El Legado de Txetxu Rojo y la Historia de Lurdes Iribar
Para medir la magnitud histórica de José Francisco, 'Txetxu', Rojo Arroita, basta con observar la extensa lista de familiares, amigos y aficionados del Athletic que se congregaron en el funeral del genial extremo rojiblanco. La ceremonia, celebrada en una Basílica de Begoña repleta, cerraba el círculo de su inolvidable biografía.
Allí cerca, en las campas de Begoña y el antiguo frontón de cemento, Txetxu comenzó a jugar al fútbol en aquella cuadrilla bautizada como el 'Peñarol'. Pronto, con su zurda como llave, se unió al Athletic, su club para siempre.
Su gran amigo, Joseba Betzuen, también exrojiblanco, habló en la ceremonia en nombre de la familia: su esposa, Lourdes, sus cuatro hijos, Jessica, Txetxu, Patricia y Nayua, y sus hermanos. Betzuen desempolvó una vieja conversación con Txetxu: «Una vez le pregunté cómo hacía para correr a esa velocidad y pasar con esa precisión desde la banda.
«Nuestro Txetxu», repetía Betzuen, para quien, más allá de los éxitos deportivos, la «mayor grandeza» de Rojo «era su corazón». «Contigo -le agradeció- aprendimos a ser grandes personas». Y, en medio de una profunda tristeza, se permitió un guiño alegre. «Contigo aprendí hasta a hacer el nudo de la corbata. Lo que no aprendí es a darle con el empeine al balón como él para hacer aquellos pases.
Betzuen agradeció a los presentes su asistencia y cariño. Allí estaban compañeros de Rojo como José Ángel Iribar, Javier Clemente, Javier Irureta, Daniel Ruiz Bazán, Andoni Goikoetxea, José Ramón Alexanco, Juan Antonio Zaldua, Andoni Zubizarreta, Manolo Sarabia, Carlos Ruiz, Miguel de Andrés, Santi Urkiaga... y José Ángel Rojo, 'Rojo II', hermano de Txetxu.
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A esa plantilla histórica se sumaron en la Basílica camadas posteriores de la cantera rojiblanca con la presencia de Julen Guerrero, Rafa Alkorta, Andoni Aiarza, Óscar Tabuenka, Andoni Lakabeg, Patxi Salinas, Ritxi Mendiguren, Javi González, Imanol Etxebarria, Ismael Urzaiz, Genar Andrinua... También estuvieron expresidentes como Ana Urquijo, Fernando García Macua, Aitor Elizegi, José María Arrate, José Julián Lertxundi, Fernando Lamikiz y Josu Urrutia. La directiva actual tuvo una amplia representación con el presidente, Jon Uriarte, a la cabeza, junto al ahora entrenador del equipo, Ernesto Valverde. En nombre del Celta, equipo al que entrenó Rojo, vino Vladimir Gudelj.
Junto al altar había coronas de clubes como el Real Madrid, la Real Sociedad, el Celta y los veteranos del Athletic. Clubes como la Real Sociedad, el Real Madrid y el Celta, al que entrenó, depositaron coronas en memoria de Rojo I, una leyenda del Athletic.
Trayectoria como Jugador
Vistió 17 años la camiseta rojiblanca. Ganó dos Copas, casi una Liga y perdió aquella final de la UEFA de 1977 ante la Juventus. En el Athletic Club solo Iribar, con 614 partidos, ha defendido más veces el escudo de los leones. Txetxu lo hizo durante 541 partidos, anotando 68 goles.
Se había formado en la cantera bilbaíno y nunca vistió otra camiseta. Debutó con el primer equipo en 1965 y se retiró en 1982. Varias generaciones de hinchas rojiblancos crecieron imaginando su zancada larga y armoniosa junto a la raya de cal a través de aquellas retransmisiones radiofónicas.
Los más afortunados pudieron verle en San Mamés; los demás le admiraron de oídas, pero, aun así, conservan viva su estampa, mentón arriba, corriendo la banda izquierda. Su tamaño como futbolista fue enorme y, como apuntan compañeros como Dani, sus «valones humanos» eran incluso mayores que los deportivos. La Basílica de Begoña dio fe.
