Historia de la Lactancia Materna y Animal: Un Vínculo Ancestral
La lactancia nos define como clase dentro del reino animal. Somos los mamíferos, los portadores de mamas, una de nuestras características específicas principales, aunque no la única. Además tenemos pelo, cuatro cámaras cardíacas, sangre caliente, un solo hueso en el maxilar inferior provisto de dientes y tres huesecillos en el oído medio.
El nombre no nos lo puso el Dios de la Biblia ni Aristóteles. Es un término reciente ideado por Linneo en 1758 y la elección del mismo entre nuestras otras propiedades no es casual ni sorprendente en pleno siglo XVIII, en el que hay un interés moral y político por la lactancia como medio de subrayar el papel de la mujer en la familia y la sociedad, su rol maternal y su capacidad de amamantar.
Somos (quedamos) unas 5.400 especies diferentes de mamíferos en la Tierra, todas ellas preparadas para el amamantamiento, viviendo en cualquier medio (tierra, mar y aire) y alcanzando los más diversos hábitats del planeta.
Conocemos la duración de la lactancia apenas en 753 especies y la edad de introducción de alimentos distintos de la leche materna en 419 especies.
La duración media de la lactancia entre nosotros, los mamíferos, varía de 5 días en algunas focas, algún pequeño roedor y alguna musaraña, a más de 900 días en grandes simios (chimpancés y orangutanes).
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En general, salvo escasas excepciones, el tiempo de lactancia guarda una relación directa con la masa corporal de los individuos de la especie.
Tiempos de lactancia superiores a 500 días son comunes en especies con grandes cuerpos y con una solo cría por gestación, como canguros, grandes simios, morsas, ballenas, sirenios, elefantes y rinocerontes.
Algunas focas y las ballenas barbadas o misticetos, rompen esta regla, amamantando mucho menos tiempo que lo que sería de esperar a tenor de su masa corporal.
El tiempo de lactancia ocupa en casi todos los mamíferos entre el 40 y el 60% del total de tiempo de inversión materna en la cría, tiempo de flujo de masa y energía de una a otra y que se extiende desde la concepción hasta el destete (embarazo + lactancia), de tal manera que los tiempos de embarazo son similares a los de lactancia en la mayoría de mamíferos.
La excepción está en los marsupiales, cuyo tiempo de lactancia es el 90% del total del tiempo invertido por la madre en la cría.
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Sabemos también que el crecimiento del cerebro está en relación directa con la duración total de los periodos de gestación y lactancia. Las especies con cerebros más grandes respecto a su masa corporal tienen mayor tiempo de inversión materna en las crías (embarazos y lactancias más prolongados), que maduran más tarde y tienen mayor esperanza de vida.
La duración de la gestación influye en el tamaño del cerebro al nacimiento y el tiempo de lactancia determina su crecimiento postnatal.
La glándula mamaria provee en todas las especies factores de protección y nutrición a las crías. Mientras los factores de protección son comunes a los del sistema inmune de cada especie, varios de los factores nutricios son específicamente producidos en la misma glándula mamaria.
La lactancia protege de enfermedades, alimenta y contribuye a asegurar desde los orígenes la supervivencia de las crías de cada especie. Posiblemente es el fenómeno de la lactancia el que explica la enorme diversidad de hábitats que ha sido capaz de ocupar nuestro reino en la tierra, ya que la leche materna asegura la alimentación de las crías en los hábitats más adversos hasta que son capaces de alimentarse de otros productos de la naturaleza.
La huída del comportamiento mamífero
Desde la aparición de los mamíferos en el cretácico, hace unos 150 millones de años, todas sus crías han mamado la leche de sus madres. Un complejo sistema neuroendocrino prepara a las hembras de mamífero para la maternidad durante la gestación y causa inicialmente, tras el parto, la conducta materna.
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A partir de ahí son las crías las que se encargan de mantener dicha conducta estimulando a la madre. Si el contacto se interrumpe, la conducta materna desaparece.
En condiciones normales, entre mamíferos no humanos, no son muy frecuentes los rechazos maternos de la cría ni los casos en los que una hembra amamanta a la de otra madre y se observa esporádicamente amamantamiento de crías de una especie diferente.
El Homo Sapiens Sapiens, aparecido hace unos 200.000 años, es capaz de lleva a cabo las tres situaciones descritas e incluso normalizar las dos últimas.
Para poder hacer consuetudinarias estas conductas ajenas al resto de mamíferos, tuvimos que aprender mucho durante miles de años hasta poder abandonar el nomadismo y adoptar el sedentarismo como estilo principal de vida.
