Los Mellizos de Cali: Historia de un Clan y Resiliencia en Puente Nayero

05.01.2026

Los Mellizos, el clan de los Mejía Múnera, son conocidos en el mundo del narcotráfico en Colombia, donde los clanes criminales son a menudo mafias familiares. Este artículo explora su historia y conexiones con el narcotráfico, extendiéndose hasta Europa.

Ubicación de Cali, Colombia

La Policía de Colombia ha encontrado cerca de 15 millones de dólares en billetes estadounidenses y en euros, escondidos en las paredes de una casa de Cali, al suroeste de Colombia. El dinero fue localizado en una vivienda del barrio Nuevo Tequendama, al sur de Cali, según ha indicado la Dirección de Policía Judicial e Investigación (DIJIN).

Explicó que el dinero se encontró tras dos registros en los municipios de El Dovio y Zarzal (Valle del Cauca) en busca de información, dinero y drogas. Gran parte del dinero hallado eran billetes de 10, 20 y 100 dólares. "Se trata de un verdadero golpe estructural al Cartel del Norte del Valle, es el segundo decomiso más grande de efectivo en la lucha contra el narcotrafico", ha explicado el director de la Policía Judicial, Óscar Naranjo.

La Captura de Víctor Mejía Múnera

Sin lujos y aislado en un rancho de paja pasó sus últimas horas Víctor Mejía Múnera, según agentes de la Dijín de la Policía que lo capturaron esta madrugada. Las autoridades sabían que el vehículo había salido desde Puerto Boyacá e instalaron el retén a la entrada de la población tolimense, donde lo requisaron y encontraron escondido al capo del narcotráfico.

"Está listo para ser extraditado, por él se estaban ofreciendo cinco millones de dólares de recompensa. Santos, quien no precisó cuando ocurrirá la extradición, agregó que se pagará recompensa a una persona que reveló el paradero del capo. Mejía Múnera, de 48 años y natural de Cali, tenía cinco órdenes de captura y las autoridades de Estados Unidos ofrecían una recompensa de hasta cinco millones de dólares. También es conocido como Pablo 'Arauca' y es hermano de Víctor Manuel, muerto el pasado 29 de abril.

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La Caída de un Imperio: De Colombia a Europa

Madrid no parece un buen sitio para Los Zetas, el violento cartel mexicano de las drogas y el asesinato. No hace tanto que Juan Manuel Muñoz Luévano, alias Mono Muñoz, presunto enlace en Europa del cartel, fue detenido y entregado a Estados Unidos antes de la pandemia. Ahora, su sucesor en el cargo de embajador y jefe de la banda acaba en el viejo continente de ser detenido en una operación en la que la Policía Nacional, en cooperación con agentes de Estados Unidos y Colombia, se ha incautado también de 400 kilos de cocaína y ha hecho otra curiosa detención: ha caído El Repetido, nombre atribuido a un hermano trillizo de origen colombiano, muy conocido en el mundo del narcotráfico. La policía española no ha precisado sus identidades.

El embajador recién detenido llevaba una vida nómada por media Europa, pero sobre todo recalaba en Países Bajos y Madrid, donde tenía su morada. El jefe zeta europeo no paraba de reunirse con posibles clientes, aunque muchas de las citas eran para despistar. Pero en los últimos meses estuvo especialmente ocupado y, además, empezó a tomar más precauciones de la cuenta. Un alijo se estaba preparando.

Las sospechas se confirmaron cuando los agentes detectaron un encuentro con El Repetido, trillizo dedicado al narco en Colombia. Las pesquisas no solo permitieron la detención de los dos conocidos narcos, sino también la intervención de Juan Manuel Muñoz Luévano, alias Mono Muñoz, presunto enlace en Europa del cartel de los Zetas.