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Casi había que ponerse de puntillas para ver a alguna de esas viejas figuras del fútbol; de puntillas como en el antiguo San Mamés para ver quién remataba aquellos centros templados y exactos que salían de la bota zurda del número 11. Era el dorsal que tantos niños pidieron coser en sus camisetas.
La Basílica estaba abarrotada. Lleno total en 'La Catedral' de Begoña para el 'agur' al mito del Athletic que ha dejado encendida para siempre la luz en la banda izquierda. «Un aplauso para Txetxu», pidió Betzuen.
Txetxu Rojo estaba igual de fino con 18 años, cuando debutó en el Athletic a las órdenes de su admirado Piru Gainza, que con 35, cuando colgó las botas con Javier Clemente en el banquillo después de diecisiete temporadas, en 1982. Y también durante las cuatro décadas posteriores, en sus diferentes etapas como formador y entrenador.
Había algo genético en aquel caballero de la triste figura que convertía el fútbol en alegría y gracilidad cuando corría por la banda izquierda con el balón pegado a su zurda. Sus frenadas en seco en pleno sprint y los cambios de ritmo desorientaban de tal manera a los defensas que seguían corriendo detrás de una pelota que se había vuelto invisible.
La conducción era soberbia, con la cabeza siempre en alto para no perder nunca la panorámica y la perspectiva. Su realzado estilismo, sin embargo, no sólo estaba escrito en el ADN. Lo trabajó como nadie con una disciplina férrea en la cuidada nutrición y en las horas dedicadas al descanso.
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«A mí algo a la plancha», se adelantaba casi sin sentarse a la mesa antes de que los camareros le entregasen la carta o cantaran el menú. Lo hizo toda su vida, como jugador y como el mejor amigo de sus amigos en todo tipo de reuniones. Comidas limpias y nada de trasnochar. Una copita de vino si se terciaba. Ni una más. Profesional intachable, a todas horas. Por eso era igual de bueno en el campo con 18, con 25 y con 35 años.
Fue, de hecho, el nexo de unión entre la generación campeona de las Copas de 1969 y 1973 y el embrión de la que brilló a principios de los 80. Catalizador de lujo. A la leyenda rojiblanca no le hicieron falta una legión de nutricionistas ni de expertos en big data persiguiéndole para saber que la salud era fundamental si quería mantenerse en la élite con un rendimiento sobresaliente.
Su talento y clase eran naturales -aunque hubo un sector de San Mamés que nunca llegó a entenderle-, pero siempre tuvo claro que sólo explotaban cuando estaba bien físicamente y había dormido lo necesario. Era un cartujo moderno. Recogido para mejorar e impulsar al colectivo en el terreno de juego y, al mismo tiempo, extrovertido, socarrón e irónico cuando hablaba, y lo hacía mucho, de fútbol fuera de los estadios.
Rojo creció como un futbolista callejero en las campas de Begoña antes de recalar en el Firestone, histórico equipo juvenil que llegó a levantar una Copa de España. El Athletic fijó sus ojos en él en 1964 y poco más de un año después ya debutó con el primer equipo tras un paso fugaz por el filial.
Gainza apadrinó de inmediato a ese chaval espigado de mirada tímida y le dio en propiedad la banda izquierda. Maestro y alumno comenzaron a forjar una amistad que creció con el tiempo. El '11' rojiblanco hablaba de él con fascinación. Fue su mentor y la persona que le reveló todos los entresijos técnicos y tácticos: movimientos, desmarques, combinaciones, las pausas...
Los laterales derechos de los equipos rivales se quedaban lívidos cuando Rojo I aparecía en las alineaciones -figuraba siempre el último por el número de su dorsal-. Sabían que les tocaba sufrir ante aquel joven exquisito que hacía con el balón lo que le daba la gana. Su genialidad no sirvió para levantar el trofeo de Copa en 1966 y 1967, con sendas derrotas en las finales ante el Zaragoza y el Valencia, pero fue determinante para lograr los títulos del torneo del k.o. ante el Elche y el Castellón, en 1969 y 1973. Después llegaría el fatídico 1977.