Hace unos 10.000 años, el acumulo de alimentos y riqueza posible en las sociedades que dominan la agricultura y la ganadería, la seguridad que ofrecen las viviendas y asentamientos estables y la jerarquización de grupos sociales cada vez más grandes que caracterizan el Neolítico posibilitan el inicio de una experiencia nunca antes vista: la crianza de alejamiento, de separación, de destrucción de la díada madre-bebé.
La crianza de proximidad propia necesariamente (de otro modo la supervivencia no estaba asegurada) de los grupos nómadas depredadores paleolíticos comienza a desaparecer y desde entonces hasta hoy se ha reforzado por medio de múltiples mecanismos de índole cultural que, aunque disfrazados de argumentos filosóficos, morales, teológicos, supersticiosos o incluso proteccionistas y hasta científicos, no pueden esconder una terrible realidad: el odio cultural de genero, el poder del hombre sobre la mujer, la misoginia en toda su extensión, el desprecio infinito a la mujer, a su mente, si es que se la considera, y a su cuerpo.
La creencia en la inferioridad de la mujer respecto al hombre está justificada en los textos de las tres religiones del libro y, defendida por Aristóteles, alcanza el siglo XX y persiste culturalmente hasta hoy.
No es un rasgo exclusivo de la cultura occidental: corrientes religiosas y de pensamiento orientales no difieren en esta consideración, asociando todo lo relativo a la mujer con fuerzas negativas, frías y obscuras en oposición a la positividad, calor, y claridad del hombre y lo de él emanado.
Todas las prácticas que pasamos a describir y que constituyen el reforzamiento progresivo o la adaptación a cada realidad histórica de la crianza de alejamiento tienen su justificación última en la misoginia.
Antes de describirlas una a una es preciso explicar una serie de ideas capitales sobre la anatomía y sobre la sangre y la leche que se remontan al origen de los tiempos y han alcanzado nuestros días, siendo aún creídas hoy en numerosas culturas:
- La sangre menstrual es materia impura.
- El recién nacido es producto de la sangre menstrual a la que el semen del hombre infunde espíritu y da vida. Durante 9 meses forma al nuevo ser dentro de la madre.
- La leche materna es una modificación de la sangre menstrual. Durante 2 a 3 años (periodos usuales de lactancia) sigue formando al nuevo ser, ya fuera de la madre. Esta idea es recogida por Aristóteles (s. IV a.C.), fijada por Sorano (s. II d.C.) y trasmitida por Galeno (s. II d.C.) y Avicena (s. XI) hasta la edad moderna.
- Hay una conexión venosa entre el útero y la mama. Esta creencia, muy bien recogida en el siglo XIII posiblemente a partir de textos de la antigüedad por dos monjes, el franciscano Bartolomé de Inglaterra y el dominico Alberto Magno, es tan creída que el mismo Leonardo de Vinci dibuja la gruesa vena que va desde el útero al pezón en una de sus láminas anatómicas en la que dibuja un coito. Es de remarcar el doble conducto que acaba en el glande: uno proviene de los testículos (el aporte de materia) y el otro de la médula espinal (para infundir el alma). Pese a que Vesalio (s. XVI) en sus disecciones no encuentra ese vaso entre el útero y los pechos, el concepto persiste hasta bien entrado el siglo XIX). La consecuencia inmediata de este fenómeno anatómico es la prohibición de las relaciones sexuales mientras se es madre lactante para evitar la mezcla de ambos fluidos, semen y leche. Propuesta ya por Galeno y trasmitida por Avicena, alcanza de nuevo los principios del siglo XX. Es responsable de convertir al hijo lactante en rival del padre.
Prácticas de alejamiento en la crianza
- Tabú del calostro: Hasta que la leche no fluye blanca, está contaminada por la sangre menstrual. La mujer debe desecharla durante unos días (o semanas) en los que al recién nacido se le ofrecen mezclas de diversas sustancias: agua, leche de animal, grasa, manteca, miel o, en le mejor de los casos leche de otra mujer. Ha sido una práctica ancestral y generalizada en prácticamente todas las sociedades de la antigüedad, alcanzando el siglo XIX en general y persistiendo hoy día en India, Pakistán, zonas de Turquía, varios países de África y muchas comunidades indígenas asiáticas y americanas. Debido a la mortalidad que origina es un motivo de preocupación para la OMS. La práctica común hasta hace poco de ofrecer inicialmente durante horas suero glucosado a los recién nacidos se puede considerar una deriva pseudocientífica del tabú del calostro.