El Ascenso y Desintegración de Los Zetas

Aunque su imperio del terror no ha acabado, Los Zetas han sido considerados durante años como los principales “generadores de violencia” en México. El cártel fue creado en los años 2000 por soldados desertores del Ejército y aplicó al crimen organizado la táctica de la propagación del terror civil, con un salvajismo que creo miedo en la población y las instituciones. Pero las propias rencillas internas debilitaron la organización, que se dividió en clanes. La organización se ha fragmentado de un modo que permanece confuso.

Presencia de Los Zetas en México

Incautaciones y Golpes al Narcotráfico

Además, la policía se ha incautado de 400 kilogramos de cocaína, 220.000 euros en efectivo, dos vehículos, 10 teléfonos y documentación de interés. En otra operación en Colombia, la Policía encontró cerca de 15 millones de dólares en billetes estadounidenses y en euros, escondidos en las paredes de una casa de Cali, al suroeste de Colombia.

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Puente Nayero: Un Ejemplo Mundial de Resistencia

Debajo de la gravilla de Puente Nayero hay una historia de pobreza, violencia y dignidad. Un palimpsesto construido capa a capa durante los últimos setenta años. Una calle que era un puente y que hoy está libre de la violencia que la convirtió en uno de los lugares más peligrosos de Colombia. Para el recién llegado a Buenaventura, Puente Nayero puede parecer una calle como cualquier otra. La presencia militar en la entrada no es algo del todo raro en la que hasta hace poco era una de las ciudades más violentas de Colombia. La diferencia es que aquí cuentan con una garita de madera permanente donde día y noche hacen guardia tres o cuatro soldados rotatorios. El único que no cambia es un intendente que lleva algo más de un año acudiendo a diario a su puesto.

“Los muchachos sí hacen turnos, pero yo estoy acá todos los días de nueve a ocho, con mis dos horitas para almorzar”. Su presencia es uno de los grandes logros de esta calle para la que la violencia era algo cotidiano. Hasta 2014, había tiroteos a plena luz del día, extorsiones a comerciantes y las terribles “casas de pique” donde los criminales acudían a desmembrar a sus víctimas antes de lanzarlas al mar. Las finas paredes de las viviendas no eran capaces de contener los gritos nocturnos que se filtraban a través de sus rendijas.

El Surgimiento de un Espacio Humanitario

Un día, los nayeros no pudieron más y se plantaron. Siguiendo el ejemplo de casos rurales en un país asediado por el conflicto, los vecinos se sumergieron en un ambicioso proyecto: convertir Puente Nayero en un “espacio humanitario”: libre de violencia.

Don Pompilio Castillo y su hija Nora Isabel reciben la caída del sol desde su porche sentados en sendas sillas de plástico. Los niños del turno de tarde vuelven del colegio y los de la mañana ya hace rato que juegan entre bicicletas y pelotas. Una breve tormenta se cuela entre los últimos rayos del día. “Cuando eso ocurre, acá decimos que está pariendo la Tunda”, dice Nora Isabel.

Fran y Esnei se separan del grupo que juega y se acercan también al porche. Se llevan un año de diferencia -él tiene nueve años y ella diez-, pero se llaman mellizo y melliza el uno al otro. Van juntos a todas partes, aunque ahora a Fran le han cambiado de colegio.

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El espacio humanitario de Puente Nayero hoy es un ejemplo para el mundo entero. Para que el Gobierno hoy tome consciencia que estamos luchando por la no violencia. Hoy somos un pueblo que queremos libertad, para que haya paz con justicia y dignidad.

Puente Nayero tiene estructura de tridente y al inicio del sendero principal se sitúa la casa de don Pompilio, uno de los históricos de la calle. Una especie de presidente no electo de la comunidad, que se afana por que la historia del lugar no caiga en el olvido. En la década de 1970, un puñado de habitantes del río Naya decidió desplazarse hasta la capital de la región buscando una mejora en sus condiciones de vida. Pueblo pesquero y con un gran sentido de la comunidad, aquellos nayeros vieron en el humilde barrio La Playita de Buenaventura la posibilidad de empezar una nueva vida.