Adiós al sueño de la Copa de la UEFA ante la Juventus tras someterle a una tortura futbolística en el duelo de vuelta en La Catedral. Eran años de horas y horas de carretera, de largas concentraciones en hoteles cercanos -y no tan cercanos- a las ciudades en las que se disputaban los partidos. Desayunos, comidas, cenas, partidas de cartas... Los futbolistas charlaban largo y tendido y construían casi sin darse cuenta una complicidad y una camaradería impensables hoy en día.
Los viajes fugaces, los auriculares y la obsesión por las redes sociales no ayudan a crear grupo en este fútbol en el que el nombre de un jugador tiene más valor que los colores que representa. Rojo, Iribar, Beltzuen, Iñaki Sáez, Aranguren, Dani -«el pequeño», como le llamaba cariñosamente el extremo de Begoña- formaron una familia que perduró cuando dejaron el fútbol profesional.
Se veían habitualmente, compartían mesa y mantel, recordaban juntos los momentos felices y tristes de su carrera en común... Crecieron en el Athletic y el fútbol unió sus vidas para siempre. Rojo solía mencionar a Johan Cruyff, una de sus referencias. Eran bastante cercanos.
En el Athletic han jugado varias parejas de hermanos a lo largo de su historia. Y los Rojo fueron una de ellas. Su posición y su cometido en el campo eran muy distintos. José Ángel era el hermano menor y actuaba como centrocampista de contención. Llegó al Athletic desde el Indautxu, previo paso por el juvenil rojiblanco, y también prestó sus servicios en el Racing de Santander. Se llevaban poco más de un año y ya desde la infancia convirtieron el balón en su 'compañero' favorito por las campas cercanas a su hogar.
Hay un dato curioso. Disputaron un partido juntos con la selección frente a Turquía, el único en el que José Ángel fue llamado por España. Antes que ellos también compartieron vestuario en el Athletic los hermanos Arieta, los delanteros Eneko y Antón. Hicieron 253 goles entre 1964 y 1966. Les precedieron los Gainza en el último lustro de los años 40. Miguel era defensa. Agustín Piru Gainza, después entrenador del equipo bilbaíno, fue uno de los mejores delanteros de la historia del Athletic.
Ha habido más hermanos con el corazón rojiblanco. Su última campaña fue la 1981-1982, en la que jugó 27 partidos. El entrenador era Clemente. Técnico y futbolista mantuvieron una conversación en la que consensuaron la retirada del bilbaíno al final de ese año para ceder el protagonismo a las nuevas generaciones. Rojo sólo puso una condición. Quería marcharse en activo.
En marzo del 82 se le rindió un homenaje con un partido frente a Inglaterra. Fue sustituido en el minuto 59 con los aficionados rendidos a sus pies. En el césped, Zubizarreta, Urkiaga, De la Fuente, Liceranzu, Goikoetxea, Gallego, Noriega, Sola, Sarabia y Argote.
Trayectoria como Entrenador
Como entrenador sí que dirigió a otros equipos además del Athletic, como el Zaragoza, el Rayo Vallecano... Pero Vigo ocupa un lugar especial en su biografía. Su etapa, entre 1991 y 1994, se recuerda con especial cariño. Pero tiene además una importancia especial para el corazón del celtismo.
Rojo fue el técnico que devolvió al equipo a Primera División a comienzos de los noventa y el que comandó a aquel grupo tan especial, con Gudelj como estrella, que disputó y perdió la final de la Copa del Rey de 1994 ante el Zaragoza.
Está claro que el llorado Txetxu Rojo dejó huella por allí donde pasó. El legendario jugador del Athletic Club fue un verdadero 'One Club Man', sólo defendió los colores como futbolista del conjunto de San Mamés. Pero, sin embargo, como técnico tuvo una trayectoria que le llevó por diferentes ciudades en las que lógicamente también se han acordado de él con motivo de su fallecimiento.