- Lactancia mercenaria: Grupos importantes de madres, que por su estatus social se lo pueden permitir, dejan, no ya de amamantar, sino también de criar, confiando la crianza y primera alimentación de sus hijos a otras madres, las llamadas nodrizas o amas de cría, que pueden ser esclavas o no, pero sí de estatus social inferior a las primeras, que les retribuyen por ello.
Esta práctica, posiblemente de inicio en el Neolítico, viene reflejada por vez primera en la historia hace ahora unos 4.000 años, en el Código babilónico de Hammurabi en la ley 194 de un total de 282: “Si uno dio su hijo a una nodriza y el hijo murió porque la nodriza amamantaba otro niño sin consentimiento del padre o de la madre, será llevada a los jueces, condenada y se le cortarán los senos”.
La lactancia mercenaria se presenta en todas las civilizaciones casi sin excepción y en todos los tiempos hasta alcanzar la actualidad donde aún persiste en determinadas sociedades. Ha afectado progresivamente a la mayoría de capas sociales, desde la realeza y nobleza, pasando por la burguesía y clases medias hasta llegar a las madres asalariadas del XIX que, con unas condiciones infernales de trabajo y miseria, se ven obligadas a dejar a sus hijos en manos de mujeres aún más pobres que ellas.
Ha constituido también desde el punto de vista de las nodrizas una solución laboral que ha salvado muchos pobres patrimonios en zonas deprimidas económicamente. Ha sido legislada y exhaustivamente regulada desde el tiempo babilónico hasta finales del XIX en Occidente en que es desplazada por la alimentación con fórmulas modificadas de leche de vaca.
La legislación sobre las nodrizas alcanzó su máximo desarrollo en la sociedad francesa de los siglos XVIII y XIX. Pese a ello no se pudieron evitar abusos que se traducían por una mortalidad infantil dos a tres veces superior que la que presentaban los lactantes criados por sus madres.
Sorano, en su tratado de enfermedades de la mujer, dedica un largo capítulo para describir las condiciones que tiene que tener una buena nodriza. Estas condiciones son trasuntadas casi sin cambios en la mayoría de textos médicos de los siguientes 18 siglos e incluso en anuncios solicitando nodriza en periódicos de los siglos XIX y XX.
El éxito de la lactancia mercenaria tiene que ver con numerosos factores. La jerarquización y el acumulo de riqueza y desigualdad subsiguiente que ocurren desde el Neolítico, el control y deseo de descendencia (a más lactancia menos frecuencia de fecundación) y de la sexualidad femenina (prohibición de relaciones sexuales mientras dure la lactancia, que además duraba dos a tres años), la comodidad, el deseo del hombre de privilegiar sus genes sobre los de la madre biológica que, suspendiendo la lactancia deja de contribuir a la formación del hijo, la ambigüedad-envidia del padre respecto al seno materno que explicaría además el mito de hombres o santos que amamantan, el deseo materno de no implicarse afectivamente ante la terrible mortalidad infantil de muchas épocas, la idea en algunas sociedades (s. XVIII) de que la lactancia es un fenómeno muy animal para las damas de alta alcurnia, de que la lactancia afea los pechos, etc.
En cualquier caso es significativo saber que los numerosos contratos de nodrizas que se conservan aparecen firmados por hombres: los maridos de la madre y la nodriza.
- Alimentación con fórmulas modificadas de leche de vaca: En el siglo XVIII se inician experimentos en hospicios sobrecargados de lactantes abandonados tendentes a disminuir los enormes costes derivados de contratar las nodrizas que los amamantan, buscando fórmulas alimenticias que puedan sustituirlas. Estas prácticas se saldaron con terribles fracasos originando una gran mortandad, cercana muchas veces al 100%, en cualquier caso dos o tres veces superior a la conseguida con la alimentación por nodrizas. Son precisos varios descubrimientos y avances científicos para conseguir un producto que no mate directamente o a corto plazo a los lactantes pequeños.
El médico francés Jean Charles Des-Essartz en su Tratado de la alimentación de los niños de 1760, expone la diferente composición de la leche de mujer y de diversos animales (vaca, oveja, cabra, yegua y asna).
En 1822 el francés Nicolas Appert logra evaporar el agua de la leche y en 1835 el inglés William Newton patenta la leche evaporada azucarada.
Desde 1865 hay nuevos avances para la conservación de productos alimenticios como la pasteurización. Se abren numerosos establecimientos provenientes de Francia llamados “Gotas de Leche” en los que se distribuye leche de vaca en condiciones higiénicas y seguras para niños de clase humilde; tras este pretendido buen hacer hay un olvido y desprecio total de la cultura de la lactancia materna.
