El Origen del Día del Progenitor No Gestante: Un Enfoque en el Vínculo Prenatal y la Salud Mental Materna
Recientemente, se ha incrementado el interés por conocer y evaluar todos aquellos procesos psicológicos que se inician desde antes del nacimiento. En este aspecto, la psicología perinatal ha tenido un enorme papel.
La Teoría del Apego y la Programación Fetal
Según la teoría del apego desarrollada por Bowlby (1993) a mediados del siglo XX, los humanos nacemos con la capacidad para apegarnos a un cuidador, pero necesitamos las condiciones favorables para poderla desarrollar. Sin esta posibilidad, las consecuencias en el psiquismo pueden ser muy graves. Los estudios de Bowlby, que muchos otros investigadores han desarrollado posteriormente, han servido de base para realizar numerosas intervenciones en el campo de la promoción de la salud mental en la infancia.
Autores tan relevantes como Schore (2005) o Siegel (2016) han demostrado que las experiencias de apego y las relaciones tempranas con la madre moldean directamente la arquitectura cerebral y tienen efectos perdurables toda la vida. Pero incluso antes de las primeras relaciones de apego, existe toda una teoría, la llamada teoría de la programación fetal, según la cual algunas estructuras cerebrales podrían quedar programadas para la vida adulta en función del estado de la madre durante algunos periodos del embarazo, así como tener efectos a largo plazo en la salud física futura.
El Impacto del Estrés Materno en el Desarrollo Cerebral del Feto
En este sentido, la neurociencia ha contribuido en sus últimas décadas a conocer cuán importante es el papel del estrés materno en el desarrollo cerebral del feto y en la capacidad de gestionar la ansiedad y el estrés durante la vida adulta. Sabemos que elevados niveles de cortisol (hormona del estrés) alcanzan el cerebro del bebé en desarrollo y pueden dañar su sistema límbico, área que media las emociones, el aprendizaje y la memoria. La ansiedad durante el embarazo se puede manifestar en forma de preocupación acerca del bienestar fetal, rumiaciones, insomnio, nerviosismo o tensión. Estos síntomas son respuestas adaptativas frente a una situación desconocida o nueva.
En casos más graves, pueden presentarse estados de pánico, agorafobia, síntomas obsesivos o de estrés postraumático, además de síntomas depresivos comórbidos (Maldonado-Duran, 2011). También existe mucha literatura respecto a la depresión postparto y, aunque no nos extenderemos en hablar de ella, remarcaremos que está fuertemente asociada a la depresión prenatal (Maldonado-Duran, 2011) y que sufrir depresión durante el embarazo también conlleva riesgos para la formación del feto (bajo crecimiento intrauterino o parto prematuro, entre otros) y en el posterior comportamiento del recién nacido (dificultades en autorregulación y conducta en la infancia).
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Sabemos que el apego, los cuidados maternos, el estado de la mujer durante el embarazo y determinados factores ambientales pueden afectar el desarrollo del bebé y perdurar a lo largo de su evolución.
La Importancia del Vínculo Prenatal
Otro aspecto relevante dentro de los procesos prenatales, en el que nos focalizaremos sobre todo en los casos analizados en este artículo, es el que tiene que ver con la vinculación afectiva que se establece con el bebé ya durante los meses de embarazo. Como señala Oiberman (2013), “el parto marca el inicio de la vida, pero no coincide con la relación madre-hijo, hay pues un proceso psicológico que cohabita con el biológico”.
El vínculo prenatal puede definirse como la filiación afectiva por parte de la madre (o padre) hacia su bebé no nato y se caracteriza por los sentimientos y emociones de la madre gestante hacia su futuro hijo. A diferencia del apego, definido como un conjunto de sistemas e interacciones bidireccionales, el vínculo prenatal lo conformarían las manifestaciones cognitivas, afectivas y conductuales exclusivamente de la madre hacia el bebé (Roncallo et al., 2015).
El tipo de vínculo que la madre establecerá con su hijo por nacer estará influido por diferentes factores, como el estado emocional durante el embarazo, pues altos índices de estrés, ansiedad y depresión han estado asociados a una baja vinculación materno-fetal (Roncallo et al., 2015). Otros factores tienen que ver con su propia historia vincular, la edad, las relaciones familiares, el apoyo percibido, la adaptación al embarazo y los antecedentes obstétricos (Villa-González et al., 2015). En cuanto al último punto, se ha observado que las experiencias previas de duelo perinatal suelen condicionar emocionalmente los siguientes embarazos por el miedo a sufrir una nueva pérdida. Son gestaciones vividas a menudo con elevada angustia, lo cual, además de las repercusiones ya mencionadas anteriormente en relación con el desarrollo del feto, suele afectar también a la vinculación con él.