Anécdota con Santi Cañizares
Txetxu Rojo es un personaje muy querido por todo el fútbol español. Una buena prueba de ello han sido las numerosas muestras de cariño ya afecto para su familia y en su memoria que se han podido ver en todos lados tras su muerte. Pero en estos días de recordar los grandes días de Txextu Rojo se ha recuperado una anécdota con él que contó Santi Cañizares en su biografía. Estos sucedió durante la etapa de ambos en el RC Celta en el verano de 1992
"Recién llegado al Celta, en septiembre, tuve un problema familiar de índole económico que suponía perder la casa familiar por una deuda de tres millones de pesetas (18.000 euros) y mi padre recurrió a mí. Pedí ayuda al club en modo de un adelanto para resolver el tema, pero no se atendió mi petición, aunque esta situación llegó a oídos de Txetxu Rojo", comienza explicando el ex portero en su biografía"Txetxu, que apenas me conocía desde hacía unas pocas semanas, me llamó a su despacho y, de sopetón, me ofreció un cheque suyo personal con la cantidad que yo necesitaba. Me dijo que no me quería tener en el equipo con problemas extradeportivos y que resolviera la situación. Txetxu Rojo nos dejó ayer a los 75 años de edad.
El que fuera gran extremo rojiblanco en la década de los 70 dejó un legado insuperable en el apartado futbolístico, pero también lo dejó en el personal. "Recién llegado al Celta, en septiembre, tuve un problema familiar de índole económico que suponía perder la casa familiar por una deuda de tres millones de pesetas (18.000 euros) y mi padre recurrió a mí. Pedí ayuda al club en modo de un adelanto para resolver el tema pero no se atendió mi petición, aunque esta situación llegó a oídos de Txetxu Rojo", recordó Cañizares.
"Txetxu, que apenas me conocía de hace unas semanas, me llamó a su despacho y me ofreció un cheque para resolver la situación. No me dijo cuándo se lo tenía que devolver. Desde aquel día, yo beso por cualquier sitio por el que deba pasar Txetxu Rojo", añade el exportero.
Lurdes Iribar y su Paso por Locomía
En los años 80, el grupo español 'Locomía' cautivó al mundo entero con su estilo extravagante y sus ritmos pegadizos. Detrás de los abanicos y los atuendos llamativos, se forjaron historias de vida, sueños y desafíos.
Una de esas historias es la de Lurdes Iribar (59 años), la diseñadora que trabajó codo con codo con el grupo y que ahora comparte con ABC desde su hogar en Tolosa, Guipúzcoa, su trayectoria marcada por altibajos, superación y resiliencia.
Para muchos, Lurdes es la sombra que hay detrás del grupo 'Locomía', y es que, como ella misma reconoce, «detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer», aunque en este caso había cuatro hombres. «¿Pero no se daban cuenta de que eran gays?», se pregunta en un momento de 'Locomía' la guipuzcoana Lurdes Iribar, corista y diseñadora del estilismo del grupo, a la que odiaban las fans al creer que era la novia de alguno de sus miembros.
Retrocedamos a la España inmediatamente anterior a los fastos del 92. A finales de los 80, entre los rescoldos de la Movida y la barra libre del Gobierno socialista, aparecen cuatro fulanos con hombreras imposibles y zapatos de punta que, armados de abanicos, encarnan el pasote hedonista de drogas y sexo que se vivía en Ibiza.
«Pierdes más aceite que la furgoneta de Locomía», decíamos cuando no sabíamos qué significaban las siglas LGTB. La música de un grupo puede resultar ridícula, pero su historia no. Como protagonistas, dos villanos inolvidables y un montón de chicos guapos enternecedores que fueron pasando por la banda y hoy viven de los recuerdos.
«Gente colgada en el pasado», en definición de Xavier Font, el creador e ideólogo de Locomía, que a los 17 años vendía abanicos por las discotecas de Barcelona y customizaba túnicas de sacerdote. Un egocéntrico que dormía cada noche con una nueva conquista y que soñaba con tener «una tribu urbana a sus pies». Font hoy luce tatuajes tribales en su cráneo rapado y sabe lo que es la cárcel tras cumplir una condena de tres años por tráfico de popper y éxtasis.