En 1865, el químico Justus von Liebig desarrolla, patenta y comercializa un producto primero en forma líquida y luego en polvo, mezcla de leche de vaca, harina de trigo y malta y bicarbonato potásico. Se denominó fórmula Liebig y constituye la primera formula láctea para alimentación infantil. Dos años después el suizo Henri Nestlé, toma la idea para fabricar su harina lacteada.
Apenas 20 años más tarde, ya había en el mundo 27 fórmulas para alimentación infantil patentadas. Esta industria, de la alimentación en general y de la infantil en particular, es hoy una de las más poderosas y boyantes del planeta y ha contribuido en gran manera a través de una desmedida promoción publicitaria a la destrucción de la cultura de la lactancia materna a lo largo del siglo XX en prácticamente todas las sociedades humanas, generando una elevada morbilidad y mortalidad.
Lactancia Animal en la Historia
Según cuenta la leyenda, Rómulo y Remo, los hermanos gemelos que darían origen a la fundación de Roma fueron amamantados por una loba. Así, ante la muerte de una parturienta, circunstancia ésta altamente frecuente hasta tiempos no muy pretéritos, al bebé le quedaban pocas opciones.
Pero las nodrizas no estaban siempre disponibles, así que el único recurso que le quedaba al huérfano era la leche de los animales. Y como la leche se conserva mal, lo mejor era tetar directamente de la ubre del animal, muy frecuentemente cabras aunque también vacas, cerdas y asnas se usaron para tal fin.
Aunque hay constancia de la existencia de biberones desde el S. V a.d.C, su uso no era popular.
Otra razón para alimentarse directamente de la ubre de un animal era la creencia que tenían ciertas culturas, como entre los beduinos o ciertas poblaciones incaicas, que la leche de los animales confería al que la tomase ciertas características propias del animal, como su fuerza, inteligencia o valor.
Con la Revolución Industrial, las urbes crecen de manera fulgurante y el abandono de niños adquiere tintes epidémicos en algunas ciudades. En el París del S. XVIII más de 6.000 bebés son abandonados cada año. Conseguir nodrizas para todos ellos se convierte en misión imposible.
Además, un porcentaje no pequeño de estos párvulos sufrían de sífilis congénita. Como su nombre indica, la infección se transmite por vía placentaria o bien en el momento del parto, pero lo peor es que el bebé que la sufre la contagia a la mujer que le dé de mamar.
Así que las grandes ciudades de la época se encontraban con un número enorme de bebés abandonados, pocas nodrizas y una cantidad nada desdeñable de pequeños sifilíticos a quiénes no había cómo darles leche materna a menos que se hallase nodrizas que fuesen sifilíticas (algunas hubo, pero poco éxito tuvieron sus cuidados). Otra opción era alimentarles a base de agua tibia azucarada.
Fue el médico francés Joseph Marie Jules Parrot quien se decidió por una solución novedosa para estos niños enfermos: darles de mamar directamente de las ubres de los animales.
Los animales utilizados fueron preferentemente cabras y asnas puesto que los pezones de las vacas eran demasiado grandes para los pequeños. Constatamos que se consiguió paliar la mortalidad, especialmente en aquellos bebés que fueron alimentados con leche de burra.
La razón, según explicó el propio médico, quien a base de ácidos intentó replicar la química del estómago de los niños, se hallaba en que los coágulos que forma la leche de este animal son menores y por lo tanto, según concluyó, más digestibles.
Ahora bien, no sólo los humanos hemos tetado directamente de los animales, el caso inverso, animales que han mamado de pechos de mujeres son quizá incluso más frecuentes. Razones de tipo ritual o simplemente afectivas también son frecuentes para justificar esta práctica en muchas latitudes.
Un caso particular lo encontramos entre los aborígenes de Australia y Papúa Nueva Guinea. Esas sociedades no conservan animales adultos para que se reproduzcan (algo que en sus condiciones ecológicas resultaría excesivamente costoso) sino que capturan lechones o cachorros jóvenes silvestres a los que las mujeres de la tribu adoptan y dan de mamar.
Controversias Modernas
En la actualidad, persisten controversias en torno a la lactancia, tanto humana como animal. Un incidente reciente en un vuelo de Delta, donde una pasajera fue vista amamantando a un gato, generó un gran revuelo en las redes sociales. Inicialmente, se informó que la mujer estaba amamantando a un gato, pero luego se aclaró que estaba aplicando mantequilla en su pezón para que el gato la lamiera, buscando calmar al animal.
Este tipo de incidentes provocan debates sobre los límites de la libertad individual y la aceptación de prácticas inusuales en espacios públicos.
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