Se corrió la voz y una nueva ola de desplazados llegó hasta lo que entonces era una endeble construcción palafítica concebida como muelle pesquero. Las viviendas más recientes de Puente Nayero permiten hacerse una idea de cómo era toda la calle en sus orígenes. La primera fase del proyecto estuvo protagonizada por unas rudimentarias construcciones a las que se accedía mediante endebles tablones de madera que se ensamblaban con mayor o menor fortuna. El problema del alojamiento estaba salvado, pero la población continuó creciendo y empezaron a surgir otros problemas.

La gente se caía al atravesarlos. Varios niños murieron ahogados. Había que buscar una manera de afianzar la base, de tener unos cimientos sólidos que aportaran estabilidad, de transformar oficialmente el puente en una calle.

Pidieron ayuda a las autoridades locales, que se negaron. Al fin y al cabo, la calle se había creado al margen de cualquier plan urbanístico razonable (o legal). Corría ya la década de 1990. ¿De dónde podían sacar las toneladas suficientes de algún material que permitiera rellenar toda una calle? Alguien lo vio claro: de la basura. Los desechos les permitieron construir un hogar. “¿Cómo empezamos a hacer la calle? Tumbando puentes. Tumbamos los puentes, hicimos los quinchos, las cercas, cortamos los palos. Y empezamos a rellenar con la basura de la Galería de Pueblo Nuevo. Esa basura era la materia prima”.

En 1990 bautizaron la calle. En 2014 Puente Nayero pasó de ser una de las calles más temidas a un ejemplo de resistencia pacífica.

El Impacto de la Masacre del Naya

Después de la pobreza vino la guerra. En abril de 2001, unos 400 paramilitares del Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) entraron en el Naya y asesinaron al menos a 30 personas, según fuentes oficiales. Los campesinos denunciaron que fueron más de un centenar. Por el camino dejaron un rastro de degollaciones, torturas y mutilados. Aquella Semana Santa infernal se quedó grabada en la memoria colectiva y fue bautizada como la Masacre del Naya.

Cundió el pánico en la región y se produjo otra ola de desplazamientos. Sus habitantes formaban parte de los 7,7 millones de colombianos forzados a abandonar sus casas. Es la población de desplazados internos más numerosa del mundo, que superó a Siria en 2016.

“Mucha gente tuvo que emigrar aquí, y hubo problemas para poder ubicarlos”, recuerda don Pompilio. “No teníamos casas, no teníamos comida, no teníamos nada. Las autoridades ayudaban muy poco”.

Así que ampliaron la calle. A la principal, San Francisco, se unieron otras dos que aún hoy mantienen su rudimentaria estructura inicial. Un recordatorio de cómo fueron los orígenes de Puente Nayero.

Parte de su historia más reciente queda recogida en Miradas Pacíficas, un proyecto documental universitario que quiere convertir el caso de esta calle en ejemplo de resistencia pacífica para otros espacios. Los dos jóvenes detrás de esta idea ceden la cámara y la dirección a dos adolescentes de la calle, Junior y Brian, para que ellos mismos cuenten la historia de sus vecinos. Cada día después del rodaje, realizan con ellos una sesión de visionado para comentar el material obtenido:

Haciendo de bisagra entre una de ellas y la principal está la casa de Melania Colorado. Es de las pocas más o menos asentadas en tierra firme. A partir de aquí, las viviendas se suceden a lo largo de vacilantes puentes de madera. Al acabar la jornada, le gusta sentarse junto a la ventana, donde corre algo de aire, y saludar a los vecinos que pasan.

Cada mañana, las madres que van a trabajar -o a buscar trabajo- dejan a sus hijos en manos de esta mujer y de Marlín, dos de las madres comunitarias del espacio. Ellas se encargan de cuidar a los pequeños, de darles de comer, de enseñarles canciones. Una guardería como enésimo símbolo de la extraña normalidad que reina en Puente Nayero.

