete u ocho horas diarias.
El proceso bioquímico del estrés
Cuando la madre se encuentra en una situación estresante, se produce en su organismo una cascada bioquímica. Todo empieza en el hipotálamo, que produce una hormona llamada CRH, factor de liberación de corticotropina; ésta le manda a la pituitaria que, a su vez, produce otra hormona, la ACTH o adrenocorticotropa, que ordena a las glándulas suprarrenales que segreguen cortisol. Éste hace que se libere glucosa en sangre, que va hacia los músculos, los dota de energía y los prepara por si es necesario salir pitando o pelear.
En realidad, la aparición del estrés es el resultado de una estrategia evolutiva necesaria para enfrentarnos a los peligros de la vida. Una vez acaba la situación que producía estrés, el cuerpo recupera los niveles hormonales habituales y el organismo vuelve a su estado normal.
La placenta actúa como filtro e impide que el cortisol, que es tóxico, llegue al feto. No obstante, cuando los niveles de esta hormona en la madre son muy elevados, consiguen atravesar esta barrera y disparan la respuesta de alerta en el feto.
De manera que si el estrés aparece en momentos concretos, es beneficioso. Sin embargo, cuando las situaciones de estrés son prolongadas, aparecen los problemas de manera más marcada. Si la madre está sumamente estresada, el bebé recibe el mensaje de que deberá hacer frente a un entorno peligroso.
Asimismo, tal y como el equipo de neurocientíficos del Imperial College de Londres ha comprobado, existen indicios de que niveles altos de cortisol afectan al desarrollo cerebral del bebé durante todo el embarazo. Durante los primeros meses, que es cuando las células cerebrales se mueven hasta hallar su ubicación definitiva, se cree que el cortisol puede llegar a afectar ese movimiento. Es más, al parecer, la ansiedad de la madre hace que se reduzca el flujo sanguíneo que le llega al feto, por lo que éste dispone de menos nutrientes para formarse; Vivette Glover afirma que, además, cuanto más alto es el nivel de cortisol en el líquido amniótico que rodea al niño en la placenta, más bajo es luego el coeficiente intelectual del bebé.
Implicaciones sociales y la importancia del apoyo
A nivel social, lamenta Sara Jort, psicoterapeuta Gestalt experta en perinatal, el periodo prenatal no está bien protegido por la sociedad, que desconoce la importancia que tiene tanto para la madre como para el recién nacido. “Debería haber políticas que regularan el cuidado de la gestación y los primeros meses de maternidad”, considera Jort.
Durante el embarazo, los cambios que la mujer experimenta no solo son funcionales para la formación del embrión y el feto, sino también emocionales para la progresiva incorporación cognitiva y emocional del futuro niño en la familia. La ansiedad, el estrés o la falta de apoyo familiar de la madre puede repercutir en la salud física y psicológica del bebé. Por esta razón, el papel de la pareja es esencial como apoyo emocional, de escucha, de solidaridad y de compañía hacia la mujer que va a ser madre.
Según la doctora, «la salud de la madre influye en la salud y desarrollo de sus hijos. Altos niveles de estrés y ansiedad en el embarazo se asocian a partos prematuros, abortos espontáneos, cambios en los movimientos del feto, incluso a un aumento en la probabilidad de preeclampsia. Estas mujeres tienen una mayor dificultad en el periodo expulsivo, provocando un aumento en la instrumentalización del parto y cesáreas».
El impacto del parto en el bebé
También el cómo venimos a este mundo puede dejarnos huella. Los científicos han visto que las diferentes formas de nacer influyen en nosotros de manera distinta. Se han medido, por ejemplo, los niveles de cortisol en la sangre del cordón umbilical después del parto y es así como se ha descubierto que para el bebé es también un suceso muy estresante.
Para Vivette Glover, la forma menos traumática de nacer es seguramente la cesárea, aunque ello no implica, recalca, que sea la mejor, puesto que los niños que nacen por esta vía se ha visto que son los que más problemas tienen para iniciar la lactancia materna. Lo más traumático para el niño son los partos sumamente medicalizados, en que se usan fórceps o espátula. Y los partos vaginales, que se ha visto que ayudan a los niños a respirar mejor.
Cuando el parto es completamente natural, apunta esta experta, se desencadena una respuesta hormonal entre la madre y el hijo, que recibe una descarga de noradrenalina. Eso hace que, al nacer, esté en alerta, para reconocer el entorno y a su madre. Es una especie de ritual biológico para conectarse con ella. Entonces se produce la primera toma de leche y luego el pequeño duerme una serie de horas, entra en una especie de periodo letárgico.
En el parto, el padre también tiene un papel esencial. “Comparte con la madre una experiencia muy rica y bonita, y debe procurar que su hijo pueda iniciar la vida desde un punto de vista saludable, permitiendo que se produzca ese diálogo entre madre e hijo”, apunta la psicóloga perinatal Sara Jort. Durante el momento de la dilatación, el padre debe ayudar a la madre a sentirse bien, de manera que esta segregue oxitocina, lo que hará que el parto sea más rápido.
La importancia de los primeros años
Los primeros años de vida del niño son determinantes, y van a dejar una huella indeleble sobre él. De sus vivencias tempranas va a depender en buena medida cómo será esa persona de adulto. Por ejemplo, a nivel neurológico, un bebé que llora y que no es atendido se estresa, aumenta el cortisol en su cerebro, que es tóxico, y eso hace que se establezcan más fácilmente conexiones neuronales de ansiedad que en bebés que cuando lloran son reconfortados.
Durante el embarazo, los cambios que la mujer experimenta no solo son funcionales para la formación del embrión y el feto, sino también emocionales para la progresiva incorporación cognitiva y emocional del futuro niño en la familia. La ansiedad, el estrés o la falta de apoyo familiar de la madre puede repercutir en la salud física y psicológica del bebé.
El parto es un evento neurohormonal con un diálogo constante entre dos cerebros, el de la madre y el del bebé. El estrés materno aumenta el cortisol , hormona asociada con un mayor riesgo de presentar problemas neurobiológicos y conductuales en la infancia, tales como TDAH, retraso en el desarrollo del lenguaje, mayor riesgo de autismo, ansiedad y esquizofrenia en la vida adulta.
Tal como explica la doctora Ortega, «se cree que el bebé percibe los estados emocionales maternos, como nervios, estrés o estados de felicidad, en relación a la liberación de hormonas que se producen, -indica la especialista-; ante un estado de estrés materno, aumenta la liberación de cortisol y adrenalina, y eso podría sentirlo. Por su parte, con la felicidad aumentan los niveles de serotonina que podría atravesar la placenta».
Para la doctora Ortega, «a veces descuidamos el cuidado psicológico de la gestante y es igual de importante que el físico. Es necesario dormir, cuidar la alimentación, realizar ejercicio físico y evitar situaciones que generen inestabilidad emocional. Por ello, es conveniente realizar una atención integral materno-infantil de carácter multidisciplinar.
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