Antes de proceder a la exposición de dos casos que ilustran cómo algunas veces el vínculo prenatal está gravemente afectado o anulado, queremos subrayar que las condiciones en las cuales se desarrolle este vínculo constituirán la base emocional sobre la cual se consolidarán personalidades más o menos sanas, más o menos resistentes o con mayor o menor tendencia a presentar problemas de salud mental (Grimalt y Heresi, 2012).
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La Preocupación Materna Primaria y la Sintonización Psicobiológica
En 1967, Winnicott ya había expuesto el concepto de preocupación materna primaria refiriéndose a una condición de incremento de la sensibilidad durante el embarazo y días cercanos al parto. Sabemos que es de vital importancia, para un recién nacido, disponer de una madre interesada en identificar sus diferentes estados, razones de llanto o posibles molestias y, sobre todo, que, ante estas experiencias de malestar, pueda sostenerlo emocionalmente, utilizando el concepto de holding del mismo autor. Investigaciones actuales han aportado el correlato neurobiológico que confirmaría los postulados psicoanalíticos.
Schore (2005, 2022) señala que es necesario que la madre esté psicobiológicamente sintonizada con los reflejos del estado interno de su hijo para acceder a una comunicación afectiva con él e indica que cuanto mayor sea esta sintonización, más sincronizada será su interacción. Este autor afirma que el apego seguro depende de la sintonía psicobiológica de la madre con las alteraciones dinámicas de la activación autónoma del bebé. A través de la comunicación no verbal entre hemisferios derechos de ambos, madre y bebé modificarían su comportamiento para adaptarlo a cada momento y situación.
Caso Clínico: Duelo Perinatal y Vínculo Afectado
La madre relata que su hijo fue fruto de un embarazo complicado. Previo a este y posterior al nacimiento de la hermana mayor, sufrió dos pérdidas. La primera, a las 35 semanas de gestación. Era una bebé con un problema genético. La detección tardía del diagnóstico (a las 33 semanas) hizo que el sistema legal de España no permitiera la interrupción de este embarazo, por lo que debieron desplazarse a otro país para provocar el parto, añadiendo esta dificultad a todas las complicaciones emocionales y organizativas que la interrupción suponía. “En el caso de malformaciones severas o limitantes de vida, la madre y su pareja experimentan no solamente el shock de la noticia, sino que también se enfrentan a la necesidad de abordar una serie de decisiones duras. Elegir interrumpir el embarazo es, para muchos, un acto en contra de sus identidades maternas o paternas, aunque sientan que sea la mejor opción para ellos y su bebé (….). El impacto sobre las madres y padres puede ser severo y emocionalmente traumático” (Cassidy et al., 2018).
La segunda pérdida se produce por una rotura de la bolsa intrauterina al realizar una amniocentesis. Esta segunda pérdida agrandó el sentimiento de culpa de la madre por haber quedado embarazada antes de tener los resultados de las pruebas genéticas de las que estaban pendientes.
Durante el embarazo del paciente y ante la amenaza de parto prematuro, se indica reposo a la madre durante el tercer trimestre. Cuenta la madre que el arranque con el niño fue difícil desde muy bebé, ya que le reclamaba mucho. Durante los dos años de guardería, por ejemplo, lloraba continuamente; podía pasar más de dos horas llorando sin calmarse hasta que la avisaban para que lo fuera a recoger.
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Una vez explorada la situación, se observa que las dificultades del paciente están muy ligadas a estas vivencias de duelo perinatal previas de la madre y a cómo estas han afectado a la calidad del vínculo madre-bebé, repercutiendo en la relación posterior entre ellos y pudiendo llegar a afectar al desarrollo psicológico del niño de no ser atendidas.
Entre los padres no había habido la oportunidad de poner en voz alta las vivencias alrededor de las dos pérdidas anteriores al nacimiento del chico, generando entre ellos un espacio de incomprensión y distanciamiento. Ambos fueron presa de la soledad de no poder compartir para no herir al otro. Les sostenía la certeza infundada de que hablar del dolor que se siente provoca más dolor en el otro. La pérdida de un hijo antes del nacimiento es difícil y duro de afrontar y el apoyo entre ambos miembros de la pareja es fundamental para evitar estados de ansiedad y depresión.