Hasta hace un par de años, muchas de las escenas descritas serían impensables. No hace tanto que los niños no salían de casa y los adultos trataban de regresar siempre antes de las seis. A veces ni siquiera esa precaución bastaba. A Lucinda, vendedora de pescado en el mercado, le tocó correr más de una vez al volver de trabajar. Lucinda recuerda el miedo que sentía cada día al recorrer los pocos metros que separan su casa del mercado donde trabaja. La calle estaba considerada una de las más peligrosas de Buenaventura, y aún el resto de la ciudad se muestra recelosa de llegar hasta ella.

“Cuando empezamos la calle teníamos una ventaja: no había problemas de orden público. No había paramilitarismo en Buenaventura”, recuerda don Pompilio. Fue a partir de 2012 cuando se acentuó la violencia. “Empezaron los asesinatos selectivos, las balaceras, la pica de gente”.

Durante años, los nayeros hicieron de la violencia un vecino más. Tiroteos a plena luz del día, extorsión a los comerciantes y la presencia de un par de casas de pique donde las bandas criminales desmembraban a sus víctimas. Sus habitantes recuerdan cómo la agonía de los gritos comenzó a formar parte de la rutina, y que incluso los niños usaban con naturalidad expresiones como “te voy a picar” para amenazarse en sus juegos.

En este contexto se empezó a fraguar la idea de crear el primer “espacio humanitario urbano” del mundo, como lo llamaron después.

Nora Isabel Castillo, una de las líderes de la calle, lo define así: “Un proceso de resistencia que hacen las más de mil personas que habitamos en este sector debido a toda la ola de violencia que se vivió desde 2012”.

Con la ayuda de la comisión intereclesial Justicia y Paz, exportaron el modelo de espacio humanitario implantado en regiones rurales. El proceso fue difícil. Al principio, se tuvo que expulsar a las personas que traían la violencia al barrio. “Muchos de ellos se negaban a salir y empezaron a amenazar a los líderes que estábamos en ese momento acá”.

Pero lo lograron. Antes de la creación del espacio humanitario, no era habitual encontrar a niños jugando en la calle. Por eso algunos líderes comunitarios como Nora Isabel todavía se desplazan con escolta y solo pueden entrar y salir de la calle subidos en todoterrenos de cristales tintados. Es el precio que tienen que pagar por haber logrado expulsar la violencia.

Pero ¿por qué llegó de repente esa violencia a una calle que hasta hace unos años ni siquiera existía?

“Nosotros decimos que son las personas que están haciendo el trabajo sucio tanto al Gobierno como a las multinacionales, porque una de las formas de poder sacar a la comunidad es con el miedo”.

Castillo se refiere al plan de expansión portuaria y desarrollo hotelero que tiene La Playita, barrio en el que se encuentra Puente Nayero, en su punto de mira. A los vecinos se les ofreció una reubicación en el periférico barrio de Ciudad de San Antonio, pero se negaron en redondo.

“Somos familias muy extensas y las casas que nos están dando son muy pequeñas. Además, la gran mayoría de personas que habitan aquí son pescadores. Su sustento está en el mar. Desde allá les tocaría venir hacia acá, coger la lancha, irse, volver aquí y volver a irse allí. Es un gasto mucho más grande, al que se suma la inseguridad para esa persona al tener que trasladarse cada día”.

La de Vanessa está en el límite de las viviendas con agua potable, otro de los grandes problemas de la calle. Desde más o menos la mitad del paseo, la gente tiene que acudir cubo en mano a un surtidor del que brota agua. Para mayor complicación, esto no ocurre todos los días. Pueden pasar hasta una semana sin que los vecinos vean una gota. Paradójicamente, a pocos kilómetros de Buenaventura se despliega el Parque Natural San Cipriano, uno de los lugares donde más llueve del mundo.

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