«A sus 59 años es un niño, para lo bueno y para lo malo», apunta el director de la serie, Jorge Laplace. Sigue ufanándose de haber creado y destruido Locomía, que debe su nombre a uno de sus primeros miembros, el holandés Gard Passchier, que en realidad quería escribir Mi locura.
Manuel Arjona tenía solo 16 años cuando vivía en comuna y vendía ropa en los mercadillos de Ibiza. El cuarto Locomía original era Luis Font, hermano de Xavier. Aunque solo bailaban y hacían postureo, constituían la atracción de la discoteca Ku. Hasta Freddie Mercury los quiso para la mítica fiesta de su 41 cumpleaños en el hotel Pikes de la isla, en la que se consumieron 350 botellas de Moët Chandon y los fuegos artificiales se vieron desde Mallorca.
Los zapatos en punta que lleva el líder de Queen en el último videoclip que grabó antes de morir, 'I'm Going Slightly Mad', son de Font. La fiesta ibicenca terminó cuando quemaron el viejo molino en el que vivían los Locomía. Y entonces aparece el segundo gran villano de esta historia, el productor musical y manager José Luis Gil, que también va tatuado, aunque sus dos serpientes en los brazos queden ocultas bajo las mangas de la camisa.
El 'rubio de oro' de la industria discográfica española ya presidía Hispavox con 25 años. Corte a Madrid, 1989. Gil intuye el potencial comercial de los chicos y los mete en un estudio para crear una 'boy band' glamurosa y sofisticada destinada a las pistas de baile. Un contrato leonino les prohíbe revelar que todos son gays.
«No se les puede achacar que no salieran del armario, porque en los 90 nadie lo hacía. No fueron activistas, pero era algo tan obvio que eran diferentes… Sirvieron de representación para mucha gente», recuerda Jorge Laplace. Tampoco pueden maquillarse ni salir de fiesta. Se ponen a grabar 'Locomía', el primer sencillo del disco 'Taiyo' (sol, en japonés), pero ninguno sabe cantar. Así que el estribillo de «disco, Ibiza, Locomía, moda, Ibiza, Locomía' lo recita el propio Gil.
Después vendrán temas como 'Rumba Samba Mambo' y Gorbachov', en honor al presidente de la URSS en aquel entonces. Duran cuatro años y dos discos más con múltiples cambios de formación. Quizá en España no nos los tomábamos demasiado en serio, pero en Latinoamérica arrasaban y constituían un fenómeno de fans.
«Eran el típico grupo que llenaba el aeropuerto cuando aterrizaban. En América Latina dieron el pelotazo», certifica Laplace, que no está de acuerdo con el calificativo de supervillanos para Font y Gil. «Me gusta jugar con los grises, que el personaje quede retratado con sus luces y sus sombras. Me gané la confianza y generosidad de Xavier y Jose Luis, sabiendo que este no es el típico documental en el que todo el mundo vaya a quedar bien.
Finales de 1992. Tras triunfar en Viña del Mar, justo cuando se encuentran a punto de dar el salto a Estados Unidos, Xavier Font, que seguía cobrando pero ya no era miembro del grupo, convence al resto para que abandonen a Gil. Uno es propietario del concepto Locomía, el otro tiene los derechos de las canciones. Demandas y enfado de los fans, que tienen para elegir dos grupos diferentes que actúan con el mismo nombre. Fin del sueño, aunque la guerra todavía dura y hoy te puedes encontrar a un grupo llamado Locomía actuando por ahí.
Los que tuvieron suerte encontraron trabajo poniendo copas, actuando en teatro o como azafatos del AVE. Santos Blanco, el 'rubio de Locomía', murió por causas naturales en un albergue social de Gijón en 2018. Tenía 46 años. Menos de un mes después fallecía a la misma edad Frank Romero de una infección de origen bacteriano.
«Locomía podría haber entrado en el mercado americano, que valora mucho lo artificial. Hubo un contrato con Sony e interés real de Emilio Estefan», apunta Jorge Laplace, que remarca el valor simbólico de que todo se viniera abajo en 1992. «El año en que quisimos mostrar al mundo que éramos modernos para superar un complejo histórico.
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