Tampoco a nivel social se dio el espacio para sentirse acompañados. “Estos padres y madres no pueden compartir su dolor. No existe la posibilidad de hablar de su hijo, por tanto, no pueden cumplir con una de las principales obligaciones hacia los muertos: recordarlos socialmente” (Cassidy et al., 2018).
En el proceso terapéutico, la madre pudo relatar lo difícil que fue para ella la pérdida de su bebé. Cuando parió a la niña y la sostuvo en brazos, le sobrevino una gran culpabilidad porque se veía una niña saludable. Esta niña ya tenía un nombre, Sandra.
Luego, el padre vivió que la madre había deseado tanto tener otro hijo que llegó a obsesionarse con este deseo, sintiéndose él utilizado. Sin darse tiempo para la elaboración de la pérdida, buscaba y necesitaba embarazarse rápidamente de nuevo para llenar este vacío. Quedó de nuevo embarazada sin esperar el consejo genético fruto del resultado de las pruebas ni darse el tiempo físico de recuperación necesario.
En el transcurso de las entrevistas, subyace el malestar de la madre por la vivencia de cuidar de un bebé que no es el bebé que debería haber sido. El paciente ocupa el lugar de sus dos hermanas muertas. Van apareciendo sentimientos muy íntimos, atribuyendo la madre sus dificultades con su hijo a un castigo por su insistencia en tener otro bebé. Su fantasía era algo del estilo de: “he deseado e insistido tanto en tener un bebé que se me ha castigado con un niño absorbente, del que no me puedo ni separar”.
“Las investigaciones de diferentes ramas de la salud señalan (…) que el vínculo no surge en el período posterior al nacimiento, sino que tiene su origen en la etapa prenatal” (Roncallo et al., 2015). Además, “mujeres con altas puntuaciones de ansiedad en la gestación también presentan altas puntuaciones después del parto y muestran tendencia a sentirse más desbordadas ante las tareas propias de la primera crianza, haciendo, a su vez, valoraciones más negativas de la conducta o temperamento de sus bebés” (Di Prieto, 2012).
Podemos imaginar la ansiedad que rodeó el embarazo de este hijo y cómo el miedo a la muerte y la culpa por las pérdidas anteriores condicionaron este vínculo, dificultando, por parte de la madre, el poder ofrecer respuestas adecuadas y pertinentes a las necesidades de su hijo. El establecimiento de un vínculo materno-fetal es lo que permite que la madre pueda ir diferenciándose de su bebé, sintiéndolo con su individualidad.
El no poder hacer espacio mental ni contar con ayuda social ni profesional para poder hacer esta elaboración previa provocó que, con el tiempo, fuera más complicado para la madre sostener a un bebé cada vez más inseguro del vínculo con su madre y más demandante, entrando en un círculo difícil de cortar para ambos. Bebés con menor capacidad de autorregulación y más irritables son percibidos por sus madres de forma más negativa. Estas pueden presentar alteraciones emocionales pre y post natales, influyendo de esta forma significativamente en las interacciones y pautas de cuidados y crianza (Di Prieto, 2012).
En este espacio, la madre va aportando su deseo de poder vivir y sentir a su hijo de otra manera y lo difícil que es para ella la relación con él. Queda capturada y encallada por pequeños detalles de la cotidianeidad sin poder contener a su hijo ni leer sus acciones como algo natural y propio de la edad, sino que le percibe como muy complicado. Incluso llega a interpretar algunas actitudes del niño con un punto de maldad. Cuando el niño falla en algo, la madre se siente muy herida, viviéndolo como si fuera ella quien estuviera fallando en su función materna y como persona.
Este trabajo posterior al grupo con la madre a solas permitió poner el foco en su mirada y vivencias, liberando al chico de parte de sus proyecciones y ofreciendo un soporte a la madre, desculpabilizándola e integrando su propia historia. Para estos padres, entender su propia historia gestacional, releer los miedos previos y durante el embarazo de su hijo, y poner en voz alta sus vivencias, les ayudó a sentirse más cercanos, compartir sus procesos y comprender mejor las necesidades de su hijo.
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